Y entrando en sí mismo dijo…

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IV Domingo de Cuaresma

31 de marzo de 2019

Jos 4,19 – 5,10-12; Sal 33,2-7; 1 Co 5, 17-21; Lc 15,1-3.11-32

Fray Álvaro Sheidl, OP

San Miguel de Tucumán, Argentina.

 

Pocas parábolas del evangelio tienen la belleza que tiene la parábola del Padre misericordioso. Tal vez porque ésta es la que más de cerca nos muestra el corazón paternal de Dios. Nosotros conocemos a Dios a partir de las creaturas, y por eso, al deformarse a causa del pecado la imagen de Dios que está en el hombre, había quedado deformada nuestra concepción del rostro de Dios. De allí que necesitábamos conocer el perdón de Dios para conocer cómo es Dios.

Podríamos atender a muchos detalles de la parábola; quisiera que nos centremos en lo que se dice sobre el hijo pródigo cuando estaba en la situación de extrema indigencia: entonces recapacitó y dijo… Si vamos al texto griego literalmente dice: volviendo dentro de sí mismo dijo, es decir, entrando en su interior. Pues el pecado lo había arrojado hacia afuera, a las cosas externas. ¿Y qué recuerda cuando entra en su interior? ¡Cuántos jornaleros de mi Padre..! Entrando en su interior recordó la casa paterna, porque en el interior del hombre está la imagen de Dios. Podrá el pecado opacarla, podrá oscurecerla, pero no puede borrarla totalmente. Entrando, pues, en su interior recordó a Dios.

¡Qué importante ingresar en nuestro interior, es decir, en nuestra alma..! Allí está el recordatorio del Padre: Tú, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto (Mt 6,6). «En tu habitación», «en lo secreto»: es decir dentro tuyo, porque Dios habita allí.

Todos nosotros -hermanos- estamos llamados a crecer en la vida interior de oración y búsqueda de Dios. Esto no es privativo de algunos, sino deber de todos. El trato con las cosas externas fácilmente nos desliza hacia la dispersión. Es necesario recoger el alma frecuentemente, entrar en el santuario interior, buscar el silencio y la soledad. A fin de que nos ejercitemos en todas estas cosas se nos otorga el tiempo de cuaresma.

¡Atención! no solamente el hijo pródigo estaba fuera, también el hijo mayor estaba fuera; en efecto, dice la parábola: estaba en el campo… absorto tal vez en las cosas de su trabajo. A pesar de no haberse marchado a un país lejano, el hijo mayor no había logrado descubrir la alegría de estar con el Padre. También él se apegaba a las cosas externas y las valoraba más que a su Padre: nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos… se puede percibir la amargura que hay detrás de sus palabras: hace tantos años que te sirvo… ¿acaso es un peso servir a Dios y estar en su casa? ¿No debería ser causa de alegría? Pero es que el hijo mayor, a pesar de estar en la casa del padre se comportaba como un jornalero que trabajaba para obtener su paga.

Es también el buen pasar de los jornaleros de la casa de su padre lo que hace regresar al hijo menor: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia! Tanto el hijo mayor como el menor se ven a sí mismos como jornaleros, como quienes deben servir no para agradar sino para obtener bienes a cambio. Sin embargo, el hijo menor, por su arrepentimiento y humildad, comienza a descubrir que ser hijo es mejor que ser jornalero y piensa decir a su padre: no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.

A partir del perdón del Padre, ambos hermanos son invitados a vivir una nueva relación de hijos con él y a descubrir un nuevo rostro de Dios: no el de patrón sino el de Padre. Ambos, el hermano mayor y el menor deben recorrer el camino de encontrar su única alegría en estar junto al Padre.