El reconocimiento de Jesús Resucitado, instituyendo los pastores de su Iglesia.

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III Domingo de Pascua

5 de mayo de 2019

Hech 5,27-32.40b-41; Sal 29; Ap 5,11-14; Jn 21,1-19

Fray Diego José Correa

Mendoza, Argentina

En la primera lectura de este domingo (Hechos 5, 27-32. 40b-41), los apóstoles, liberados milagrosamente de la cárcel, son amonestados por predicar en el nombre de Jesús y atestiguar su resurrección. Allí mismo Pedro, quién es el indiscutido líder del grupo apostólico, sienta el principio que siempre mantendrá la libertad de la Iglesia y será causa de tantos martirios: “hay que obedecer a Dios antes que a los  hombres” (Cf. Hechos 5, 29).Paradójicamente, todo el Sanedrín judío se enoja mucho contra los apóstoles porque quieren hacer recaer la sangre de ese crucificado sobre ellos… qué más grande y maravilloso hubiese sido para ellos recibir la sangre purificadora de Cristo, pero ellos rechazan palmariamente hasta la idea… y por otro lado, hacen azotar cruelmente a los apóstoles por haber seguido predicando el nombre de Jesús, y ellos lejos de enojarse con el Sanedrín que ha mandado esto, salen de él sangrando y doloridos en extremo, pero felices de haber sufrido algo por Jesús.

            El salmo responsorial (Salmo 29), en boca de Cristo alaba, al Padre porque lo ha librado de la muerte, si bien pasando por ella, pero le ha dado un triunfo muy superior, infinitamente superior, a no haber simplemente muerto al resucitarlo de entre los muertos y ser así el primero de los resucitados.

            La segunda lectura de este domingo (Apocalipsis 5, 11-14), nos relata asombrosamente la visión que tuvo el apóstol San Juan del trono mismo de Dios, con el cordero inmolado, o sea Jesús, ahora sentado en el mismo trono de Dios, recibiendo la aclamación con fuertísima voz, por miles y millones de ángeles. Pero no sólo oye que millones de santos ángeles lo aclaman, sino también todas las demás creaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, todas aclaman de la misma manera a este Cordero de Dios que es Cristo. Aunque aquí en la tierra los hombres de este siglo, parecieran quitarle de día en día el honor y la alabanza única debida a Jesús, ¿qué es eso (¡pobres hombres y peor para ellos!), sino hay creatura alguna que en todo lo ancho y largo del universo conocido y no conocido, le rinde toda la alabanza, el honor, la gloria y el poder que se merece por los siglos de los siglos?

            Finalmente, en el evangelio de este domingo 3º de Pascua (Juan 21, 1-19), la pesca milagrosa de peces les hace descubrir a estos pescadores experimentados y frustrados en su intento, que el que les había indicado cómo pescar era nada menos que Jesús resucitado. Jesús los había constituido pescadores de hombre, ¿cómo iban a pescar hombres si ni siquiera podían pescar peces, ellos que toda la vida se habían dedicado a ser pescadores? Ahora entienden que ni siquiera su oficio habitual pueden ejercer sin el poder del Resucitado, mucho menos es el ser pescadores de hombres.

            Pero lo más importante de esta larga escena, toda ella conmovedora y llena de signos, es la triple pregunta a Pedro si lo ama a Jesús. La triple respuesta y la confirmación de su oficio de regir a los pastores y a las ovejas de su rebaño, el de Cristo, no el de Pedro. Le pregunta si lo ama más que los otros. Qué difícil pregunta y que difícil respuesta. Es la confirmación en el ministerio petrino, único e inigualable en la Iglesia, según la doctrina del mismo Jesús. El que no lo quiere entender es porque es sordo a las palabras de Jesús. Además, le anuncia su muerte martirial, o sea, por testimoniar y creer en Jesús vivo para siempre, como sello de su autenticidad, como la de tantos mártires en la Iglesia primera y siguiente hasta nuestros mismos días. El apacentar a las ovejas en nombre de Jesús, o sea el cuidar de ellas, es el modo concreto de manifestar el amor a Jesús. Pero por otro lado, sin amar antes a Jesús, no puede surgir de ningún modo el amor o el cuidado o el celo pastoral. El que quiere a Jesús, quiere a sus ovejas porque son de su rebaño y las cuida no porque sean suyas, sino porque son del rebaño de Cristo.

            Señor Jesús, por la intercesión de María, madre de todos los pastores y por Pedro, Pastor de todo el rebaño de Cristo en la tierra, multiplica en tu Iglesia los pastores que se dediquen a cuidar de tus ovejas con sabiduría y amor: concédenos los diáconos, los presbíteros y los obispos que tanto necesita todo el pueblo sacerdotal de Dios.