Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? (Is 43,19)

a1fbdd5c0e312be30c9563bb546f0ba0

.

V Domingo de Cuaresma

7 de abril de 2019

Isaías 43,16-21; Salmo 125; Filipenses 3,8-14; Juan 8,1-11

Fray Diego José Correa

Mendoza, Argentina

 

En la primera lectura de este domingo quinto de Cuaresma (Isaías 43,16-21), el Señor habla de un nuevo éxodo del pueblo de Dios: de un salir de un país de esclavitud y sufrimiento, de una liberación por medio del paso de un mar que ha abierto un camino en medio de las aguas para que pase todo el pueblo, y en el mar impetuoso han quedado sepultados los carros de guerra, sus caballos y todos esos aguerridos hombres preparados para la lucha. ¡Ya no son necesarios! El fasto de la guerra, de la destrucción, de los miles de millones de capitales invertidos para mostrarse fuertes unos frente a los otros, en advertir quién tiene más imperio y poderío quedará aniquilado. El Señor en un instante puede destruir todo y llevar a la paz y a la libertad, a la felicidad y aún al olvido de todo ese mundo inconsistente del gozo en la mentira, del triunfo mientras se fracasaba, de la diversión mientras se experimentaba más y más el vacío interior y la nada. Todo eso es del Diablo y del mundo que él fabrica para sus seguidores, que son miles y miles; pero que en un momento pueden desaparecer en el fondo del mar y no quedar ni recuerdo de ellos para que los que sí lograron pasar al país de la libertad y la fraternidad, ni siquiera les atormente levemente el recuerdo de ese pasado absurdo y sin sentido. El poderío repugnante de la droga, del dinero acumulado por el poder político usurpado y usado para el provecho obsceno de sí mismo en cantidades imposibles de contar… Todo eso el Señor, omnipotente y único bueno, lo borrará y se formará un pueblo, su elegido, que él mismo ha constituido para pregonar su alabanza. Nada más grande y más feliz, nada más estable y sólido, que un pueblo que vive para alabar a Dios. Nada más temible para el poderío pavoroso de las tinieblas que un pueblo humilde que alaba a Dios.

            El Salmo 125 es una confirmación de que Dios ha hecho grandes cosas por nosotros. Casi que nos parecía un sueño. Sembramos llorando, pero muy pronto estaremos cosechando rebosantes de alegría. Esto lo percibe con certeza nuestra fe y esperanza.

            Con gran firmeza y convicción el apóstol San Pablo nos habla en la segunda lectura de este domingo (Filipenses 3, 8-14), del valor del conocimiento de Cristo Jesús, nuestro Señor. Nada vale más en este mundo que el genuino conocimiento de Jesucristo. Conocer absolutamente el poder de la resurrección de Jesús, rompiendo las ataduras de la muerte para siempre, es la mayor fuerza que puede lograr un ser humano. Pero conocer el poder de la resurrección de Jesucristo es también conocer  y participar de sus sufrimientos hasta en el grado de ser semejante a Él en la muerte. La justicia consiste no en lo que sufra o en que yo muera, sino en la fe que tenga en Jesucristo. A esa fe absoluta le será connatural vivir como Jesús aún en el sufrir o el morir con Él y por Él. El llamado hecho por Jesús al premio celestial debe ser siempre y en todo momento el acicate para seguir adelante. Nunca perdamos de vista que caminamos decididos para recibir ese premio que supera todas nuestras expectativas y es algo nuevo, inaudito, maravilloso, que Cristo resucitado me otorgará por su misericordia.

            En el Evangelio de este domingo (Juan 8, 1—11), una preciosa perícopa caída en el cielo de San Juan, nos muestra la verdadera intención de Dios al mandar apedrear a estas mujeres: mostrar el corazón misericordioso de Dios y también de los hombres. De Dios porque lo hace por extirpar el mal de en medio del pueblo de Israel (Cf. Levítico 20, 10); del hombre porque es tan culpable el hombre como la mujer, pero ellos sólo hablan de apedrear a las mujeres y no a los hombres, como claramente mandaban las leyes a las que ellos apelan delante de Jesús. Con esto todos esos hombres acusadores mostraban que en sus corazones, llenos de pecado, no podía abundar la misericordia, sino la condenación llena de odio y menosprecio. Es una sociedad colmada de hipocresía, como la nuestra de hoy que sólo ve pecado en la Iglesia de Jesús para acusar y nunca nada para reprocharse a sí mismo. Al borde de la muerte, la mujer encuentra la misericordia del Padre Celestial en la persona de Jesús. Jesús no se comporta hábilmente, como astuto abogado litigante, sino como el rostro de Dios que es y que está lleno de amor por toda creatura, también por los pecadores.

            Pero el pensamiento de Cristo es claro: Mujer pecadora: “no peques más en adelante”. Ya había dicho Jesús anteriormente al que había curado junto a la piscina de Betsata, cuando lo encuentra en el templo: “Has sido sanado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía” (Jn 5, 14). Jesús no justifica a los pecadores, sino que los perdona al precio de su propia sangre, pero claramente no quiere el pecado, quiere la conversión voluntaria de sus hijos al corazón de su Padre, que es supremamente rico en misericordia y perdón para los que se arrepienten de verdad.

            Que María, Madre de la Misericordia y refugio de los pecadores, nos reciba y abrace como a hijos muy queridos y nos capacite para amar de verdad a nuestros hermanos, especialmente a los injustos y pecadores.

 .