Llamados a mirar el corazón

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Domingo VIII Tiempo Ordinario

3 de Marzo

Ecl 27, 4-7; Sal 91; 1 Cor 15, 51. 54-58; Lc 6, 39-45

Fr Pablo Caronello OP

Convento Santo Domingo Santiago de Chile 

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Hoy creemos muy poco en lo que se nos dice, no solo en el ámbito de la fe, en todos los ambientes somos proclives a no tomar demasiado en serio las cosas dichas. Incluso hoy en día existe la opinología y los opinólogos quienes  han profesionalizado el hablar por el solo hecho de hablar sin importales si es verdad o no, si edifican o destruyen con sus palabras. Esta cultura nos toca a todos y con facilidad hablamos de todo, total -hablar es gratis-, dice el dicho.

Ahora bien, en los medios de comunicación las palabras pueden haber perdido fuerza, pero la palabra tiene un valor inigualable en nuestra vida de interrelaciones personales. Con ellas siempre somos capaces de amar, de socorrer, de alentar, de tranquilizar, pero también podemos juzgar, atemorizar, distanciar, y odiar. La palabra tiene la virtud de develarnos, de manifestar nuestra interioridad: lo que está allí, la benignidad o la maldad de nuestro ser. De esto nos habla el Evangelio de hoy.

Tanto la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico como el evangelista san Lucas nos ponen en guardia de nuestras palabras y lo hacen con un alto grado de realismo ¿Por qué, con realismo? Porque los autores sagrados son completamente conscientes de la intrínseca relación que hay entre lo que somos desde dentro y nuestra realidad exterior. Para ellos la palabra no es algo externo a lo que somos, claro que en los medios de comunicación actuales, en la política y en tantos otros medios, podemos ocultarnos detrás de las palabras; pero en la vida cotidiana a la postre esto no es posible pues tarde o temprano lo que tenemos dentro  se nos escapa. Para describir esta idea ambos pasajes utilizan la imagen del árbol con sus frutos: al árbol solo lo podemos reconocer a partir de lo que este produce. Somos realmente lo que decimos y también lo que hacemos pues el hacer es un modo de exteriorizar nuestro interior.

Este realismo de la Palabra de Dios también nos conduce al corazón del problema pues nos indica que con solo ponerle un tapón a nuestra boca o con guardar la corrección de nuestro lenguaje las cosas no cambian. Debemos ir al núcleo del problema que no es otro que nuestro corazón. Es allí donde se encuentra lo que realmente somos, es allí de donde brotan nuestras palabras amables o nuestras palabras arrogantes, la paz o la capacidad de generar división. Si queremos avanzar en nuestro seguimiento del Evangelio no debemos mirar tanto nuestra boca sino por sobre todo el corazón, a la vez que también es verdad que nuestro corazón se termina develando en nuestra boca al igual que el resto de los hombres, pero ante eso, está la exhortación del evangelio: “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?”. Como vemos Dios nos lleva a un camino de interioridad, pues así como hay que mirar más el corazón que la boca, así hay que mirar más nuestro propio corazón que la boca de los demás.

Los cristianos deberíamos ser un ejemplo en el uso de la palabra no porque tengamos que ser grandes oradores sino porque deberíamos saber el valor del lenguaje humano sobre todo cuando en el centro de nuestra fe se encuentra la misma Palabra de Dios encarnada. Así deberíamos ser maestros en velar por la integridad de nuestro corazón para que desde allí siempre puedan brotar palabras edificantes para los demás, palabras verdaderas y creíbles para los demás. Tomemos distancia de la cultura de la opinología y de la palabra barata y mucho más de la palabra mentirosa. Vayamos al centro, al corazón. Cultivándolo podremos ser como arboles buenos que dan frutos buenos para alimentar a tantos con el bien que Dios ha sembrado en cada uno de nuestros corazones el día que recibimos la gracia bautismal.

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