Un Amor que no se acaba

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Domingo VII del Tiempo Ordinario
24 de febrero de 2019

1 Sam 26,2.7-9.12-14.22-23 ; Sal 102 ; 1 Co 15,45-49 ; Lc 6,27-38

Fray Eduardo José Rosaz, OP

Córdoba, República Argentina.

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Chesterton dijo, en alguna ocasión, que la Biblia nos ordena amar a nuestros enemigos y a nuestros prójimos, porque generalmente son las mismas personas. El escritor, con genial ironía, nos recuerda algo fundamental, que parece haber olvidado nuestra época. El amor no se mide sólo por una espontaneidad de revista romántica. “Se acabó el amor”, parece ser una excusa todoterreno. La desaparición de lo espontáneo pareciera signo ineludible de que no vale la pena la lucha y el sacrificio.
Esta afecto o amor natural no es un problema. Por el contrario, ocupa un lugar muy destacado en nuestras relaciones. Nos resulta agradable estar con nuestros seres queridos, la familia, y los amigos. Que la herida del pecado pueda colarse allí y producir los mayores resentimientos no anula, sino que confirma, lo connatural que estos afectos nos resultan. El odio a los padres, a la familia y a la propia tierra del que habla el Señor debe entenderse como la negación de un amor que se anteponga al divino.
Sin embargo, esta espontaneidad no lo es todo. “Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen?”. A nivel natural, incluso antes de la fe, podemos darnos cuenta de que reducir el amor a un sentimiento pasajero, basado en el atractivo exterior o en la conveniencia circunstancial, nunca va a satisfacer el anhelo depositado irreflexivamente en él. La renuncia y el sacrificio, el perdón que permite seguir incluso cuando hubo una ofensa, la familiaridad de una oblación cotidiana, cooperan para que el afecto inicial se convierta en algo mucho más grande, aunque exteriormente parezca menos apasionado.
Querido hermano, hablando así no queremos idealizar nada. Estamos heridos por un pecado que heredamos, y que alimentamos también nosotros. Por eso, como dice Pablo, primero existe lo natural. Lo espiritual, esto es, el cristiano movido por el Espíritu, viene después. Es un gran desafío para nuestras apetencias que no toleran resignarse. Es, también, un recuerdo de lo arduo del verdadero amor. Que pasa por la muerte a uno mismo. Que pasa por la Cruz.
La tiranía de la igualdad en la que vivimos nos coloca como intercambiables. Si una persona ya no provoca sentimientos, reacciones y apasionamientos (sean estos sexuales, o no), su presencia es vista como descartable. La “superstición del divorcio” de la que habla Chesterton no se reduce a un ámbito de lo matrimonial, sino que, convertida en prevalencia cultural, es una expresión condensada de la vigencia de hacer el bien sólo a los que nos lo hacen a nosotros. No somos piezas intercambiables que comercian un afecto epidérmico.
Sé que esto puede ser malinterpretado. El amor a los enemigos no significa permanecer en situaciones intolerables, ni la obligación de someterse al abuso. En un contexto que desprecia las exigencias de una entrega exclusiva y sobrevalora lo pasajero, es muy difícil el respeto profundo que se necesita para no tomar al otro como medio para la propia satisfacción. Sin embargo, esto no significa que la única alternativa sea el resentimiento. El círculo vicioso se rompe con la Gracia del perdón.
Antes de presentar la otra mejilla y de no reclamar ni siquiera lo propio, Jesús señala la beneficencia, la bendición y la oración. Parece haber allí una gradación, y el mismo Señor, en su Pasión no cumplió literalmente el mandato sobre la bofetada. Pero sí amó a los que se habían puesto en el lugar de enemigos suyos. Nos amó a nosotros, enemistados con Él por el pecado. Sin esperar nada a cambio, sin devolver mal por mal, sin aguardar una recompensa inmediata. El Señor nos muestra que la reconciliación, don inmerecido y absolutamente necesario, nos llega gratuitamente. Todas las acciones que enumera como signo de amor al enemigo comparten esta característica. No surgen de la espontaneidad del afecto, sino que brotan de la renuncia propia de lo difícil que es entregar lo que no se merece.
El amor es arduo y de una tremenda exigencia. Su rostro es el de un Crucificado y su recompensa es un fuego abrasador. Para el hombre, salvado en el Último Adán, no hay otro acceso a la Verdad, al Bien y a la Belleza fuera de Aquél que entregó su vida por sus enemigos, convertidos en amigos por el mayor de los amores. Un Amor que no se ha acabado.

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