Regenerados por la misericordia

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II Domingo del Tiempo Pascual

28 de abril de 2019

Hech 5,12-16; Sal 117; 1, Ap 9-11-13.17-19; Jn 20,19-31

Fray Eduardo José Rosaz

Córdoba, Argentina

La misericordia divina que nos salva no es un recurso para excusarnos de nuestros pecados, sino la recepción de un perdón que supone la propia acusación y el propósito de cumplir la Ley de Dios.

 

Querido hermano, salvado en la Compasión divina:

“¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesús, el Cristo, que según su gran misericordia nos regeneró para una esperanza viva, por la Resurrección de Jesús, el Cristo, de entre los muertos!” (1P 1, 3). La misericordia de Dios es una realidad agónica. Lo es en su sentido más profundo, pues está relacionada con la lucha, con la guerra, con la agonía – como la de Jesús, en el Huerto. Por eso, podemos decir con Jesús y con el gran Salmo pascual: “Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte”. El Señor se apareció hoy resucitado a los discípulos y les dio su Espíritu para que la Iglesia fuera canal transmisor, fuera instrumento de perdón, fuera su sacramento, si me permiten el lenguaje teológico. Él lo ha querido así. Ningún hombre debería atreverse a atribuirse tal potestad, y si la recibe debe ser con gran humildad de ser un pobre servidor.

Pero si no entendemos qué significa este perdón, nunca comprenderemos qué significa la misericordia de Dios. ¿Qué es entonces el perdón? Permítanme citar a un genial autor inglés: “Perdonar significa: Sí, has hecho tal cosa, pero acepto tu petición de perdón; nunca te lo reprocharé y entre nosotros todo volverá a ser exactamente igual que antes”. Y, sin embargo, nosotros confundimos esta grandiosa realidad con otra, la de excusar, que no sería sino decir: “Comprendo que no lo pudiste evitar o que no tenías intención de hacerlo; en realidad, no eres culpable” (C. S. Lewis, El peso de la gloria). Dios nos ofrece lo primero; nosotros nos preocupamos por lo segundo. Pero sólo si somos perdonados podemos sanar y alcanzar la serenidad. Si buscamos la excusa, disculparnos a nosotros mismos, en realidad la misericordia de Dios no nos alcanza.

El Señor sopló sobre los Apóstoles y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; los pecados quedarán perdonados a quienes ustedes los perdonen”. La liberación verdadera sólo puede ser alcanzada como algo recibido. Esto no significa negar nuestra responsabilidad, sino que presupone el reconocimiento de que hemos actuado mal, de que hemos querido el mal. Esta instancia dolorosa y humillante es absolutamente necesaria para abrirnos al perdón que nos transforma y que nos renueva. El resto serán palmaditas en el hombro que buscan en Dios un cómplice y no al Señor que tiene poder para dar vida a los muertos. Debemos recibir el perdón como algo gratuito, justamente porque nuestras acciones no lo merecen. Necesitamos este perdón, pero no podemos obligarlo a Dios a otorgarlo. Es su potestad, amante y libre, la que nos lo ofrece gratuitamente.

Esta realidad es fundante, nos define en nuestro ser más profundo. La reconciliación con Dios, alcanzada por su don libre e inmerecido, es la fuente de toda reconciliación. El Apóstol San Juan nos sorprende en su Primera Carta: “La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2). Estamos acostumbrados a la otra parte de la verdad. No se puede amar a Dios si uno odia a su hermano (1 Jn 4, 20). Es tan fuerte la necesidad de remarcar este peligro que nos olvidamos del otro. Es tan olvidado este segundo peligro que nos choca terriblemente la siguiente afirmación: en realidad, nadie puede amar verdaderamente a su prójimo si no ama a Dios ni cumple sus mandamientos.

¡Pero, fray, hay tanta buena gente que no cree en Dios! ¿Se puede seguir siendo así de intolerante, así de pretencioso? Si esto fuera una enseñanza mía, podría aceptar la crítica. Pero es la Palabra del Señor la que nos orienta hacia allí. Sólo podremos amar a nuestros hermanos en profundidad, por desearle el verdadero bien, la felicidad completa, la paz y la reconciliación, si lo hacemos en el amor de Dios. Y en el cumplimiento de sus mandatos. Todo otro amor, por más elevado que sea, por más heroico y por más digno de imitación (parcial) que sea, si no tiene esta referencia a Dios, se quedará siempre corto. ¿No tendrá valor? Eso lo determinará el Señor en su juicio, el único que escruta los corazones.

Tenga el valor que tenga, cuando pretendemos amar a una criatura sin amar a Dios (algo que hacemos cuando vivimos en el pecado), no alcanzaremos la renuncia y la entrega plenas. Sólo entonces sería posible una verdadera misericordia. “La señal… es que cumplimos los mandamientos”. Hay una cuestión muy decisiva aquí: no hay pecado totalmente oculto. No hay pecado, hablando propiamente, verdaderamente “privado”. Estoy hablando a nivel de la vida cristiana; el nivel jurídico, de lo que castigue o no la ley, será otro tema. Pero esta diferencia no significa otra cosa que la insuficiencia de la ley humana, porque llega menos profundamente al corazón que la ley de Dios. Es aquí que no hay mal o bien que cometamos que no afecte a los demás. Como repetía una terciaria dominica: “Un alma que se eleva, eleva al mundo”.

¿Disminuimos con todo esto las realidades del amor y de la ternura? ¿Sólo un grupo de privilegiados podrá amar? ¿Seremos nosotros este grupo, nosotros, que somos tan mezquinos y egoístas? No, querido hermano: no hagamos esto. Reconozcamos y confesemos con el corazón que, si no es movidos por la Misericordia de Dios, nunca podríamos ni siquiera anhelar perdonar a nuestros hermanos; que nunca podríamos ni siquiera presentarnos delante de Dios para pedir perdón de nuestros pecados y no presentar excusas de ellos; que nunca podríamos ni siquiera desear amar de verdad, amar santamente.

¡Que sea tu misericordia, Señor, la que nos ayude a vivir según tu voluntad, para ser instrumentos de tu reconciliación y no del rencor y del odio! ¡Que sea tu misericordia la que nos muestre dónde está la corriente oculta a los ojos del mundo, pero fresca y verdadera para los que tienen sed de ella, sed de tu Espíritu y sed de tu Misericordia!