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| Monjas Contemplativas: Quienes somos, como vivimos... |
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| Cada Orden religiosa tiene
sus características propias, que la definen como tal y que
revelan la intención del fundador. Las monjas de la Orden de
Predicadores expresamos una intuición de Santo Domingo de Guzmán,
en respuesta a la moción del Espíritu Santo y a lo que
a él le tocó vivir como hombre de Iglesia. |
| En el tiempo en que vivió nuestro Padre, las herejías
se propagaban -especialmente por el sur de Francia- y crecía
cada vez más el número de adeptos a las mismas. La formación
del clero era muy escasa, y la Iglesia pasaba por una grave crisis
que opacaba el testimonio de su santidad. La predicación del
mensaje evangélico estaba reservada sólo a los Obispos
y éstos tenían la obligación de celebrar la Santa
Misa sólo dos veces al año, por lo cual al Pueblo de
Dios le faltaba el pan de la Palabra y de la Eucaristía. El
mismo Papa ordenaba y promovía las cruzadas, para combatir
a los herejes, usando de la violencia, que el Evangelio no aprueba. |
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Impulsado por un verdadero amor a la Verdad -que es Cristo mismo-
y por una caridad solícita hacia sus semejantes, santo Domingo
fue un predicador de la gracia en medio de una región infectada
de herejes; celebraba diariamente la Eucaristía, hablaba con Dios durante la noche en sus intensas vigilias de oración,
y hablaba de Dios a los hombres.
Reunió a las mujeres convertidas de la herejía en el
monasterio de Santa María de Prulla-en el sur de Francia- quienes
se consagraron al Señor por medio de la oración y la
penitencia. Prulla se transformó, por obra del entonces llamado
fray Domingo, en un punto de partida para la predicación de
Jesucristo, imitando así a la Iglesia congregada en Jerusalén,
ya que las primeras monjas perseveraban en oración como María
Santísima junto a los Apóstoles. Este monasterio de
Prulla era un verdadero centro misionero, un lugar de oración,
estudio y trabajo y una fuente de indiscutible ejemplaridad.
Nuestra misión como monjas contemplativas, misión que
se continúa a través de los siglos desde aquellas primeras
hermanas instruidas por santo Domingo, consiste en buscar a Dios en
el silencio, pensar en Él e invocarlo, de tal manera que el
mensaje de la salvación que nuestros hermanos los frailes predican
también con la palabra, se extienda por todo el mundo y dé
frutos abundantes en aquellos a quienes ha sido enviada. Nosotras,
con nuestras fervientes plegarias, con nuestras vidas orantes, hablamos
a Dios de los hombres nuestros hermanos, elevamos el clamor de tantos
millones de personas que no saben o no pueden orar; y nuestras oraciones
tienen una fuerza propiciatoria y reparadora capaz de atraer las bendiciones
del Señor sobre la humanidad sufriente.
En la oración, hablamos a Dios de la humanidad pues, al igual
que nuestro Padre Sto Domingo, llevamos las miserias de todos los
hombres en el santuario íntimo de nuestra compasión.
A Dios no solamente le hablamos, sino que además- y esto es
aún más importante -ponemos nuestro mayor empeño
en escuchar lo que Él quiera decirnos. Por ello, la Palabra
de Dios tiene un lugar central en nuestras vidas, ya que hemos sido
llamadas por Dios Padre para permanecer a los pies de Jesús,
a ejemplo de María de Betania, escuchando sus palabras. Desde
el corazón de una Orden que tiene como divisa la Verdad, la
Verdad Encarnada, revelada, que es Jesucristo, nuestras Constituciones
nos invitan a escrutar la Escritura con corazón ardiente y
a aplicarnos al estudio de la misma.
Un estudio sapiencial (sabroso)
que tiene como fin la caridad: el que ama, desea conocer más
al Amado y, a su vez, el conocimiento de Dios que deslumbra, enciende
aún más en el fuego de la caridad ya existente. En la
espiritualidad dominicana no podemos separar lo afectivo de lo intelectual:
ambas dimensiones van unidas y se reclaman. Por la gracia del estudio
nuestra naturaleza es sanada, perfeccionada y elevada. Este estudio
que es contemplación de la Verdad se dilata en una búsqueda
amorosa de Dios durante toda nuestra vida. Todos los días dedicamos
un tiempo especial, no inferior a una hora, para el mismo. Es el estudio
un camino de ascesis mental, pero también un camino privilegiado
para alcanzar dones de iluminación en la inteligencia que,
ayudada por la gracia de Dios, mueve a la voluntad haciéndola
ascender y profundizar en los misterios de Dios continuamente.
Otro aspecto muy importante de nuestra vida y a la que santo Domingo
nuestro Padre le dedicaba gran parte de la jornada es la
liturgia, que es expresión comunitaria y celebrativa
de la fe que profesamos y de la que vivimos cada día. La liturgia
es para nosotras, monjas de la Orden de Predicadores, fuente de alimento
espiritual, por la que reavivamos nuestra fe en los misterios celebrados.
En la liturgia conmemoramos lo que amamos y nos alimentamos de lo
que vivimos. Para ello, cultivamos la música y el canto, además
de la bella ornamentación de las capillas y el coro, de modo
que todo contribuya al culto solemne que Dios merece que le tributemos.
A fin de mantener el constante recuerdo de Dios a lo largo del día
y de la noche, dentro de la jornada diaria, dedicamos un tiempo suficientemente
importante a la oración privada
o individual.
La Palabra de Dios escuchada, estudiada, meditada, orada y contemplada,
en la lectio divina, la expresamos
celebrándola solemnemente mediante la liturgia, cuyo centro
y culmen es la Eucaristía. es el don más grande que Jesucristo nos dejó antes de
dar su vida por nosotros, es Él mismo viviendo en su Iglesia.
Como lo indicábamos antes, en tiempos de Santo Domingo, la
Misa no se celebraba todos los días, pero él, llevado
por su intenso amor al Señor, no la omitía ni siquiera
cuando iba de viaje. Para nosotras hijas de santo Domingo, la Eucaristía
tiene un valor central no sólo en la disposición de
los sagrarios en las iglesias conventuales, capillas y los coros donde
celebramos la liturgia, sino porque es el memorial de la muerte y
resurrección del Señor, vínculo de caridad fraterna
y fuente principal de la eficacia apostólica de nuestras vidas
orantes.
Santo Domingo, en el proyecto de vida religiosa que intuyó
por inspiración divina, eligió el modo de vivir de los
Apóstoles y de la comunidad de la Iglesia primitiva, en la
cual se compartía la vida y los bienes. Adoptó la Regla
de San Agustín, en la que claramente se nos expresa que el
fin principal por el que estamos congregadas en comunidad es para
vivir unánimes en el Señor, teniendo una sola alma y
un solo corazón en Dios. Las monjas tendemos, por nuestra manera
de vivir, hacia la perfecta caridad para con Dios y para con el prójimo,
que es eficaz para procurar la salvación de todos. |
| La vida común es uno de
los elementos más perfeccionadores de nuestro carisma porque
nos ejercita en virtudes muy importantes, a saber: comprensión,
aceptación, diálogo, servicio, docilidad, el saber compartir
y trabajar en grupo, etc. Estas virtudes favorecen la pacificación
del alma, disponiéndola a la contemplación. Una monja
dominica bien lograda es una experta en humanidad, una mujer muy humana
y muy de Dios, que vive en una familia religiosa en seguimiento de
Jesucristo. Esta comunión, reflejo de la unidad que se da en
el seno de la Santísima Trinidad, hace crecer la caridad desde
el corazón de la Iglesia y así, con misteriosa fecundidad,
contribuimos a la extensión del Pueblo de Dios. |
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Otro elemento importante de nuestro carisma es la
devoción a la Virgen María. Para santo Domingo
más que una devoción, fue una gracia, un don que el
Cielo le reservó en cuanto fundador de una Orden, para mejor
cumplir su misión. Ella, María es la fundadora y la
patrona de nuestra Orden, que jugó un papel fundamental en
el desarrollo y difusión del Santo Rosario. El Rosario es el
Evangelio compendiado, la oración predilecta de la Virgen,
que las monjas rezamos en comunidad todos los días. Veneramos
en la Orden a María Santísima como Sede de la Sabiduría,
porque nadie como ella ha sabido penetrar los misterios divinos por
gracia especial del Espíritu Santo y por el espíritu
contemplativo del que estaba llena; por eso es modelo y maestra de
las contemplativas, ya que necesitamos del don de la sabiduría
para realizar nuestra vocación de monjas orantes dominicas.
En nuestra fórmula de profesión le prometemos también
obediencia a María Santísima. Durante toda la jornada
hacemos presente la mirada materna de María sobre nuestra comunidad,
así como también en las fiestas y tiempos litúrgicos
dedicados a nuestra Madre.
Otra de las notas características de nuestra Orden es el espíritu
eclesial: santo Domingo, como hombre de Iglesia, amaba al Cuerpo
Místico de Cristo, y fue muy obediente al Papa y a todos los
obispos. A sus hijos e hijas, Sto Domingo nos recomendó muy
especialmente este amor a la Iglesia. En efecto, en nuestra Orden
existió, desde sus comienzos, un profundo espíritu de
comunión y de obediencia al Magisterio de la Iglesia, procurando
hacer propias las preocupaciones de la Esposa de Cristo, como parte
integrante que somos de ella.
Siguiendo la tradición monástica de occidente, los monasterios
organizaban su vida en torno a la oración y al trabajo
manual, fuente de equilibrio, de realización humana
y de sustento. Por ello se efectúan trabajos que permitan rezar,
que no estorben la unión con Dios y la oración, que
ha de ser continua durante todo el día. En general las tareas
que se efectúan son artesanales y artísticas, también
intelectuales, según las necesidades de las comunidades y las
posibilidades económicas de los lugares en que las mismas están
inmersas.
El silencio, el recogimiento, la vida fraterna en comunidad, el espíritu
de penitencia y la austeridad, nos ayudan como buenos instrumentos
para vivir agradando a Dios y para interceder eficazmente por los
que luchan, sufren, aman, trabajan, esperan la consecución
de un mundo mejor.
Nuestra vida es eminentemente apostólica, evangelizadora. Sin
la oración que comunica fuerza, esperanza, alegría,
los mejores esfuerzos de los hombres y mujeres de buena voluntad languidecerían.
Cada cual tiene su vocación, que
Dios le da para mejor servirle a Él y a la sociedad. Ésta
ha sido una breve síntesis de nuestra vocación contemplativa
Dominicana, por la cual somos felices y bendecimos incesantemente
a quien, en su infinita misericordia, nos la concedió: Dios
Mismo. |
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