Pentecostés

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Solemnidad de Pentecostés

9 de junio de 2019

Hch 2, 1-11; Sal 103;  Rm 8,8-17; Jn 20,19-23

Fray Alvaro Scheidl

Tucumán, Argentina

 

Queridos hermanos:

Celebramos con alegría el descenso visible del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Cristo resucitado, desde junto al Padre, envía al Espíritu creador sobre su Iglesia para enviarla como él fue enviado por el Padre. Pentecostés significa ‘50 días’, 50 días después de la resurrección de Cristo. En el antiguo Israel, esos cincuenta días después de la pascua, marcaban el final de la cosecha, es decir, la plenitud de los frutos. Ahora Pentecostés significa la cosecha o fruto de la Pascua de Cristo, es decir, el don del Espíritu. La obra de Cristo es llevada a su plenitud con la venida del Espíritu Santo. Además, los cincuenta días recuerdan la recepción de la Ley en el monte Sinaí que ocurrió cincuenta días después de la salida de Israel de Egipto (Ex 19,1). Ahora, cincuenta días después de la Pascua de Cristo, recibimos la Ley nueva de la gracia que es el Espíritu mismo viviendo en nuestros corazones.

Pentecostés es un día que nos revela al Espíritu Santo como persona en la Trinidad. Las obras que las Personas divinas realizan aquí en el tiempo, son como un reflejo de la Trinidad en la eternidad. Las lenguas de fuego, la fuerte ráfaga de viento y la predicación en todos los idiomas nos permiten conocer al Espíritu Santo, el gran desconocido. Nos resulta difícil conocer al Espíritu Santo, es casi como si se ocultase entre en Padre y el Hijo, porque él procede de ambos en la eternidad de la Trinidad. Hay una propiedad común al Padre y al Hijo que es espirar al Espíritu. Él es como el abrazo (amplexus) entre el Padre y el Hijo. Por eso decimos del Espíritu que es Amor del Padre y el Hijo, vínculo o Don entre ambos. Así como el amor es una fuerza de unión entre dos, así el Espíritu Santo procede como algo común al Padre y al Hijo. Y el Espíritu Santo hace de nosotros hijos de Dios a imagen del Hijo único para decir: Abbá, Padre. Nos hace hijos, porque él es el Espíritu del Hijo, pero no se detiene allí, sino que nos dirige al Padre, porque procede del Padre como del origen primero y fuente última de toda la Trinidad.

Todas las obras de Dios son hechas por las tres Personas divinas, pero ciertas obras las adjudicamos a alguien en particular por alguna semejanza. Cuando rezamos el Credo, por ejemplo, le adjudicamos en particular al Espíritu Santo el impulsar a la Iglesia con los carismas y la comunión de los santos, como fuerza que tiende a la unidad, porque Él es común al Padre y al Hijo. Y la Iglesia, animada por esta fuerza de lo alto, busca unir en su seno a toda la humanidad dispersa, en cuyo signo recibió aquel día de Pentecostés el don de hablar todas las lenguas de los hombres. Por esta fuerza que la anima la Iglesia de Dios es santa, y en todo tiempo y lugar da frutos de santidad y verdad. Y aunque sus enemigos se empeñen en ocultarlo y los apóstatas nieguen los frutos de la redención de Cristo, su obra está patente en todo el mundo.

El Espíritu Santo es además como el sello (sigillum) de toda la Trinidad, porque ninguna persona divina procede de él, sino que él procede de todos, es decir del Padre y del Hijo. Del Padre procede el Hijo y de ambos procede el Espíritu. Solamente del Espíritu no procede nadie, siendo algo así como el término, el sello o la clausura de la Trinidad indivisa. El sacramento de la confirmación es una obra de toda la Trinidad, pero decimos que es el Espíritu quien nos confirma pues confirmar es llevar a plenitud o término el bautismo ya iniciado, y el Espíritu es en la Trinidad la plenitud y el término; la plenitud porque él procede de todos; el término,porque de él no procede nadie. Por eso también hablamos del Espíritu como la intimidad divina, como Aquel que sondea las profundidades del misterio de Dios. Lo íntimo es lo que está clausurado al conocimiento de extraños, y el Espíritu clausura a la indivisa Trinidad a todo extraño quedando dentro la Intimidad del Padre y el Hijo. Por el mismo motivo decimos que es obra del Espíritu la consagración de las vírgenes, los templos, los sacerdotes y de todas las cosas santas, las cuales apartadas del uso profano son reservadas para Dios solo. Si bien el consagrar es una obra común a los tres, sin embargo lo decimos en particular del Espíritu pues él reserva el ser Persona divina a ellos tres solos.

Que el Espíritu nos introduzca, entonces, en la vida de la Trinidad, que haciéndonos hijos de Dios, invoquemos al Padre, que haga de la multitud de nuestros corazones una sola fuerza por la comunión en la caridad, para que como Iglesia podamos anunciar la resurrección de Cristo a todos los hombres y todos juntos seamos llevados a la plenitud de la vida eterna.