Solamente seremos hermanos si somos hijos

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Domingo XVII Tiempo Ordinario

28 de julio de 2019

Gn 18,20-21.23-32; Sal 137; Col 2,12-14; Lc 11,1-13

Fray Eduardo J. Rosaz

Córdoba, Argentina

Querido hermano:

 

Un anhelo de hermandad parece recorrer el deseo de los hombres. Grandes revoluciones se hicieron en su nombre, para instaurar la fraternidad a golpe de amigables y cortantes filos. Como diría Leonardo Castellani, recordando el triple lema de una de las más cruentas: «El hombre al hombre en este siglo ingrato dice: “Seamos hermanos… o te mato”». No es mi intención dedicar estas líneas a una crítica de esa aspiración ni de sus realizaciones históricas. Necesitaría tiempo y ciencia más extensos.

Sin embargo, hay una realidad que parece repetirse demasiadas veces como para no ver un patrón. Toda búsqueda de fraternidad que no se base en una paternidad común está destinada al fracaso (y, generalmente, a un fracaso cruel y violento). Este reconocimiento de ser hijos como requisito para ser verdaderamente hermanos supone un padre que no sea un simio (y una madre que no sea la Madre Tierra).

Solamente podremos ser hermanos si recibimos, como un don, la filiación del Padre de los Cielos. Por eso, nuestro anhelo de verdadera paternidad y de verdadera fraternidad quedará así mientras el Hijo no nos comparta su propia generación. No es simplemente que nos enseñe o nos dé un ejemplo. No son buenos modales y nada más. La plenitud humana se consigue al recibir la transformación divinizadora y filial. Es un bautismo, sumergirse y morir en Cristo, para recibir su misma vida resucitada. Es tener los mismos sentimientos de Cristo, es tener su mente y su sentido.

Los discípulos reconocieron en Jesús de Nazaret al Hijo Eterno. El Evangelio nos muestra que este reconocimiento se produce al contemplar la intimidad del Nazareno. Es allí en donde se manifiesta su profunda relación con el Padre: en el Huerto, donde la oración se resume en la palabra Abbá; en la oración solitaria siempre presente antes de los momentos de elección; en el Bautismo que lo proclama como el Predilecto.

¡Cómo querríamos ser hijos como Él lo es! Querríamos que nuestro abandono y nuestra confianza fueran absolutamente serenas. El Padre quiere que pidamos, busquemos y llamemos. La oración de petición puede ser demasiado interesada; Dios puede volverse un instrumental. Pero algunas pastorales de moda nos hicieron olvidar que nuestra petición también es aceptación de nuestra dependencia. Los bienes de la Tierra y los bienes del Cielo, “toda dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (St 1,17).

Rezar como el Señor rezó no es una simple repetición de palabras. Olvidamos fácilmente que es el Espíritu el que hace que podamos proferir la llamada al Padre de Jesús. No hay dudas: podemos reproducir mecánicamente la oración que hoy nos enseña el Cristo –lo hemos hecho en incontables oportunidades–. Pero esto no debe hacernos olvidar que cada vez que lo hacemos sinceramente y con conciencia de nuestra filiación, es la Trinidad entera la que nos impulsa y nos capacita para hacerlo: el Padre, que se da a conocer como tal; el Hijo, que nos revela el misterio de la intimidad de Dios; el Espíritu Santo, que nos consume en el fuego de la divinidad misma. El Espíritu que el Padre de los Cielos, el Bueno, da a aquellos que se lo pidan, aunque no lo merezcan (e, incluso, ni siquiera sepan que lo necesitan).

Querido hermano, puedo llamarte así porque Dios ha encontrado a un Justo por el cual mereció que toda la Ciudad fuera salvada. Nuestra fraternidad y nuestra caridad solamente pueden existir porque el Hijo se hizo uno de nosotros para transformarnos y hacernos hijos. Allí está la dignidad más profunda (que no es una igualdad uniformizada ni una libertad desligada), allí está la vocación final del hombre. Cualquier propuesta alternativa, incluso cuando pueda ser legítima en su orden, será insuficiente. Estamos hechos para alabar y dar gloria a la Trinidad que es principio y fin de todos, al Padre que existe desde siempre con el Hijo en el vínculo del Espíritu y que reinará por siglos infinitos. Amén.

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