Santo Domingo: Ternura y Vigor
Introducción
Hace pocos días, tuve la oportunidad de reencontrarme con un
libro dedicado a Nuestro Padre San Francisco, que me permitió
encauzar esta reflexión. El título del libro de Leonardo
Boff. "San Francisco de Asís, Ternura y vigor".
No es que Domingo necesite de la figura de Francisco para ser explicitado,
por ser éste más popular, y menos aún más
santo. Pero es verdad que la contemporaneidad de ambos, y es más,
la similitud de sus respuestas a los desafíos de su época,
nos permiten trazar no sólo un paralelo, sino ver la complementariedad
que estos hombres brindan a la Iglesia.
En la citada obra se pregunta el autor: ¿es San Francisco un
modelo para nuestra época? Es ésta también la
pregunta que quiero que nos formulemos: ¿es Domingo un modelo,
un carisma, y un desafío para el mundo actual? Les adelanto
la respuesta: SI. Más aún, frente a los cambios que
nos presenta el mundo actual, vamos a preguntar a Domingo qué
tiene que decirnos acerca de nuestro mundo actual, y su respuesta
no tendrá nada de medieval, sino que será tremendamente
actual.
Cambio de época
Decimos que estamos atravesando un cambio de época. Ningún
terreno más adecuado para tratar sobre la figura de Domingo,
en ninguna otra situación se encuentra él más
cómodo y libre. Libre para buscar una respuesta nueva, no para
repetir fórmulas viejas y seguras. Frente a estos cambios no
vemos en Domingo al hombre temeroso que se repliega en si mismo, con
miedo al diálogo, utilizando la fuerza o el poder para persuadir,
sino la fineza de quien hace de las crisis un desafío, quien
lleno de entusiasma recurre a las fuentes de evangelio y es capaz
de hacer como el escriba hecho discípulo de Reino que "saca
de sus arcas lo nuevo y lo viejo" (Mt. 13,52).
¿En qué consiste este cambio de época? Es aquí
donde me sirvo del análisis de Boff, sobre nuestra cultura.
Podemos encontrar en el hombre dos fuerza que lo animan en su obrar.
A una la llamamos el Logos, la razón; la otra es el
Eros, el amor. Es propio del Logos, ver claro, ordenar y disciplinar.
Compete a la razón dar forma y definir la dirección
del Eros. El Eros es la pasión, el entusiasmo, el ardor, la
vida que busca apasionadamente la vida, la alegría de ser,
el movimiento que anima a la unión del sujeto con el objeto
amado. Es la vida que surge con fuerza, el ansia por la expansión.
La expresión suprema del Eros es el amor oblativo.
Debido a su carácter vulcánico, irruptivo, el Eros corre
el riego de pervertirse y degenerar en lo orgiástico y en diversas
formas de destrucción y despersonalización. En este
contexto el Logos tiene una misión insustituible: darle conciencia
del límite. Pero es importante ver el carácter relativo
del Logos. En el principio está la vida, el Eros, que debe
ser conducida, sin caer en el exceso de la represión y sojuzgamiento
del Logos respecto del Eros.
El Eros y el Logos, no son dos fuerzas antagónicas, sino complementarias
en el interior del hombre. Si el Eros es abandonado a sí mismo,
surge la exhuberancia incontrolada de los sentimientos y las pasiones,
el sentimentalismo, el desmadre de las emociones, el delirio de las
pulsiones, el éxtasis orgiástico del placer. Si el Logos
impone su dominio, aparece la rigidez, la inflexibilidad, la tiranía
de la norma, el dominio del orden, el rigor de la disciplina. En el
primer caso la planta de la vida se echa a perder por exceso de agua;
en el segundo se agosta por exceso de aridez. En ambos casos la existencia
se deshumaniza. ¿Qué ocurre cuando el Eros manifiesta
con soberana el torrente de su entusiasmo, con la mediación
constante de la fuerza disciplinadora del Logos? Surgen el ternura
el vigor.
La ternura es el Eros compasivo, capaz de sentir y comulgar con el
otro, que no se detiene en el gozo de su propio impulso, sino que
descansa en el otro con cariño y amor. El vigor es la presencia
del Logos dentro del Eros, al servicio de la manifestación
de éste: la explicitación sin prepotencia, la ley sin
legalismo.
Todos hemos oído que estamos pasando de la modernidad a la
postmodernidad. De la modernidad como esa época donde el hombre
ha buscado por medio de la razón, representada especialmente
por la ciencia y la técnica, el dominio de todo lo real. Ciencia
y técnica puestas muchas veces al servicio del poder, de la
producción. El hombre no está con las cosas,
sino sobre las cosas, sobre el mundo y la naturaleza, sobre
los otros hombres, e incluso muchas veces sobre Dios. La realidad,
no es vista como algo dado, regalado, por lo cual dar gracias; es
un objeto de dominación.
Este dominio de la razón está cayendo. La postmodernidad
nos presenta el cansancio y la frustración del hombre frente
a este dominio. Surge con mayor fuerza y vigor, la búsqueda
de un nuevo sentido de la vida, de un nuevo respeto por todas las
culturas, y todos los hombres, un amor que se extiende a la naturaleza
herida, y una nueva búsqueda de Dios, que es misterio.
En este marco quiero poner a la figura de Domingo. Debernos despejarnos
y despojar a Domingo de todo ropaje de la modernidad con que a veces
lo podemos ver, y con los cuales nosotros estamos acostumbrados a
mirar las cosas y a otros personajes. En Domingo encontramos a alguien
que ha sabido expandirse plenamente en su amor, que liberó
las fuerzas de su amor y corazón con una admirable armonía
entre el Logos y el Eros.
Domingo sale al encuentro de los demás
Cuando la Iglesia ve que una región tan importante estaba escapándosele
de las manos, apela como remedio a la cruzada. La acción apostólica
de Domingo no surge del deseo de disciplinar o poner orden a aquellos
que estaban en la herejía; esa era la empresa de la cruzada.
Su predicación surge ante todo como tina expansión de
su amor. Amor por los que están en la herejía, con una
doctrina que los deshumaniza.
Su predicación es un acto de compasión: compasión
por los pecadores, compasión aprendió del Evangelio:
"en ningún libro aprendí tanta ciencia como
en el árbol de la cruz". De ese diálogo
permanente que tiene con Dios: "hablaba con Dios o de Dios".
Es semejante a la compasión de Cristo, que se puso al lado,
no arriba. Su compasión no es lástima. Es sentir con,
padecer con. Es hacer entrar al otro en el corazón, y nos dice
Jordán de Sajonia que "todos los hombres entraban en
la inmensidad de su corazón, y que amándolos a todos,
de todos era amado".
Nos sobran en la vida de Domingo ejemplos de esta compasión.
No voy a abundar en detalles pero resalto aquí su ternura,
ternura de madre, su afabilidad, que se ve, por ejemplo, en su paso
en la noche por el cuarto común de los frailes y abrigarlos.
Domingo sale al encuentro del otro. Domingo camina y se encuentra
con una realidad que lo conmueve. No se queda sólo en juzgarla
y condenarla, la compasión lo mueve a abrirse a ella y cambiaría.
Por eso se hace un predicador itinerante, se mete en medio de ellos.
Ve la realidad de la falta de predicación de la fe, la falta
de testimonio de la Iglesia. Es ante todo la realidad la que determina
los pasos de Domingo, No puede concebirse una iglesia en la que no
haya predicación. Una Iglesia sin predicación, es una
Iglesia sin convicción y que por eso busca el poder de las
armas, como los cruzados; es una iglesia que no tiene hijos sino esclavos,
sujetos por un rígido sistema de pertenencia: sólo
la verdad los hará libres (Jn 8, 32). Y Domingo quiere
una Iglesia de hombres libres, de hijos, transformados por conocer
el amor de Dios expresado en Jesús.
Seguramente, Domingo era conciente de los defectos que tenía
la Iglesia de su tiempo. Los mismos defectos que eran criticados por
los herejes. A Domingo (como a Catalina) lo impulsa otro principio:
no la juzga, la abraza; no se separa del pecador o de la Iglesia,
para decir yo soy mejor, ustedes están mal. Él la abraza,
la transforma desde dentro viviendo el ideal de la vida de los apóstoles.
La fuerza de la Palabra vs. la fuerza de las armas
Frente a la herejía, Domingo busca una solución original.
La cruzada busca la imposición, la obediencia a la norma (exageración
del Logos que quería reprimir la vida que los herejes manifestaban).
Domingo cree en otra fuerza, en la fuerza de la Palabra. Cree en el
hombre y en su sincera búsqueda de la verdad. Cree en la fuerza
de la Verdad, a la cual se dedica con todo su esfuerzo. Por eso no
le teme al diálogo y pasa sus días en disputas públicas,
en la conversación que tuvo con el posadero cátaro,
con quien pasó toda la noche hasta convertirlo. El Logos está
al servicio de la pasión por el otro.
Cuando los legados pontificios llegan con todo su boato para imponer
su verdad, Domingo y Diego les dicen que sí quieren convertir
a los herejes, se despojen de todo, y comiencen a caminar pobremente:
sólo cuando uno se despoja del poder comienza a confiar en
la verdad (y siempre el uso de la fuerza manifiesta la inseguridad
de la verdad).
Domingo hoy
¿Será actual la figura de Domingo? ¿Necesitará
el mundo de hoy, el hombre de hoy sentir que es acogido por Dios,
por su Iglesia, que es amado?
Son muchísimos los que hoy buscan ser oídos, atendidos
que alguien les salga al encuentro. Son muchos los que necesitan conocer
la verdad, porque quieren sentirse libres. La Iglesia, gracias a Dios,
ha realizado un camino de despojo de la espada temporal, de la connivencia
con el poder. La. Iglesia ya no convence por ser la Iglesia. Tenemos
la obligación como dominicos de "dar razón de
nuestra esperanza", y al mismo tiempo, mostrar la preocupación
por los más pobres y poco valiosos a los ojos del mundo, del
mercado, del sistema.
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