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Los 9 Modos de Orar de Santo Domingo
Los Santos Doctores Agustín, Ambrosio, Gregorio, Hilario, Isidoro,
Juan Crisóstomo, Bernardo y otros piadosos doctores griegos
y latinos han tratado difusamente de la oración, de la recomendación
a ella, de la preparación, y cómo no, de los impedimentos
(de las dificultades). Pero el glorioso y venerable Tomás de
Aquino y Alberto, de la Orden de Predicadores, en sus libros y Guillermo
en el tratado sobre la "Virtud" en un modo noble, santo,
devoto y hermoso han expuesto la manera de orar, según la cual
el alma se sirve de los miembros del cuerpo a fin que pueda elevarse
devotamente al Señor y de tal manera el alma que da movimiento
al cuerpo, de éste viene movida, hasta el punto en ciertos
casos de caer en éxtasis como S. Pablo o en otros de ser raptada
como sucedió al profeta David. Como Santo Domingo recurría
muchas veces a este modo de orar es necesario decir aquí alguna
cosa. Ya que se sabe que los santos del Antiguo y Nuevo Testamento
frecuentemente oraban de tal modo, porque el recíproco influjo
del alma sobre el cuerpo y de éste sobre aquella excita la
devoción. Gracias a ella, Santo Domingo, se enfervorecía
y vertía copiosas lágrimas y su voluntad se encendía
de tanto fervor que no podía impedir que los miembros del cuerpo
manifestasen por ciertas señales la devoción interna.
Y con aquella elevación de su espíritu a veces hacia
peticiones, súplicas y acciones de gracias. No hablaremos aquí
de los grandes movimientos de fervor que él acostumbraba hacer
durante la celebración de la misa o en la recitación
de los salmos, muchas veces cuando recitaba estas oraciones santas,
tanto en el coro, como en los viajes se veía raptado y elevado
como si estuviese conversando con Dios o con los ángeles. Pero
estos que vamos a describir fueron otros modos de orar. |
Primer Modo
El
primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como
si Cristo representado en él estuviera real y verdaderamente
y no sólo en forma de símbolo. Hacia esto según
el pasaje de Judit: "Te agrada siempre la oración de
los humildes y mansos" (Jdt 9, 16) ¿No fue por humildad
por lo que la cananea (Mt 15, 21-28) y el hijo pródigo fueron
oídos? (Lc 15, 11-32). También repetía: "Señor,
Yo no soy digno de que entres bajo mi techo"(Mt 8, 8) y añadía:
"Humillado en exceso estoy, Señor" (Sal 118,
107). Y así Nuestro Padre, con el cuerpo levantado, inclinaba
la cabeza, mirando humildemente a Cristo, su verdadero Señor;
considerando su propia condición de esclavo con las excelencias
de Cristo, le reverenciaba con todo su ser, manifestándole
su veneración. Esto mismo enseñaba a sus frailes, cuando
pasaban delante del Crucificado a fin de que Cristo, humillado por
nosotros, nos viese humillados delante de la Santísima Trinidad
al recitar solemnemente el "Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo".
Este modo de orar, como indica la figura, inclinándose profundamente,
era el inicio de su oración. |
Segundo
Modo
Oraba
también el bienaventurado Domingo con frecuencia postrándose
en tierra apoyado sobre su cabeza, compungido en su corazón
y reprendiéndose a si mismo y lo hacia a veces en tono tan
alto que le oían recitar aquellas palabras del Evangelio:
"¡Oh Dios!, ten compasión de mi que soy un gran pecador"(Lc
18, 13) y con piedad y reverencia recordaba las palabras de David
que decían: He cometido un grave pecado, perdona la falta
de tu siervo.Lloraba y gemía fuertemente añadiendo:
Yo no soy digno de contemplar la altura de los cielos a causa de
la multitud de mis pecados, porque he provocado tu ira, Señor,
y he obrado mal delante de tu mirada y recitaba con fuerza y devoción
el salmo que empieza: Con nuestros oídos, ¡oh Diosl,
hemos oído, y el versículo que dice: Porque mi
alma ha sido hundida hasta el polvo y mi cuerpo pegado a la tierra
(Sal 43, 26) y también: Pegada al polvo está mi alma,
hazme vivir según tu palabra(Sal 118, 25).
Algunas veces, queriendo enseñar a los frailes con cuanta reverencia
debían orar, les decía: Los Magos, aquellos santos
Reyes, entraron en la casa, vieron al niño con María
su madre y postrándose lo adoraron (Mt 2, 11). Ahora, también
nosotros hemos encontrado al Hombre - Dios con María, su madre;
entrad, adoremos, postrémonos de rodillas ante él que
nos ha hecho (Sal 94, 6).
Exhortaba a los jóvenes diciendo: Si no podéis llorar
vuestros pecados porque no los tenéis, pensad en el número
de pecadores que podéis inducir a la misericordia y amor por
los cuales gimieron los profetas y los apóstoles. Por ellos
también Jesús, viéndolos, lloró amargamente.
También el santo profeta David lloró por ellos diciendo:
Viendo a los renegados sentía asco (Sal 118, 158).
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Tercer modo
Después
de esto y como continuación de lo que se ha dicho, se levantaba
del suelo y con una cadena de hierro se daba la disciplina diciendo:
Tu diestra me sostiene, multiplicaste tus cuidados conmigo(Sal
17, 35). Por esta razón en toda la Orden se estableció
la costumbre de que todos los hermanos, en memoria del ejemplo de
Santo Domingo, los días feriales, después de Completas,
recibiesen las disciplinas sobre las espaldas desnudas con varas de
mimbre, al mismo tiempo que recitaban devotamente el "Miserere"
o el salmo "De Profundis". Esta penitencia era por
expiación de las propias culpas o por los benefactores con
cuyas limosnas eran sustentados. Nadie, por inocente que sea, se debía
apartar de este ejemplo tan santo. Humberto de Romans en las Constituciones
primitivas prescribe: Qualiter disciplinas frecuenter suscipiant. |
Cuarto
Modo
A
continuación, Santo Domingo, ante el altar de la Iglesia o
en el Capítulo, fijaba su mirada en el Crucifijo y arrodillándose
dos o más veces, lo contemplaba con suma atención. Sucedía
que desde Completas hasta mediada la noche ora se levantaba, ora se
arrodillaba a imitación del apóstol Santiago o el leproso
del evangelio que de rodillas imploraba: "Señor, si
tú quieres puedes limpiarme"(Lc 5, 12) o también
como San Esteban que de rodillas clamaba en alta voz: "Señor,
no tengas en cuenta este pecado" (Hch 7, 60). Aparecía
entonces en Santo Domingo una confianza en la misericordia de Dios
para consigo mismo, para todos los pecadores y para protección
de los frailes jóvenes que él acostumbraba a mandar
fuera a predicar. "A Ti, Señor, te invoco, roca mía
no seas sordo a mi voz" (Sal 27, 1 ) y decía otros
versículos de la Sagrada Escritura.
No rara vez hablaba con su corazón y la voz apenas se percibía.
Quedaba así por largo tiempo como en estado de absorto embebecimiento,
estupor; otras veces en tal actitud parecía que penetraba el
cielo con su mente, llenándose improvisadamente de alegría,
secándose las lágrimas que regaban su rostro. Se encendía
en un gran deseo, como el sediento que llega a la fuente o el peregrino
que se aproxima a las puertas de su casa. Su vivacidad y ardor ardían,
como se podía ver por la rapidez de sus movimientos, conservando
siempre su compostura, ora cuando se levantaba, ora cuando se arrodillaba.
Estaba tan acostumbrado a arrodillarse que en los viajes, en las posadas,
después de las fatigas del día y del camino, mientras
los hermanos dormían y se entregaban al descanso, volvía
a sus genuflexiones como a su propio ejercicio y peculiar ministerio.
Y con tal ejemplo, más con los hechos que con las palabras,
enseñaba a los hermanos a orar de esta misma manera.
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Quinto Modo
Cuando
se hallaba en el convento el Santo Padre Domingo algunas veces se
ponía delante del altar, en pie, erguido, sin apoyarse ni sostenerse
en ninguna parte con las manos delante del pecho a modo de libro abierto.
Parecía que mientras oraba con gran respeto y devoción,
meditaba las palabras como si estuviese leyendo en la presencia visible
de Dios. Y parecía que en la oración meditase las palabras
divinas y se las repitiese dulcemente a si mismo. Le habla llegado
a ser habitual aquella actitud del Señor, que se lee en San
Lucas: "Jesús, según su costumbre, entró
en la Sinagoga en día de sábado, y se levantó
para hacer la lectura"(Lc 4, 16) y también se dice
en el salmo: Finés se levantó, oró y la plaga
cesó(Sal 106, 30).
Otras veces entrelazaba las manos, cerrándolas estrechamente
a la altura de los ojos, recogiéndose en si mismo; a veces
levantaba las manos a la altura de los hombros, como hace el sacerdote
cuando celebra la misa, como si quisiera abrir los oídos, para
quedarse mejor con alguna palabra que hubiera venido de lo alto. Si
tú hubieras visto su devoción, mientras rezaba de pie,
hubieras creído ver a un profeta, que delante de un Ángel
o delante de Dios, unas veces hablaba, otras escuchaba y otras, en
fin, meditaba silenciosamente sobre aquello que le fue revelado.
Cuando iba de viaje, casi sin que nadie se diese cuenta, solía
robar tiempo para hacer oración, recogiéndose en si
mismo y elevando la mente al cielo; en aquellos momentos lo teníais
que oír repetir con dulzura y delicadeza palabras sacadas del
meollo y riqueza de la Escritura, como si las hubiese sacado de la
misma fuente del Salvador.
Este ejemplo conmovía mucho a los hermanos que contemplaban
a su padre y Maestro; los más devotos aprendían a decir
esta oración: "Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores, como están los ojos
de la esclava fijos en las manos de su señora, así están
nuestros ojos en el Señor Dios nuestro" (Sal 122,
2). |
Sexto Modo
Se
veía al Santo Padre Domingo orar con los brazos y las manos
extendidas y abiertas en forma de cruz mientras permanecía
en pie. De esta manera oró cuando en Roma, en la sacristía
de San Sixto, elSeñor por medio de su oración, resucitó
al joven Napoleón y cuando en la iglesia, en la misma ocasión,
como contó la devota y santa Sor Cecilia, que estaba presente
con otras personas, fue visto elevarse de la tierra durante la celebración
de la Misa; como Elías cuando resucitó al hijo de la
viuda recostándose sobre el niño (1 Re 17, 24). De modo
semejante oró cuando libró de morir ahogados a unos
peregrinos ingleses cerca de Toulouse (Vida de los Hermanos, cap.
3). Igual oró el Señor cuando pendía de la Cruz,
con los brazos y las manos extendidas y con gran clamor y lágrimas
fue escuchado por su actitud reverente (Hb 5, 7).
Esta forma de orar no era frecuente en Santo Domingo; él rezaba
así cuando sabía, por inspiración divina, que
debía suceder algo grande y admirable. No prohibía a
los hermanos orar así, ni tampoco se lo aconsejaba. Cuando
resucitó a aquel joven orando y estando en pie, con los brazos
y las manos extendidas, no sabemos lo que dijo, quizás repitió
aquellas palabras de Elías: "Señor, Dios mío,
que vuelva, te ruego, el alma de este niño a entrar en él"
(1Re 17,21). Los presentes al prodigio recordaban la manera de orar,
pero ninguno ni frailes, ni monjas ni cardenales ni los demás
presentes que pudieron observar de cerca este desconocido y maravilloso
modo de orar, entendieron las palabras que él pronunció,
y más tarde nadie le preguntó esto al Santo y admirable
Domingo, que en aquella ocasión había parecido a todos
digno de respeto y reverencia. Aquellas palabras que en el Salterio
hacen alusión a este modo de orar las pronunciaba el Santo
con lentitud, gravedad y madura reflexión: "Señor,
Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en
tu presencia" y continuaba con el versículo: "..todo
el día te estoy invocando, tendiendo las manos hacia ti"
(Sal 87, 2-10) y también: ."Escucha, Señor,
mi oración, presta oídos a mi súplica"
y proseguía hasta el versículo que dice: "Señor,
escucha mi oración, tú que eres fiel atiende a mi súplica",
continuando hasta el versículo que dice: "Extiendo
mis brazos hacia ti..., escúchame en seguida, Señor"
(Sal 142, 1-6).
Por esta forma de oración, cualquier devoto puede comprender
cuál fuese su piedad y sus enseñanzas. Parecía
que era transportado hacia Dios por medio de la oración o más
bien sintiéndose movido por inspiración de Dios a la
petición de una gracia extraordinaria para si o para otros,
sintiese la necesidad de hacerlo, sirviéndose de las palabras
de David, del fuego de Elías, de la caridad de Cristo y del
amor de Dios como se puede observar en la figura.
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Séptimo
Modo
Con
frecuencia durante la oración se le veía dirigido por
completo hacia el cielo como flecha tensa en un arco. Oraba con las
manos levantadas sobre su cabeza, bien unidas bien abiertas, como
si fuese a recibir algo del cielo; se cree que entonces se le aumentaba
la gracia, tal era su arrobamiento. Era arrebatado e impetraba de
Dios los dones del Espíritu Santo para la Orden que habla fundado,
y aquella suavidad dichosa que se encuentra en las bienaventuranzas.
Pedía para si y para sus frailes mantenerse devotos y alegres
en la más estricta pobreza, en el amargor del llanto, en las
grandes persecuciones, en el hambre y sed extrema de justicia, en
el ansia de misericordia; pedía también que los devotos
consiguiesen suma delicia en las observancias de los preceptos y en
el cumplimiento de los consejos evangélicos.
El Santo Padre Domingo parecía entonces como arrebatado por
el espíritu al lugar santo entre los santos, es decir, al tercer
cielo.
Después de esta oración, era semejante a un profeta
en el reprender, en el gobernar, en el predicar. En este modo de orar
no duraba mucho, el santo volvía en si, como si viniese de
muy lejos con la expresión y comportamiento de un peregrino.
Algunas veces oraba con claridad, los frailes le oían pronunciar
algunas veces las palabras del profeta: "Escucha mi voz suplicante
cuando te pido auxilio, cuando alzo las manos hacia tu santuario"
(Sal 27, 2). Y con palabras y con su santo ejemplo enseñaba
a los religiosos a rezar continuamente recordando el salmo: "Ahora
bendecid al Señor los siervos del Señor"y también:
"Señor, te estoy llamando, ven de prisa, escucha mi
voz cuando te llamo por las noches, levantad vuestras manos hacia
el santuario" (Sal 133, 1-2). Y también: "Y
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde" (Sal 140,
1-2).
Para comprender mejor lo que se ha dicho observen la figura. |
Octavo Modo
Nuestro
Padre santo Domingo tenía otro modo de orar, devoto y muy hermoso,
después del rezo de las horas canónicas y también
después de la acción de gracias que se hace después
de las comidas. El tan sobrio en el comer y embebido del espíritu
de devoción que habla asimilado de las palabras divinas que
se cantaban en el coro o se leían en el refectorio, se retiraba
a un lugar solitario, en la celda o en otro sitio para leer u orar,
permaneciendo consigo y con Dios.
Se sentaba tranquilo, abría el libro y hecha la señal
de la cruz, leía prestando su atención con dulzura,
como si oyese hablar al Señor según cuanto dice el salmo:
"Voy a escuchar lo que dice el Señor" (Sal
84, 9). Y como si discutiese con un compañero ora impaciente,
ora sosegado en su voz y en su pensamiento disputaba y luchaba riendo
y llorando al mismo tiempo, levantaba o bajaba la vista, hablando
nuevamente en voz baja y golpeándose el pecho.
Si algún curioso en secreto hubiese querido observar al Santo
Padre Domingo, le habría parecido semejante a Moisés
que cuando penetró en el corazón del desierto llegó
al monte Horeb, contemplando la zarza ardiendo y postrado en tierra
oía que el Señor hablaba; este monte de Dios ¿no
era quizás la figura profética del paso de la lectura
a la oración, de la oración a la meditación,
de la meditación a la contemplación? Y mientras leía
en silencio, veneraba el libro, se inclinaba hacia él, lo besaba,
sobre todo si se trataba del Evangelio, porque entonces leía
las palabras de Cristo, proferidas por su boca.
A veces se cubría el rostro con la capa o también con
las manos, cubriéndose la cabeza con la capucha, llorando todo
lleno de deseo y acongojado. Después como si diese gracias
a un personaje por los beneficios recibidos, se levantaba con reverencia,
hacia una inclinación de cabeza y calmo y tranquilo consigo
mismo continuaba la lectura.
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Noveno Modo
Tenía
su modo de orar cuando viajaba de un pueblo a otro, especialmente
cuando se encontraba en algún lugar solitario. Toda su recreación
era la de dedicarse a la meditación y contemplación
y mientras caminaba decía a su compañero de viaje: Está
escrito en Oseas: "La llevaré al desierto y le hablaré
al corazón" (Os 2, 14). Algunas veces se apartaba
de su compañero, y caminando delante o quedándose rezagado
oraba y en la meditación se encendía y ardía
como fuego abrasador. Durante esta oración hacia gestos como
si le molestasen moscas o mosquitos, esta era la ocasión de
hacer tantas veces la señal de la cruz.
Los frailes pensaban que el Santo con este modo de orar había
alcanzado la plenitud del conocimiento de la Sagrada Escritura, la
inteligencia de lo más sublime de la palabra de Dios, el poder
audaz de la ferviente predicación y la secreta familiaridad
del Espíritu Santo en el conocimiento de las cosas ocultas. |
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