Orden de Predicadores - Provincia Argentina
ConventosHistoriaSanto DomingoCentros de EstudioFamilia Dominicana
Justicia y PazMisionesRosarioVocacionesJóvenesInstituciones Educativas


Santo Domingo: Ternura y Vigor

Introducción

Hace pocos días, tuve la oportunidad de reencontrarme con un libro dedicado a Nuestro Padre San Francisco, que me permitió encauzar esta reflexión. El título del libro de Leonardo Boff. "San Francisco de Asís, Ternura y vigor". No es que Domingo necesite de la figura de Francisco para ser explicitado, por ser éste más popular, y menos aún más santo. Pero es verdad que la contemporaneidad de ambos, y es más, la similitud de sus respuestas a los desafíos de su época, nos permiten trazar no sólo un paralelo, sino ver la complementariedad que estos hombres brindan a la Iglesia.

En la citada obra se pregunta el autor: ¿es San Francisco un modelo para nuestra época? Es ésta también la pregunta que quiero que nos formulemos: ¿es Domingo un modelo, un carisma, y un desafío para el mundo actual? Les adelanto la respuesta: SI. Más aún, frente a los cambios que nos presenta el mundo actual, vamos a preguntar a Domingo qué tiene que decirnos acerca de nuestro mundo actual, y su respuesta no tendrá nada de medieval, sino que será tremendamente actual.

Cambio de época

Decimos que estamos atravesando un cambio de época. Ningún terreno más adecuado para tratar sobre la figura de Domingo, en ninguna otra situación se encuentra él más cómodo y libre. Libre para buscar una respuesta nueva, no para repetir fórmulas viejas y seguras. Frente a estos cambios no vemos en Domingo al hombre temeroso que se repliega en si mismo, con miedo al diálogo, utilizando la fuerza o el poder para persuadir, sino la fineza de quien hace de las crisis un desafío, quien lleno de entusiasma recurre a las fuentes de evangelio y es capaz de hacer como el escriba hecho discípulo de Reino que "saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo" (Mt. 13,52).

¿En qué consiste este cambio de época? Es aquí donde me sirvo del análisis de Boff, sobre nuestra cultura. Podemos encontrar en el hombre dos fuerza que lo animan en su obrar. A una la llamamos el Logos, la razón; la otra es el Eros, el amor. Es propio del Logos, ver claro, ordenar y disciplinar. Compete a la razón dar forma y definir la dirección del Eros. El Eros es la pasión, el entusiasmo, el ardor, la vida que busca apasionadamente la vida, la alegría de ser, el movimiento que anima a la unión del sujeto con el objeto amado. Es la vida que surge con fuerza, el ansia por la expansión. La expresión suprema del Eros es el amor oblativo.

Debido a su carácter vulcánico, irruptivo, el Eros corre el riego de pervertirse y degenerar en lo orgiástico y en diversas formas de destrucción y despersonalización. En este contexto el Logos tiene una misión insustituible: darle conciencia del límite. Pero es importante ver el carácter relativo del Logos. En el principio está la vida, el Eros, que debe ser conducida, sin caer en el exceso de la represión y sojuzgamiento del Logos respecto del Eros.

El Eros y el Logos, no son dos fuerzas antagónicas, sino complementarias en el interior del hombre. Si el Eros es abandonado a sí mismo, surge la exhuberancia incontrolada de los sentimientos y las pasiones, el sentimentalismo, el desmadre de las emociones, el delirio de las pulsiones, el éxtasis orgiástico del placer. Si el Logos impone su dominio, aparece la rigidez, la inflexibilidad, la tiranía de la norma, el dominio del orden, el rigor de la disciplina. En el primer caso la planta de la vida se echa a perder por exceso de agua; en el segundo se agosta por exceso de aridez. En ambos casos la existencia se deshumaniza. ¿Qué ocurre cuando el Eros manifiesta con soberana el torrente de su entusiasmo, con la mediación constante de la fuerza disciplinadora del Logos? Surgen el ternura el vigor.

La ternura es el Eros compasivo, capaz de sentir y comulgar con el otro, que no se detiene en el gozo de su propio impulso, sino que descansa en el otro con cariño y amor. El vigor es la presencia del Logos dentro del Eros, al servicio de la manifestación de éste: la explicitación sin prepotencia, la ley sin legalismo.

Todos hemos oído que estamos pasando de la modernidad a la postmodernidad. De la modernidad como esa época donde el hombre ha buscado por medio de la razón, representada especialmente por la ciencia y la técnica, el dominio de todo lo real. Ciencia y técnica puestas muchas veces al servicio del poder, de la producción. El hombre no está con las cosas, sino sobre las cosas, sobre el mundo y la naturaleza, sobre los otros hombres, e incluso muchas veces sobre Dios. La realidad, no es vista como algo dado, regalado, por lo cual dar gracias; es un objeto de dominación.

Este dominio de la razón está cayendo. La postmodernidad nos presenta el cansancio y la frustración del hombre frente a este dominio. Surge con mayor fuerza y vigor, la búsqueda de un nuevo sentido de la vida, de un nuevo respeto por todas las culturas, y todos los hombres, un amor que se extiende a la naturaleza herida, y una nueva búsqueda de Dios, que es misterio.

En este marco quiero poner a la figura de Domingo. Debernos despejarnos y despojar a Domingo de todo ropaje de la modernidad con que a veces lo podemos ver, y con los cuales nosotros estamos acostumbrados a mirar las cosas y a otros personajes. En Domingo encontramos a alguien que ha sabido expandirse plenamente en su amor, que liberó las fuerzas de su amor y corazón con una admirable armonía entre el Logos y el Eros.

Domingo sale al encuentro de los demás

Cuando la Iglesia ve que una región tan importante estaba escapándosele de las manos, apela como remedio a la cruzada. La acción apostólica de Domingo no surge del deseo de disciplinar o poner orden a aquellos que estaban en la herejía; esa era la empresa de la cruzada. Su predicación surge ante todo como tina expansión de su amor. Amor por los que están en la herejía, con una doctrina que los deshumaniza.

Su predicación es un acto de compasión: compasión por los pecadores, compasión aprendió del Evangelio: "en ningún libro aprendí tanta ciencia como en el árbol de la cruz". De ese diálogo permanente que tiene con Dios: "hablaba con Dios o de Dios". Es semejante a la compasión de Cristo, que se puso al lado, no arriba. Su compasión no es lástima. Es sentir con, padecer con. Es hacer entrar al otro en el corazón, y nos dice Jordán de Sajonia que "todos los hombres entraban en la inmensidad de su corazón, y que amándolos a todos, de todos era amado".
Nos sobran en la vida de Domingo ejemplos de esta compasión. No voy a abundar en detalles pero resalto aquí su ternura, ternura de madre, su afabilidad, que se ve, por ejemplo, en su paso en la noche por el cuarto común de los frailes y abrigarlos.

Domingo sale al encuentro del otro. Domingo camina y se encuentra con una realidad que lo conmueve. No se queda sólo en juzgarla y condenarla, la compasión lo mueve a abrirse a ella y cambiaría. Por eso se hace un predicador itinerante, se mete en medio de ellos. Ve la realidad de la falta de predicación de la fe, la falta de testimonio de la Iglesia. Es ante todo la realidad la que determina los pasos de Domingo, No puede concebirse una iglesia en la que no haya predicación. Una Iglesia sin predicación, es una Iglesia sin convicción y que por eso busca el poder de las armas, como los cruzados; es una iglesia que no tiene hijos sino esclavos, sujetos por un rígido sistema de pertenencia: sólo la verdad los hará libres (Jn 8, 32). Y Domingo quiere una Iglesia de hombres libres, de hijos, transformados por conocer el amor de Dios expresado en Jesús.

Seguramente, Domingo era conciente de los defectos que tenía la Iglesia de su tiempo. Los mismos defectos que eran criticados por los herejes. A Domingo (como a Catalina) lo impulsa otro principio: no la juzga, la abraza; no se separa del pecador o de la Iglesia, para decir yo soy mejor, ustedes están mal. Él la abraza, la transforma desde dentro viviendo el ideal de la vida de los apóstoles.

La fuerza de la Palabra vs. la fuerza de las armas

Frente a la herejía, Domingo busca una solución original. La cruzada busca la imposición, la obediencia a la norma (exageración del Logos que quería reprimir la vida que los herejes manifestaban). Domingo cree en otra fuerza, en la fuerza de la Palabra. Cree en el hombre y en su sincera búsqueda de la verdad. Cree en la fuerza de la Verdad, a la cual se dedica con todo su esfuerzo. Por eso no le teme al diálogo y pasa sus días en disputas públicas, en la conversación que tuvo con el posadero cátaro, con quien pasó toda la noche hasta convertirlo. El Logos está al servicio de la pasión por el otro.

Cuando los legados pontificios llegan con todo su boato para imponer su verdad, Domingo y Diego les dicen que sí quieren convertir a los herejes, se despojen de todo, y comiencen a caminar pobremente: sólo cuando uno se despoja del poder comienza a confiar en la verdad (y siempre el uso de la fuerza manifiesta la inseguridad de la verdad).

Domingo hoy

¿Será actual la figura de Domingo? ¿Necesitará el mundo de hoy, el hombre de hoy sentir que es acogido por Dios, por su Iglesia, que es amado?

Son muchísimos los que hoy buscan ser oídos, atendidos que alguien les salga al encuentro. Son muchos los que necesitan conocer la verdad, porque quieren sentirse libres. La Iglesia, gracias a Dios, ha realizado un camino de despojo de la espada temporal, de la connivencia con el poder. La. Iglesia ya no convence por ser la Iglesia. Tenemos la obligación como dominicos de "dar razón de nuestra esperanza", y al mismo tiempo, mostrar la preocupación por los más pobres y poco valiosos a los ojos del mundo, del mercado, del sistema.

  volver

Volver a la página principal >>>
Volver a la página principal >>>
Contáctenos


Curia General
Informaciones Dominicanas Internacionales
CIDAL
Páginas Dominicanas Argentinas

Links Dominicanos

Orden de Predicadores - Provincia Argentina