La pascua que nos abre a ser reconstruidos como nuevos templos

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Domingo de Resurrección del Señor

21 de abril de 2019

Hech 10,34. 37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9

Fr. Pablo Javier Caronello OP

Convento Santo Domingo de Santiago de Chile

Queridos hermanos:

            ¡Ha resucitado verdaderamente el Señor!

            Hoy celebramos el acontecimiento más importante de nuestra fe: este día lleva a la plenitud la obra de salvación que Dios ha realizado en su Hijo Jesucristo, nuestro Señor. Por eso cantamos todos con el salmo 117: “Este es el día que hizo el Señor”, o según otra versión, “…el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo ha actuado el Señor para que debamos alegrarnos?

            El evangelista Juan narra que luego del sabbath, del día del descanso judío, el primer día de la semana, María Magdalena visita el sepulcro y descubre la tumba abierta. Entonces va a contar esto a Pedro y al discípulo amado, los cuales corren apresuradamente y se encuentran con la tumba vacía. Los evangelios sinópticos relatan un poco distinto este acontecimiento, pero los tres coinciden en señalar que la tumba estaba vacía. ¿Nos encontramos con un nuevo milagro o signo? La resurrección de Jesús es eso, pero también mucho más.

            La teología bíblica no entiende al hombre dualistamente. Bíblicamente hablando, si bien es verdad que pueden distinguirse distintas dimensiones que conforman al hombre, este es una unidad. Si Dios haciéndose hombre redime al hombre liberándolo de la muerte, entonces la redención no queda solo en una dimensión espiritual, afecta a todo el hombre. Que Jesús resucitó, entonces, no es solo un modo de hablar. Si la redención es una nueva creación de todo el hombre, entonces la redención es el comienzo del hombre nuevo en toda la extensión de lo que afecta al hombre, no solo en el ámbito espiritual, sino también tocando hasta la última fibra de su cuerpo.

            En verdad, el sepulcro estaba a vacío. O sino, ¿cómo hubiese sido posible la predicación de los apóstoles, cómo el discurso de Pedro de la primera lectura de hoy, si hubiese estado a poca distancia el sepulcro con el cuerpo de Jesús? La exigencia del sepulcro vacío no significa pensar materialistamente o de forma pre-moderna nuestra fe; por el contrario, hace a su realismo, tanto para que haya sido posible la primitiva predicación pascual cristiana–la cual pone en su centro el acontecimiento de la resurrección–, como para la trascendencia y el significado teológicos del misterio pascual. Nosotros no seguimos una doctrina abstracta;  nos apoyamos en un acontecimiento,  en el acontecimiento por antonomasia que es el misterio pascual, en el cual Dios, que nos dio la vida, nos quiso dar una vida nueva y definitiva en una nueva creación. La pascua, el acontecimiento del resucitado, de la tumba vacía significa entonces eso: la nueva creación, que tomando lo antiguo recrea, y hace surgir lo nuevo desde lo viejo. ¿Cómo no alegrarnos entonces ante tal suceso, cuando la pascua significa para nosotros que en verdad se nos ha abierto la perspectiva de una vida nueva, de una vida que no tiene por límite la muerte ni el sufrimiento, sino que se define por la eternidad y el amor? Nadie queda fuera de este acontecimiento, todos hemos quedado “afectados”por él; por eso, como nos exhorta san Pablo, debemos buscar los bienes del cielo y no dejarnos aturdir por tantos hechos contrarios a lo que esperamos.

                   Ahora bien, es cierto que,mirando un poco la actualidad, no resalta precisamente la alegría, y no solo si observamos el “mundo”, pues también nuestra Iglesia se encuentra un poco consternada, como si la fe en el resucitado se hubiese debilitado. Un poco como lo que ha pasado en estos días con la Catedral de Notre Dame de París, uno de los templos más significativos del cristianismo. El cuerpo de Cristo, es decir, su Iglesia posee, como siempre ha poseído, la fuerza vital del resucitado, pero sus miembros a veces podemos debilitarnos, como Notre Dame, que frente al fuego se ha destruido en parte. Debemos como Iglesia creyente volver a mirar al Resucitado, confiados en que él hace nuevas todas las cosas y que él puede transformar lo viejo en nuevo. Son muchas las instituciones que se han comprometido en reconstruir Notre Dame. Ojalá esto sea el signo de algo más que la rehabilitación de un museo. Ojalá sea un redescubrir la fuerza de la Buena Noticia del Resucitado que nos ha regalado nueva vida, aquella que la Iglesia posee como su más preciado tesoro, y que debe transmitir a sus miembros,y que a su vez estos deben acrecentar y retransmitir a las futuras generaciones.

            Verdaderamente Cristo ha resucitado, verdaderamente lo nuevo ha comenzado en él. Por eso, junto a él, la Iglesia y todos los creyentes podremos alegrarnos y recobrar fuerzas para seguir creyendo en que lo nuevo ha comenzado, lo viejo ha quedado atrás y en él la Iglesia y nosotros, sus miembros, resurgiremos a la vida nueva que ha inaugurado el Resucitado. ¡Feliz Pascua!

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