Jesús caminaba delante de todos subiendo a Jerusalén (Lc 19, 28)


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Domingo de Ramos

14 de abril de 2019

Lc 19,28-40

Fray Álvaro María Sheild, OP

San Miguel de Tucumán, Argentina

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Jesús caminaba delante de todos subiendo a Jerusalén (Lc 19, 28). Ocurría en las antiguas batallas, que los reyes que iban a la guerra marchaban en medio de su ejército protegidos por él. Y al encontrarse los ejércitos enemigos no iban los reyes al frente sino que enviando primero a las tropas de choque se reservaban a sí mismos hasta el final del combate. Cristo, nuestro Rey, en cambio, adelantándose a todos sus siervos marcha delante al combate con el enemigo y penetrando él mismo por sus filas se enfrenta al príncipe de este mundo. ¿Qué rey ha obrado alguna vez así? Derrotado el demonio y su ejército, Cristo «nos ha dejado un ejemplo, para que sigamos sus huellas» (1 Pe 2, 21). Él no nos manda al frente de la batalla sino a que vayamos detrás de él e imitemos su victoria. Ah, ¿de qué clase de material debe ser el pecho de alguien para no ablandarse ante el Soberano que se entrega en mansedumbre a sus enemigos para la salvación de quienes son propiedad suya?

Es Rey, pero no como «los reyes de las naciones que las dominan como déspotas» (Lc 22, 25); sino un Rey que da su vida por sus súbditos, se humilla por ellos, los sirve y lava sus pies. Miremos las insignias de nuestro Rey: su corona son las espinas que Adán hizo brotar con su pecado,  manto púrpura real es la preciosa sangre que cubre su cuerpo, espada afilada su palabra, su montura un burrito.  Prestemos atención, hermanos, ¿qué misterio encierra el asno que monta el Señor? Nadie había montado aún sobre él, pues este era un derecho reservado a los reyes en la antigüedad, el montar la primera vez. Cristo lo manda tomar, ejerce su realeza. Este asno representa a toda la humanidad a la que viene a salvar: Manda desatarlo, pues como dueño de todo, va a recuperar con su Pasión el dominio sobre sus creaturas que el diablo había usurpado al atar al hombre con el pecado. De allí que lo manda a desatar y dice: «El Señor lo necesita». No lo necesita por indigencia, sino por condescendencia para su bien. No quiso ser Rey sin nuestro servicio. Dios, sin necesitar de nosotros, ha querido necesitar de nosotros.

 Este es el significado de por qué elige montar en un borriquillo: no entra cabalgando, haciendo ostentación humana de poder, sino en montura de mansedumbre, pues Dios ha elegido lo débil y lo bajo de este mundo, lo que no cuenta (1 Corintios 1, 27-28). Así gobierna en la Iglesia. ¡Quién nos diera ser como ese borrico y decir con el salmista: «yo era un animal ante ti»! (Sal 72, 22) Ser conducido por el Rey pacífico, seguir sus órdenes y ser animal de carga a su servicio. ¿Acaso no somos los seres humanos casi como animales ante Dios? ¿Y qué mejor para el animal de carga que estar con su amo? Yo era un animal ante ti… -y continúa el salmista- Pero yo siempre estaré contigo, tú tomas mi mano derecha y me guías según tus planes y me llevas a un destino glorioso (Sal 72, 23-24).

Teniendo un Rey tan digno de ser amado, que nuestros ramos se eleven en alabanza suya. No callemos -hermanos-.Si nosotros calláramos gritarían las piedras. Si grandes son sus milagros, mayor proeza es su Pasión. Este es el momento de aclamarlo y vociferarlo ante el mundo. Porque hubo un tiempo para callar cuando el Señor ordenaba no contar a nadie lo que los discípulos habían visto (Mc 9, 9), pero ahora es un tiempo para hablar (Qo 3, 7). «Bueno es mantener oculto el secreto del Rey, y también es bueno proclamar y publicar las obras gloriosas de Dios» (Tb 12, 7).

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