Santo Domingo: Predicador carismático

Los carismas, también llamados por los teólogos escolásticos “gratias gratis datae”, son perfecciones que el Espíritu Santo otorga a algunos hombres para que cooperen en la conversión a Dios de otros hombres. Así, al menos, los define Santo Tomás a quien siguen la mayor parte de los autores. San Pablo en 1 Cor 12,8 y ss. Nos ha dejado una enumeración de los carismas que los pensadores medievales consideraron tan completa y exhaustiva que intentaron someterla a una clasificación sistemática. Dicho intento, y su correspondiente hermenéutica del texto paulino, tal vez deban ser considerados con cierta cautela a la luz de la exégesis contemporánea, pero nos ofrecen un procedimiento altamente ilustrativo, del que se desprende una conclusión digna de ser rescatada.

El conjunto de los carismas se ordena, de una manera u otra, al anuncio de la palabra de Dios, es decir, a la eficacia de la predicación evangélica en su proposición del kerigma. Y subrayo este término eficacia, ya que no todas las cualidades que pueden adornar una predicación son necesariamente carismáticas.

El carisma, por ejemplo, no debe ser confundido con la simple elocuencia literaria: ésta es un brillo o una modalidad meramente exterior de la exposición de la doctrina. Puede halagar al auditorio, entretener sus oídos y complacerlo estéticamente, pero por sí sola no produce el efecto de la conversión. Para que esto suceda, la palabra propuesta debe llevar en sí misma una fuerza gravitatoria íntima, de un origen superior al humano, que le hace expandirse, penetrar los corazones empedernidos y producir en el interior de éstos una real transformación. Como escribe San Gregorio “si el Espíritu Santo no llena los corazones de los oyentes, en vano la voz de los maestros suena en los oídos” (In Ev 1.2, Hom. 30, ML 76, 1227). Creo que es esto, precisamente, lo que caracteriza la predicación apostólica y lo que quieren expresar los Hechos cuando dicen que los Apóstoles “atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor” (4,33). Esa fuerza o poder no procedía únicamente de su grado de convicción o de su aptitud para la elocuencia, sino que emanaba de los carismas del Espíritu.

Aprovechando aquel valor ilustrativo antes mencionado de la clasificación de los carismas propuesta por Santo Tomás, me parece bueno utilizarla aquí teniendo en cuenta el significado de su esquema, ampliamente conocido, que parte del objeto propio o finalidad de cada una de las virtudes, a la que los dones y carismas corresponden.

En función de esta teoría la moción interior que lleva al hombre a su conversión solamente puede proceder de Dios, ya que excede el ámbito de las perfecciones naturales y proporcionadas a la capacidad humana; al predicador únicamente se le puede asignar -y siempre en cuanto instrumento del Espíritu Santo- una función educadora y persuasiva y, por ende, meramente exterior.

Pero el mismo predicador, para conseguir transformarse en instrumento fiel, precisa estar imbuido de un profundo y amplio conocimiento de las verdades divinas, sea compenetrándose de una absoluta convicción sobre la solidez de los principios que enseña a los demás (carisma llamado fe), sea capacitándose para extraer con acierto las principales conclusiones de dichos principios contenidas (palabra de sabiduría),sea mostrándose hábil para volcar clara y convincentemente en las mentes ajenas el contenido de su propia contemplación (palabra de ciencia).

Por otra parte, su discurso exige una eficacia probativa o argumentativa de lo expuesto que, considerando la sublimidad de la materia allí contenida, se encuentra más allá de todo lo humanamente comprensible y, por tanto, puede fundarse exclusivamente en signos extraordinarios (los denominados motivos de credibilidad) ya que no existen otros para hacer aceptable su mensaje. Por eso Dios otorga al predicador carismático el poder de realizar obras que son sólo suyas (milagros en general, curaciones, resurrecciones, etc.) o de enseñar verdades que sólo Él conoce (profecía).

También entra en el campo de la predicación carismática en que se convierta en vehículo convenientemente apto para la transmisión de la fe, ora en cuanto a la expresión ora en cuanto al sentido de los conceptos (lenguas y su interpretación).

Quien conoce, aunque sólo sea someramente, la vida de Santo Domingo de Guzmán, reconocerá de inmediato su fisonomía en esta descripción que acabamos de hacer, de los rasgos del predicador carismático, al estilo de los que fueron Jesús y los Apóstoles.

Numerosos hechos narrados por sus hagiógrafos confirman que todo el conjunto de los carismas enumerados por San Pablo, tanto en sus manifestaciones ordinarias como en las extraordinarias, han hallado concreción, en talo cual oportunidad, en la vida de nuestro Padre y siempre en vinculación con su misión de heraldo del Evangelio. Es como sin toda claridad hubiese querido la divina Providencia, que lo había destinado a ser padre de una familia de predicadores, revestirlo con todas las cualidades naturales y sobrenaturales, de un perfecto modelo de predicador, o sea, convertirlo en un auténtico predicador carismático.

Si, como afirman los primeros cronistas de la nuestra Orden, el “verbo gratiosum” del que nos habla la Escritura (Ecl 6, 5), se había convertido en la característica propia de la predicación dominicana, parece del todo lógico que él se manifestase, antes que en nadie, en el mismo Fundador.

Es posible imaginar, a partir de la descripción teológica del carisma de la palabra, cómo había de ser la predicación de Domingo: “los conocimientos que uno recibe de Dios para utilidad del prójimo sólo puede hacerlos valer mediante la palabra; y como el mismo Espíritu Santo no falta en cosa que pertenece al bien de la Iglesia. Por eso provee a los miembros de la Iglesia el don de la palabra, no sólo para que uno hable de modo que pueda ser entendido por diversos individuos (lo que pertenece al don de lenguas), sino también para que hable con eficacia, lo que pertenece al don de locución” (II-II, 177, 1).

Bien provisto estuvo Domingo por el Espíritu Santo de todo a cuanto -al margen de sus dones naturales- le era menester para el cumplimiento de un prodigioso designio divino.

Sabiendo lo que de él sabemos -que es menos de los que quisiéramos saber- no nos resulta difícil imaginar su admirable capacidad para instruir el entendimiento de sus oyentes cuando enseñaba; ni su exquisita sensibilidad para provocar sentimientos similares a los que experimentaba su propia frente a los misterios divinos en el alma de sus oyentes, motivándolos con su verbo inflamado a recibir gustosamente esas verdades inalcanzables para la humana razón; ni su poder de doblegar las voluntades disponiéndolas sumisamente al cumplimiento de los deberes morales implicados en aquellas verdades.

¿Cómo explicar de otro modo la innumerable cantidad de conversiones que jalonan paso a paso el largo camino de este infatigable peregrino de la esperanza de la salvación?

Santo Domingo podría haber hecho suyas -y tal vez haya sucedido así- aquellas palabras que el Apóstol pronuncia sobre sí mismo, él que tanto se le pareció: “Mi palabra y mi predicación no se apoyaron en persuasivos discursos de humana sabiduría, sino en la manifestación y el poder del Espíritu” (1 Cor 2, 4). Porque Santo Domingo, como San Pablo, es ante todo y sobre todo un predicador carismático, un hombre del Espíritu, un Profeta enviado por Dios a su tiempo y a nuestro tiempo con todos los atributos necesarios para ser el pregonero de un mensaje inagotable.
Fr. Domingo Basso O.P.