Catequesis del Papa Juan Pablo
II: Salmo 32
Un himno a la providencia de Dios
1. El salmo 32, dividido en 22 versículos, tantos cuantas
son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor
del universo y de la historia. Está impregnado de alegría
desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor
con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle
un cántico nuevo, acompañando los vítores con
bordones" (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (tern'ah)
va acompañada de música y es expresión de una
voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico
es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en
la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones
humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta
que se entonará el día de la salvación definitiva,
cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa.
San Basilio, considerando precisamente el cumplimiento final en Cristo,
explica así este pasaje: "Habitualmente se llama "nuevo"
a lo insólito o a lo que acaba de nacer. Si piensas en el modo
de la encarnación del Señor, admirable y superior a
cualquier imaginación, cantas necesariamente un cántico
nuevo e insólito. Y si repasas con la mente la regeneración
y la renovación de toda la humanidad, envejecida por el pecado,
y anuncias los misterios de la resurrección, también
entonces cantas un cántico nuevo e insólito" (Homilía
sobre el salmo 32, 2: PG 29, 327). En resumidas cuentas, según
san Basilio, la invitación del salmista, que dice: "Cantad
al Señor un cántico nuevo", para los creyentes
en Cristo significa: "Honrad a Dios, no según la costumbre
antigua de la "letra", sino según la novedad del
"espíritu". En efecto, quien no valora la Ley exteriormente,
sino que reconoce su "espíritu", canta un "cántico
nuevo"" (ib.).
2. El cuerpo central del himno está articulado en tres
partes, que forman una trilogía de alabanza. En la primera
(cf. vv. 6-9) se celebra la palabra creadora de Dios. La arquitectura
admirable del universo, semejante a un templo cósmico, no surgió
y ni se desarrolló a consecuencia de una lucha entre dioses,
como sugerían ciertas cosmogonías del antiguo Oriente
Próximo, sino sólo gracias a la eficacia de la palabra
divina. Precisamente como enseña la primera página del
Génesis: "Dijo Dios... Y así fue" (cf. Gn
1). En efecto, el salmista repite: "Porque él lo dijo,
y existió; él lo mandó, y surgió"
(Sal 32, 9).
El orante atribuye una importancia particular al control de las aguas
marinas, porque en la Biblia son el signo del caos y el mal. El mundo,
a pesar de sus límites, es conservado en el ser por el Creador,
que, como recuerda el libro de Job, ordena al mar detenerse en la
playa: "¡Llegarás hasta aquí, no más
allá; aquí se romperá el orgullo de tus olas!"
(Jb 38, 11).
3. El Señor es también el soberano de la historia
humana, como se afirma en la segunda parte del salmo 32, en los versículos
10-15. Con vigorosa antítesis se oponen los proyectos de las
potencias terrenas y el designio admirable que Dios está trazando
en la historia. Los programas humanos, cuando quieren ser alternativos,
introducen injusticia, mal y violencia, en contraposición con
el proyecto divino de justicia y salvación. Y, a pesar de sus
éxitos transitorios y aparentes, se reducen a simples maquinaciones,
condenadas a la disolución y al fracaso.
En el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintéticamente:
"Muchos proyectos hay en el corazón del hombre, pero sólo
el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21). De modo semejante, el
salmista nos recuerda que Dios, desde el cielo, su morada trascendente,
sigue todos los itinerarios de la humanidad, incluso los insensatos
y absurdos, e intuye todos los secretos del corazón humano.
"Dondequiera que vayas, hagas lo que hagas, tanto en las tinieblas
como a la luz del día, el ojo de Dios te mira", comenta
san Basilio (Homilía sobre el salmo 32, 8: PG 29, 343). Feliz
será el pueblo que, acogiendo la revelación divina,
siga sus indicaciones de vida, avanzando por sus senderos en el camino
de la historia. Al final sólo queda una cosa: "El plan
del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón,
de edad en edad" (Sal 32, 11).
4. La tercera y última parte del Salmo (vv. 16-22) vuelve
a tratar, desde dos perspectivas nuevas, el tema del señorío
único de Dios sobre la historia humana. Por una parte, invita
ante todo a los poderosos a no engañarse confiando en la fuerza
militar de los ejércitos y la caballería; por otra,
a los fieles, a menudo oprimidos, hambrientos y al borde de la muerte,
los exhorta a esperar en el Señor, que no permitirá
que caigan en el abismo de la destrucción. Así, se revela
la función también "catequística" de
este salmo. Se transforma en una llamada a la fe en un Dios que no
es indiferente a la arrogancia de los poderosos y se compadece de
la debilidad de la humanidad, elevándola y sosteniéndola
si tiene confianza, si se fía de él, y si eleva a él
su súplica y su alabanza.
"La humildad de los que sirven a Dios -explica también
san Basilio- muestra que esperan en su misericordia. En efecto, quien
no confía en sus grandes empresas, ni espera ser justificado
por sus obras, tiene como única esperanza de salvación
la misericordia de Dios" (Homilía sobre el salmo 32, 10:
PG 29, 347).
5. El Salmo concluye con una antífona que es también
el final del conocido himno Te Deum: "Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (v. 22). La gracia
divina y la esperanza humana se encuentran y se abrazan. Más
aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el valor del
vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como un
manto, nos envuelve, calienta y protege, ofreciéndonos serenidad
y proporcionando un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza.
Audiencia del Miércoles 8 de agosto de 2001 |