La familia de Nazaret

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Fiesta de la Sagrada Familia

Domingo 30 de diciembre de 2018

1 S 1, 20-22. 24-28; Sal 83, 2-3. 5-6. 9-10; 1 Jn 3, 1-2. 21-24; Lc 2, 41-52

Fr. Francisco M. Giuffrida OP

Córdoba, Argentina

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Querido hermano:

Hoy domingo, día del Señor, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. Con los pastores de Belén digamos juntos “Vamos a Belén, a ver esto que ha pasado y que el Señor nos ha dado a conocer” (Lc 2, 15). ¡Vayamos a Belén! Allí en la “casa del pan” encontramos a María y a José, y al niño recostado en un pesebre (Lc 2, 16). Detengámonos a contemplar esta escena, y reflexionemos juntos su significado. Con los pastores somos testigos de la revelación de Dios. Dios se ha hecho carne, se ha hecho hombre en el seno de la familia de José y María. Dios ha santificado la familia, se ha hecho un miembro de ella en Cristo Jesús. En medio de esta familia Dios ha puesto su morada, Dios ha venido para quedarse en el seno de esta familia. Ha instalado su tienda y ha hecho de esta familia una familia Sagrada. La familia de Nazaret ha sido constituida por Cristo Jesús en Templo del Dios vivo. La familia de Nazaret es modelo de familia cristiana, modelo de acogida del Emmanuel, el Dios con nosotros.

La liturgia de esta fiesta nos presenta dos familias, observemos con atención cada una de ellas. Una pertenece al Antiguo Testamento –Elcaná y Ana-  y otra pertenece al Nuevo Testamento – José y María. Ambas familias eran justas a los ojos de Dios. Ana estaba casada y por ser estéril no podía tener hijos, María estaba comprometida a José y era virgen. Ana pide al Señor que le conceda un hijo, María ante el pedido del Señor -por medio del ángel- responde que se haga la voluntad del Altísimo. Dios escucha la oración de Ana y hace fecundo su seno; Dios cumple su promesa hecha desde antiguo y ante el “si” de María hace de ella una madre sin corromper su virginidad. Samuel, el hijo de Ana, ocupa un puesto relevante en la historia de la salvación; Jesús, el hijo de María, es la plenitud de historia de la salvación. Elcaná es el padre natural de Samuel, José es sólo el padre adoptivo de Jesús. Samuel,al dejar de ser amamantado, fue llevado a la Casa del Señor en Silo y consagrado a Él para toda la vida. Jesús fue consagrado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento, y vivió treinta años con sus padres en Nazaret.

La consagración de Samuel al servicio del Señor posee connotaciones sacrificiales, el novillo, la harina y el vino del sacrificio acompañan el voto de Ana. Ana consagra lo más preciado en su vida y su actitud se enlaza con la de Abrahán (Gn 22) capaz de sacrificar Isaac al Señor. La consagración de Jesús también posee connotaciones sacrificiales, un par de tórtolas son ofrecidas, María entrega su Hijo al servicio del Padre, Jesús derrama sus primeras gotas de sangre en la circuncisión y las palabras de Simeón anticipan el Sacrificio del Hijo y de la Madre – y una espada traspasará tu misma alma (Lc 2, 35). Samuel vivió al servicio de Señor en el santuario; Jesús, sin embargo, vivió en Nazaret con sus padres hasta los treinta años, en actitud de obediencia filial. En ambas familias evidenciamos que Dios está presente y sus miembros se abandonan a la voluntad de Dios. Estos dos elementos son la condición esencial de toda familia cristiana. Sin ellos no tenemos familia cristiana. La familia se reduce entonces a un simple contrato que se puede disolver ante la menor dificultad. La familia deja de tener en su seno el Amor y la Vida y se convierte en un acuerdo de voluntades egoístas.

Asimismo, la liturgia nos propone en el Evangelio un episodio familiar. Jesús a la edad de 12 años se ha perdido para José y María y luego de tres días lo encuentran en el Templo. Su madre le pide explicaciones y Jesús le responde que debe “estar en los asuntos de su Padre”, en la casa de su Padre, es decir, de Dios (Lc 2, 49). Jesús se nos presenta lleno de celo por Dios y por el Templo. ¿De quién había aprendido Jesús el amor a los “asuntos” de su Padre? El Hijo eterno del Padre tiene un conocimiento íntimo del Padre, una relación personal y permanente con Él, pero, en cuanto hombre, aprendió de María y José las oraciones y el amor al Templo. La decisión de Jesús de quedarse en el templo fue fruto de su íntima relación con el Padre, pero también de la educación recibida de María y de José.

La familia es escuela de vida y la educación que nos ofrece es el fruto de una colaboración entre los educadores y Dios. Por ello, hemos de tener presente que los hijos son un don y proyecto de Dios, y en ellos se sirve al plan de Dios. La familia cristiana está – hoy más que nunca- llamada a educar sus hijos en la libertad, en una libertad mayor que es el “sí” a Dios. María es el ejemplo perfecto de este “sí”. La familia cristiana es un camino seguro para encontrar y conocer a Dios, también un llamado a la unidad de todos en torno al amor. ¡Hemos de dar un testimonio sereno y firme de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer! Pues, la familia cristiana también es la mejor escuela donde se aprende a vivir los valores que nos dignifican y hacen grandes a las naciones. Ella es el lugar propicio para compartir el cariño y las alegrías, el dolor y el perdón.

Que en nuestros hogares nunca falte el amor de entrega total y de fidelidad que Jesús nos trajo con su nacimiento. Que este amor sea alimentado y fortalecido con la oración cotidiana y la práctica constante de las virtudes. Y que por la materna intercesión de María santísima, y la poderosa protección de san José, su esposo, nuestras familias sean nuevos belenes, nuevas moradas del Señor Jesús.

Fr. Francisco M. Giuffrida OP

Córdoba, Argentina.