Jesús: sin pecado, pero con el pecado de todos los hombres

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III Domingo de Cuaresma
24 de marzo de 2019

 Ex 3,1-8a.13-15; Sal 102; 1 Co 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9

 

fr. Eduardo Rosaz

Córdoba, Argentina

 

Querido hermano:

Como peregrinos que caminan por el desierto, tenemos un gran servicio que prestar a nuestros compañeros de viaje, especialmente para aquellos que no reconocen una meta en su marcha y llegan a pensar que no existe. Es el servicio de la esperanza. Esta cuaresma, que es como un nuevo éxodo para ti y para mí, es también una oportunidad para renovarnos en la confianza en Cristo, “que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20).

Este desierto por el que andamos está atravesado por muchos sufrimientos. A pesar de todo tipo de avance médico, tecnológico o científico, sigue quedando nuestra pequeñez y fragilidad. La angustia y el desconsuelo se siguen manifestando entre nosotros. Muchas veces el progreso material, lejos de darnos una vida más plena, aumenta nuestras soledades y engaños. Nuestros deseos de infinito parecen no poder saciarse con estas felicidades de cartón pintado.

Para muchos de nuestros contemporáneos, el mal y el sufrimiento son una piedra de tropiezo para reconocer la existencia y la bondad de Dios, nuestro Padre. No podemos ser frívolos al enfrentarnos con estas objeciones, pues podríamos recibir el reproche que les hizo el Señor a los compañeros de Job, que hablaban con liviandad acerca del inefable (cf. Jb 42, 7). El misterio de iniquidad que obra entre nosotros y en nosotros, el pecado y la muerte, el sufrimiento y el tedio de una vida sin sentido, no admiten respuestas prefabricadas.

No podemos decir que haya respuestas fáciles. La enseñanza de Jesús que hoy recibimos como una palabra divina nos hace darnos cuenta de ello. Al maestro le presentan el caso de unas muertes espantosas. Tal vez no más crueles que otras, pero sí con una gran ignominia y humillación. Hoy no nos faltan las mismas sacrílegas imágenes, ¡y vamos tan contentos compartiéndolas por las redes sociales! El momento más sagrado y más decisivo del hombre, el del encuentro final, la soledad última, es ridiculizado y banalizado. No nos faltan Pilatos que hoy juegan macabramente con nuestras muertes, pues lo hacen ya con nuestras vidas.

Podemos entonces ver a Jesús ante esas muertes. Sus interlocutores pensaban que era signo de una culpa mayor. Nuestros contemporáneos, tal vez no piensen eso. Tal vez culpen a los poderes económicos o políticos. Tal vez culpen a uno u otro de sus seres cercanos. Tal vez culpen al que se buscó esa muerte tan tonta y ridícula. Tal vez, luego de tanta anestesia, ya ni siquiera puedan reconocer el valor de esa muerte, y se indignen más ante la extinción de un animal que ante el sufrimiento de su prójimo.

¡Pero todo esto no resuelve nada! Si nos entretenemos en el juego de repartir culpas y responsabilidades no llegaremos a lo insondable de este asunto. Nos perderemos en disquisiciones sobre la concepción acerca de la muerte que tenían los que hablaban con Jesús, pero eso nos resultará totalmente ajeno. Será un simple detalle histórico. Lo mismo sucedería si nos limitáramos a ver el sufrimiento de nuestros contemporáneos como si estos fueran números. Números de un show o números de una estadística.

“¿Piensan que estos galileos eran más pecadores?”. ¿Eran más pecadores por el hecho de la humillación de su muerte? ¿Ha sido su culpa? Prestemos atención: Jesús no responde a esta pregunta. No nos dice si merecían esa muerte o no. Tampoco dice si los que fueron aplastados por la torre, en lo que parece un caso totalmente accidental, eran pecadores. El sufrimiento no recibe por parte de Jesús esas respuestas fáciles que tanto acostumbramos dar. No satisface nuestras curiosidades, sino que nos exhorta a la conversión.

Entonces, ¿queda sin respuesta el sufrimiento del inocente? Puesto que no parece haber respuestas sencillas, ¿tenemos que contentarnos con dejarlo todo entre paréntesis? ¿Será mi muerte, mi dolor, mi angustia un sinsentido?

No. Jesús nos contesta, él es la respuesta. Cuando comenzamos nuestra cuaresma, se proclamó un misterioso pasaje de la Segunda Carta a los Corintios: Dios, a Jesús “que no había conocido pecado, lo hizo pecado por nosotros” (2 Cor 5, 21). No importa qué respondamos a la pregunta por si los galileos o los aplastados por la torre eran más o menos pecadores, o bien (lo que es lo mismo), si eran más o menos inocentes. Jesús, el único inocente, el único que sin lugar a dudas no merecía la muerte, saboreó hasta el amargo fondo la copa del “salario del pecado” (Rm 6, 23). Por ti y por mí, porque “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate de una multitud” (Mt 20, 28).

Este camino por el desierto a la Pascua tiene como punto de llegada el costado traspasado del Cordero. El Inocente pende de la Cruz. Sin pecado, pero con el pecado de todos los hombres. Con mi pecado, para destruirlo. ¡Esta es nuestra esperanza! Las cañadas oscuras de la muerte, la soledad última, han sido recorridas por nuestro Buen Pastor. Él ha dado su vida, él nos ha dado vida. Vida en abundancia que no terminará jamás y que nadie nos podrá quitar.

 

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