El Señor asciende entre aclamaciones

ascencion

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Ascensión del Señor

02 de Junio de 2019

Hch 1,1-11; Sal 46; Ef 1,17-23; Lc 24,46-53

Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina

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Jesús glorificado y manifestado como tal desde la resurrección misma, durante cuarenta días se apareció a los apóstoles según lo narra la primera lectura de este día (Hechos 1, 1-11). Ahora también esas manifestaciones ocasionales van a desaparecer definitivamente. ¿Jesús se va y deja a los apóstoles y a los demás que lo aceptaron como el Mesías esperado desde tantos siglos? Sí y no. Sí porque desaparece físicamente; no porque seguirá presente en su Iglesia que será vivificada con el Espíritu Santo que ha prometido enviarles desde el Padre. Los apóstoles quedaron con una insatisfacción por algo que esperaban: “¿Señor, es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? (Hch 1, 6). Sin duda Jesús quedó aún más decepcionado de ellos que le preguntaban eso. Quería decir que no habían entendido nada de su Reino, del cual tanto les había hablado. La respuesta de Jesús no se hizo esperar: “No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad” (v. 7). O sea, no les niega que vaya a restaurar el Reino de Israel. Pero lo que entiende Jesús y lo que esperan ellos es muy distinto. Jesús piensa en algo mil veces superior a lo que ellos imaginan. Aunque más no fuese el Reino de su Cuerpo Místico, la Iglesia, será una realidad totalmente nueva del antiguo reino de Israel ahora bajo la dominación romana. Esto sólo ya es inmensamente superior a la restauración histórica que ellos se imaginaban. Con persecuciones, pero esa realidad será nueva, admirable, sobre todo por el testimonio de los miles de mártires que en cada época evocarán que el Espíritu que Jesús les enviará en Pentecostés está plenamente vivo y vigente. Pero más allá de eso, está el otro Reino, el Celestial, ya inaugurado con la entrada de Jesús glorioso apenas resucitado y en el cual irán ellos ingresando a lo largo de la historia, hasta que llegue ese día que el Padre ha fijado con su autoridad y al cual Jesús se refiere. En ese día se dará la Restauración definitiva y permanente del Reino de Israel. Muy bien descripto luego en el Apocalipsis.

            Pero eso no es lo importante de este fragmento bíblico. El acento está puesto en que él les enviará desde el Padre el Espíritu para que sean bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días, concretamente dentro de diez días.

            El Salmo 46 nos recuerda esta subida del Señor entre aclamaciones de todos los pueblos, a los cuales se los invita a cantar con fervor y entusiasmo, lo cual hace pensar no sólo en la subida o ascensión de Jesús, sino en el final de todos los acontecimientos, el Esjatón conclusivo de la humanidad redimida entando en el cielo, para siempre; acontecimiento maravilloso si se puede pensar y único a la vez. Desbordantes de alegría los pueblos, todos juntos son recibidos por los santos ángeles que también cantan la grandeza de este Rey de toda la tierra, que va a sentarse en su trono sagrado, exaltando al hombre hasta el mismo Dios.

            La segunda lectura de San Pablo (Efesios 1, 17-23), nos muestra las admirables acciones que puede y debe realizar el Espíritu, que viene del Padre y del Hijo: sabiduría y revelación. ¿Pero, para qué? Para conocer de verdad a Jesucristo. Si el Espíritu Santo ilumina los ojos de nuestros corazones, podremos conocer la soberana grandeza del poder de Jesús en nosotros, los creyentes. Todo lo sometió bajo sus pies. Por eso nosotros nunca jamás debemos desfallecer ante el avance del mal y del maligno con sus estrepitosas obras con mucho ruido y espectáculo. Jesús ya ha sido constituido por el Padre en la resurrección cabeza de su Iglesia, que es el cuerpo de Jesús mismo, y que es una plenitud ilimitada. Nada ni nadie podrá jamás vencer esta Iglesia, Cuerpo de Cristo, al contrario con sus luchas la hacen cada vez más fuerte y experimentada, más robusta y más gloriosa.

            El evangelio, finalmente, de este domingo de la Ascensión (Lucas 24, 46-53), que es al mismo tiempo la conclusión del evangelio de Lucas, nos relata el acontecimiento de la bendición final de sus discípulos y su ascensión a los cielos. Ante todo Jesús confirma una vez más que lo que ha sucedido estaba ya previsto, escrito: que el Mesías debía sufrir. Algo impensable en cualquier hipótesis religiosa o filosófica, que Dios debía sufrir. Inconcebible. El impasible absoluto debe sufrir, y no sólo eso sino morir, pero también resucitar al tercer día. Qué difícil es para quién no cree aceptar estos misterios insondables y maravillosos de nuestro credo. No son contrarios a la razón, es exactamente al revés, son más altos que nuestra capacidad racional. Entendiendo toda la lógica de la fe y la revelación nos parece maravilloso aún desde el punto de vista racional o sapiencial. Los discípulos deben ser testigos de todo esto en todas partes del mundo y para siempre. Para que puedan cumplir y perfeccionar ese testimonio, no sólo con la palabra sino con la propia sangre, recibirán de lo alto una fuerza invisible pero arrolladora, que les quitará el miedo y los hará ser fuertes de tal modo que como corderos mansos en medio de lobos feroces, ellos serán siempre vencedores aún cuando les quiten la misma vida humana. Con la bendición de Jesús y con la promesa del Espíritu que les enviará desde el Padre, ellos vuelven a Jerusalén  llenos de alegría, signo claro que la bendición de Jesús siempre es eficaz.

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