Felicidad de los pobres y sufrimientos de los ricos

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VI Domingo Tiempo Ordinario

17 de febrero de 2019

Jer 17,5-8; Sal 1,1-6; 1 Co 15,12.16-20;  Lc 6,12-13.17.20-26

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Fray  Diego José Correa
Mendoza, Argentina
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Comenzando por la primera lectura de este domingo (Jeremías 17, 5-8), hay un principio clave en la espiritualidad judeo-cristiana: la confianza en Dios y la desconfianza en el hombre. Hay una expresión con la cual Jeremías profeta inicia este fragmento, que en sí misma choca o resulta demasiado dura: “¡maldito el hombre que confía en el hombre!”. Si la tomamos como suena directamente resulta cruel y de muy malas consecuencias para la convivencia humana en general. Pero debemos entenderla en su frase completa y en su contexto: lo que quiere enseñar Dios mismo es la inmensa diferencia que debe existir entre la confianza en Él y la confianza en el hombre. Se quiere enseñar que quién confía sólo en el  hombre, en la debilidad humana, se verá defraudado. Siempre, en toda circunstancia. ¿Por qué? Porque ha hecho de las creaturas su apoyo y no en Dios, que es el verdadero fundamento inamovible. Confiar plenamente en Dios, a quién no vemos, ha sido siempre un acto difícil para todo ser humano y lo seguirá siendo. Por eso es que la Sagrada Escritura quiere ponerlo de relieve: lo dice Yahvé, lo dice el Señor Dios. Pero además, lo enseña con una imagen muy clara: un tamarindo en tierra desierta donde no llega el agua, tarde o temprano morirá por más fuerte y resistente que aparezca este árbol. Así le pasará al hombre que pone toda su confianza en el hombre  o en sus planes y aparta su corazón de Dios: tarde o temprano se verá fracasado, desilusionado. En cambio, el que confía en Dios, puede tener también años malos de sequía, pero cuando llega el verano abrasador el que ha puesto su confianza en Dios sabe que el Señor no lo abandonará, siempre seguirá frondoso y dando fruto a su debido tiempo. Esto lo sabemos muy bien (ya que toda la Sagrada Escritura enseña esta verdad fundamental), pero qué difícil es para el hombre confiar absolutamente en Dios y muy relativamente en el ser humano, sea quien sea.
            La antífona del salmo primero, que meditamos este domingo, lo recalca: ¡Feliz el que pone en el Señor tu confianza!         
            En la segunda lectura de este día (I Corintios 15, 12. 16-20), San Pablo nos afirma con fuerza la resurrección de Cristo de entre los muertos como prenda segura de nuestra futura resurrección también. Tan seguros estamos de nuestra resurrección el día del juicio final, como estamos también de que Cristo ha resucitado de entre los muertos y ahora vive glorioso junto al Padre Eterno.
            En el fragmento evangélico que tenemos para nuestra consideración este domingo (Lucas 6, 12-13.17.20-26), se nos plantea la elección de los 12 apóstoles que hace Jesús y el discurso que les hace en una meseta de un montecito. Para Lucas son sólo cuatro bienaventuranzas o felicidades posibles y cuatro maldiciones o ayes, en cambio para Mateo son ocho bienaventuranzas.
            Lo menos que se puede decir de estas propuestas o consignas es que son desconcertantes a primera vista. Como publicidad o márquetin son lo peor de lo peor. Si lo que Jesús estaba buscando era seguidores, con esto todos se deberían haber alejado y dejarlo sólo. Si no lo hacen es porque su persona y sus obras, tienen una autoridad impresionante. Ante todo hay un constante recurso a la esperanza. Se propone un mal presente y seguro por un bien futuro e incierto. Basado únicamente en la palabra de Jesús. Pero por ahora el presente es: pobreza, hambre, llanto, ser odiados y despreciados por todos y esto sólo por causa del Hijo del hombre, o sea, por causa de Él.
            A continuación coloca Lucas los ayes o maldiciones o vaticinios terribles futuros para los que aquí, en el presente son: ricos, saciados de todo, los que ríen y los famosos por lo bien que se habla de ellos.
            Uno tendería a pensar con sólo estas consignas que Jesús es enemigo de la felicidad de los hombres y que por el contrario es amigo de sufrimientos y malestares. Paradojalmente comienza siempre diciendo “bienaventurados” o “felices”; y ha prevalecido el nombre clásico de bienaventuranzas para referirse a estas enseñanzas, que son como la quinta esencia del evangelio de Jesús. De ese modo lo han entendido todos los santos y grandes fundadores de entidades religiosas de todos los siglos. Pero es porque Jesús en su estilo y modo pedagógico quiere enseñarnos el verdadero bien que no es pasajero o aparente y la verdadera felicidad que no es ficción o provocación exterior por medio de estímulos muy bien pensados.
            A pesar del modo nuevo con el cual Jesús nos da sus enseñanzas, sin embargo, no se presenta como un innovador, ya que dice explícitamente en los dos casos (bienaventuranzas y maldiciones), que esa fue la misma experiencia de vida de los antepasados profetas y también de los falsos profetas.
            Con esta estas máximas evangélicas Jesús muestra a sus discípulos, que si quieren ser fieles servidores, deben no sólo vivir diversamente que los “felices o bienaventurados de este mundo”, sino que también deben pensar y vivir de modo exactamente contrario. Los principios de este mundo son los del príncipe de este mundo, el Demonio, y son la mayoría los que lo siguen, en cambio los principios de Jesucristo, Hijo de Dios Padre, son  audaces, desafiantes y requieren vivir de la fe en la palabra de Dios totalmente. Sin confiar en la palabra y obra de los hombres, sino en la de Dios que es sabiduría plena y nunca contradice ni la sana inteligencia y razón y tampoco los admirables principios de la naturaleza creada tan admirablemente por el mismo Dios. El Dios Padre de Cristo, es el mismo Dios Padre creador de cielo y tierra que profesamos al inicio del credo.
            Si nosotros le creemos plenamente a Jesús y obramos de tal modo que confiemos absolutamente en sus palabras seremos felices aún en medio de los sufrimientos de esta vida y nos aseguraremos una eterna felicidad, máxima y sin fin de días, en una eternidad fuera del tiempo que nunca podrá ser aburrida o tediosa, todo lo contrario: plena y feliz al máximo, al contemplar a Dios tal cual es.
            Que María y los incontables santos y santas que han vivido de este modo y ahora gozan de esa eternidad feliz, intercedan por nosotros continuamente y con su ejemplo nos estimulen a vivir como ellos vivieron.
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