Catequesis del Papa Juan Pablo
II: Salmo 47
1. El Salmo que se acaba de proclamar es un canto en honor
de Sión, "la ciudad de nuestro Dios" (Salmo 47,3),
que entonces era sede del templo del Señor y lugar de su presencia
en medio de la humanidad. La fe cristiana lo aplica ahora a la "Jerusalén
de lo alto", que es "nuestra madre" (Gálatas
4, 26).
La tonalidad litúrgica de este himno, la evocación de
una procesión festiva (cf. versículos 13-14), la visión
pacífica de Jerusalén, que refleja la salvación
divina, hacen del Salmo 47 una oración para comenzar el día
y hacer de él un canto de alabanza, aunque haya nubes que oscurezcan
el horizonte.
Para comprender el sentido del Salmo, nos pueden servir de ayuda tres
aclamaciones que aparecen al inicio, en medio y al final, como ofreciéndonos
la clave espiritual de la composición e introduciéndonos
así en su clima interior. Estas son las tres invocaciones:
"Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad
de nuestro Dios" (v. 2); "Oh Dios, meditamos tu misericordia
en medio de tu templo" (v. 10); "Este es el Señor,
nuestro Dios. Él nos guiará por siempre jamás"
(v. 15).
2. Estas tres aclamaciones, que exaltan al Señor, así
como "la ciudad de nuestro Dios" (v. 2), enmarcan dos grandes
partes del Salmo. La primera es una gozosa celebración de la
ciudad santa, la Sión victoriosa contra los asaltos de los
enemigos, serena bajo el manto de la protección divina (cf.
versículos 3-8). Se ofrece una especie de letanía de
definiciones de esta ciudad: es una altura admirable que se yergue
como un faro de luz, una fuente de alegría para todos los pueblos
de la tierra, el único y auténtico "Olimpo"
en el que el cielo y la tierra se encuentran. Utilizando una expresión
del profeta Ezequiel es la ciudad del Emanuel, pues "Dios está
allí", presente en ella (cf. Ezequiel 48, 35). Pero en
torno a Jerusalén se están agolpando las tropas de un
asedio, casi un símbolo del mal que atenta contra el esplendor
de la ciudad. El enfrentamiento tiene un resultado obvio y casi inmediato.
3. Los potentes de la tierra, de hecho, asaltando la ciudad
santa, provocan al mismo tiempo a su Rey, el Señor. El salmista
muestra cómo se disuelve el orgullo de un ejército potente
con la imagen sugerente de los dolores de parto: "Allí
los agarró un temblor y dolores como de parto" (v. 7).
La arrogancia se transforma en fragilidad y debilidad, la potencia
en caída y fracaso.
Este mismo concepto es expresado con otra imagen: el ejército
atacante es comparado con una armada naval invencible sobre la que
sopla un terrible viento de Oriente (cf. v. 8). Queda, por tanto,
una certeza para quien está bajo la sombra de la protección
divina: no es el mal quien tiene la última palabra, sino el
bien; Dios triunfa sobre las potencias hostiles, incluso cuando parecen
grandiosas e invencibles.
4. Entonces, el fiel celebra precisamente en el templo su acción
de gracias a Dios liberador. Eleva un himno al amor misericordioso
del Señor, expresado con el término hebreo "hésed",
típico de la teología de la alianza. Llegamos así
a la segunda parte del Salmo (cf. versículos 10-14). Tras el
gran canto de alabanza al Dios fiel, justo y salvador (cf. versículos
10-12), tiene lugar una especie de procesión en torno al templo
y a la ciudad santa (cf. versículos 13-14). Se cuentan los
torreones, signo de la segura protección de Dios, se observan
las fortificaciones, expresión de la estabilidad ofrecida a
Sión por su Fundador. Los muros de Jerusalén hablan
y sus piedras recuerdan los hechos que deben ser transmitidos "a
la próxima generación" (v. 14) con la narración
que harán los padres a sus hijos (cf. Salmo 77,3-7). Sión
es el espacio de una cadena ininterrumpida de acciones salvadoras
del Señor, que son anunciadas en la catequesis y celebradas
en la liturgia, para que los creyentes mantengan la esperanza en la
intervención liberadora de Dios.
5. En el versículo conclusivo se presenta una de las
más elevadas definiciones del Señor como pastor de su
pueblo: "Él nos guiará" (v. 15). El Dios de
Sión es el Dios del Éxodo, de la libertad, de la cercanía
al pueblo esclavo de Egipto y peregrino en el desierto. Ahora que
Israel se ha instalado en la tierra prometida, sabe que el Señor
no le abandona: Jerusalén es el signo de su cercanía
y el templo es el lugar de su esperanza.
Al releer estas expresiones, el cristiano se eleva a la contemplación
de Cristo, nuevo y viviente templo de Dios (cf. Juan 2, 21), y se
dirige a la Jerusalén celeste, que ya no tiene necesidad de
un templo ni de una luz exterior, pues "el Señor, el Dios
Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario... la ilumina la gloria
de Dios, y su lámpara es el Cordero" (Apocalipsis 21,
22-23). San Agustín nos invita a hacer esta relectura "espiritual"
convencido de que en los libros de la Biblia "no hay nada que
afecte sólo a la ciudad terrena, pues todo lo que se dice de
ella simboliza algo que puede ser referido también por alegoría
a la Jerusalén celeste" ("Ciudad de Dios", XVII,
3, 2). Le hace eco san Paulino de Nola, que precisamente al comentar
las palabras de nuestro Salmo exhorta a rezar para que "podamos
ser piedras vivas en los muros de la Jerusalén celeste y libre"
(Carta 28, 2 a Severo). Y contemplando la firmeza y solidez de esta
ciudad, el mismo Padre de la Iglesia sigue diciendo: "De hecho,
quien habita esta ciudad se revela como el Uno en tres personas...
Cristo ha sido constituido no sólo su fundamento, sino también
su torreón y puerta... Por tanto, si se funda sobre él
la casa de nuestra alma y se eleva sobre él una construcción
digna de un fundamento tan grande, entonces la puerta de entrada en
su ciudad será para nosotros precisamente Aquel que nos guiará
en los siglos y nos colocará en el lugar de su grey".
Audiencia del Miércoles 17 de octubre 2001 |