El Buen Pastor

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IV Domingo de Pascua

12 de mayo de 2019

Hech 13,14.43-52; Sal 99; Ap 7,9.14b-17; Jn 10,27-30

Fray Alvaro María Scheidl
Tucumán, Argentina

Queridos hermanos:

Celebramos hoy el, así llamado, Domingo del Buen Pastor. Ya desde antiguo antiguo Dios había prometido apacentar a su pueblo Israel: Yo mismo apacentaré mis ovejas y las llevaré a reposar, oráculo del Señor. Y continúa más adelante refiriéndose a Jesús: Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David (Ez 34, 15.23). Quisiera que reflexionemos un poco acerca de estas figuras del pastor y el rebaño.

En primer lugar, el rebaño aparece como un grupo de ovejas. Reunidas, se llaman unas a otras cuando alguna se aleja. Viven todas juntas, y no separadas. El rebaño es una gran cosa, también la comunidad es una gran cosa. Pero las ovejas no se reúnen para el mero hecho de formar el rebaño, sino que hay una razón última por la cual se reúnen: el pastor. El rebaño está para el pastor. Dios nos expresa la relación de gobierno con su pueblo mediante la imagen del pastoreo, porque esta relación corrige posibles malos entendidos acerca de la forma de cómo gobierna Dios a su pueblo y expresa ciertos matices que otras imágenes de la Escritura no expresan. Debemos asumir todas las imágenes de la Escritura sin recortar ninguna ni anular una con la otra.

Existe entre el pastor y las ovejas una cercanía y comunión vital profunda. El pastor está presente en medio del rebaño. El pastor busca dar vida a las ovejas, su mando no es maltrato. Se alimenta de la leche de las ovejas y esquila su lana, pero no las explota. En realidad, hace esto para bien de las ovejas, ya que si el pastor quisiera podría dedicarse a otro oficio. El pastor es superior al rebaño, por lo cual el Señor dice: mi Padre es superior a todos (Jn 10). Pero el pastor está para las ovejas, las lleva hacia los pastos verdes, las defiende y vigila, y se expone al peligro por ellas. El pastor está para el rebaño y el rebaño para el pastor. Así entre Dios y su pueblo: todo lo que Dios toma de él, tiene por fin el bien del pueblo mismo, ya que Él no necesita de nada de eso. Y la comunidad de la Iglesia no está para ella misma, sino para Dios. La comunidad no es el fin, sino Dios. Por eso cantaba el salmo: Él nos hizo y a Él pertenecemos; somos su pueblo y ovejas de su rebaño (Sal 99). Es porque están ordenadas al pastor que las ovejas se reúnen; de la misma manera, es porque los fieles están ordenados a Dios que se reúnen en comunidad. Sin pastor no hay rebaño, sino sólo un montón de ovejas. Pero puesto que hay Pastor, entonces hay rebaño, y nadie debe apartarse de este rebaño. Como las ovejas mueren cuando se apartan del rebaño, lo mismo los cristianos cuando se apartan de la Iglesia. Si no se apartaran por propia voluntad, nada podría sacarlos de ella: nadie las arrebatará de mis manosnadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

Jesucristo es el Pastor, como escuchábamos en la lectura del libro del Apocalipsis: el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva (Ap 7,16). También el Padre es el Pastor de Israel (Sal 79,1). Pero no son dos pastores sino un solo Pastor, por eso dice: el Padre y yo somos una sola cosa (Jn 10,30). Por eso identifica las manos del Hijo y las del Padre: nadie las arrebatará de mis manosnadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

Y Jesucristo ha querido comunicar su oficio de Pastor a otros hombres constituyéndolos en pastores subordinados a él. Por eso la Iglesia nos pide, en este día, orar por aquellos pastores que velan sobre el rebaño. No pensemos que pastorear es una tarea fácil. Si alguien puede, que diga algún otro oficio que comprometa tanto la vida propia como éste oficio que es pastorear. Y ya que están entregados al rebaño, orar por nuestros pastores es un deber de justicia antes que un favor. Y conviene que oremos también para que Dios nos conceda pastores en abundancia y nobleza, que posean ciencia y santidad. Para que así, todos juntos, en enorme muchedumbre, lleguemos felizmente a los pastos eternos donde Dios enjugará toda lágrima, donde ya no padeceremos hambre ni sed, ni seremos agobiados por el sol o el calor, porque el Cordero será nuestro Pastor y nos conducirá hacia los manantiales de agua viva.

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