Catequesis del Papa Juan Pablo
II: Salmo 50
Miserere (ten piedad)
1. Hemos escuchado el "Miserere", una de las oraciones
más célebres del Salterio, el Salmo penitencial más
intenso y repetido, el canto del pecado y del perdón, la meditación
más profunda sobre la culpa y su gracia. La Liturgia de las
Horas nos lo hace repetir en las Laudes de todos los viernes. Desde
hace siglos y siglos se eleva hacia el cielo desde muchos corazones
de fieles judíos y cristianos como un suspiro de arrepentimiento
y de esperanza dirigido a Dios misericordioso.
La tradición judía ha puesto el Salmo 50 en labios de
David, quien fue invitado a hacer penitencia por las palabras severas
del profeta Natán (cf. versículos 1-2; 2Samuel 11-12),
que le reprochaba el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato
de su marido Urías. El Salmo, sin embargo, se enriquece en
los siglos sucesivos con la oración de otros muchos pecadores
que recuperan los temas del "corazón nuevo" y del
"Espíritu" de Dios infundido en el hombre redimido,
según la enseñanza de los profetas Jeremías y
Ezequiel (cf. v. 12; Jeremías 31,31-34; Ezequiel 11,19; 36,
24-28).
2. El Salmo 50 presenta dos horizontes. Ante todo, aparece
la región tenebrosa del pecado (cf. versículos 3-11),
en la que se sitúa el hombre desde el inicio de su existencia:
"Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi
madre" (versículo 7). Si bien esta declaración
no puede ser asumida como una formulación explícita
de la doctrina del pecado original tal y como ha sido delineada por
la teología cristiana, no cabe duda de que es coherente: expresa
de hecho la dimensión profunda de la debilidad moral innata
en el hombre. El Salmo se presenta en esta primera parte como un análisis
ante Dios del pecado. Utiliza tres términos hebreos para definir
esta triste realidad que procede de la libertad humana mal utilizada.
3. El primer vocablo "hattá" significa literalmente
"no dar en el blanco": el pecado es una aberración
que nos aleja de Dios, meta fundamental de nuestras relaciones, y
por consiguiente también nos aleja del prójimo. El segundo
término hebreo es "awôn", que hace referencia
a la imagen de "torcer", "curvar". El pecado es,
por tanto, una desviación tortuosa del camino recto; es la
inversión, la distorsión, al deformación del
bien y del mal, en el sentido declarado por Isaías: "¡Ay,
los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz,
y luz por oscuridad" (Isaías 5, 20). Precisamente por
este motivo, en la Biblia la conversión es indicada como un
"regresar" (en hebreo "shûb") al camino
recto, haciendo una corrección de ruta.
La tercera palabra con la que el Salmista habla del pecado es "peshá".
Expresa la rebelión del súbdito contra su soberano,
y por tanto constituye un desafío abierto dirigido a Dios y
a su proyecto para la historia humana.
4. Si por el contrario el hombre confiesa su pecado, la justicia
salvífica de Dios se demuestra dispuesta a purificarlo radicalmente.
De este modo, se pasa a la segunda parte espiritual del Salmo, la
luminosa de la gracia (cf. versículos 12-19). A través
de la confesión de las culpas se abre de hecho para el orante
un horizonte de luz en el que Dios actúa. El Señor no
obra sólo negativamente, eliminando el pecado, sino que vuelve
a crear la humanidad pecadora a través de su Espíritu
vivificante: infunde en el hombre un "corazón" nuevo
y puro, es decir, una conciencia renovada, y le abre la posibilidad
de una fe límpida y de un culto agradable a Dios.
Orígenes habla en este sentido de una terapia divina, que el
Señor realiza a través de su palabra mediante la obra
sanadora de Cristo: "Al igual que Dios predispuso los remedios
para el cuerpo de las hierbas terapéuticas sabiamente mezcladas,
así también preparó para el alma medicinas con
las palabras infusas, esparciéndolas en las divinas Escrituras...
Dios dio también otra actividad médica de la que es
primer exponente el Salvador, quien dice de sí: "No tienen
necesidad de médico los sanos; sino los enfermos". Él
es el médico por excelencia capaz de curar toda debilidad,
toda enfermedad" ("Omelie sui Salmi" --"Homilías
sobre los Salmos"--, Florencia 1991, páginas 247-249).
5. La riqueza del Salmo 50 merecería una exégesis
detallada en todas sus partes. Es lo que haremos cuando vuelva a resonar
en las Laudes de los diferentes viernes. La mirada de conjunto, que
ahora hemos dirigido a esta gran súplica bíblica, nos
revela ya algunos componentes fundamentales de una espiritualidad
que debe reflejarse en la existencia cotidiana de los fieles. Ante
todo se da un sentido sumamente vivo del pecado, percibido como una
decisión libre, de connotaciones negativas a nivel moral y
teologal: "contra ti, contra ti sólo pequé, cometí
la maldad que aborreces" (versículo 6).
No menos vivo es el sentimiento de la posibilidad de conversión
que aparece después en el Salmo: el pecador, sinceramente arrepentido
(cf. versículo 5), se presenta en toda su miseria y desnudez
ante Dios, suplicándole que lo le rechace de su presencia (cf.
versículo 13).
Por último, en el "Miserere", se da una arraigada
convicción del perdón divino que "borra",
"lava", "limpia" al pecador (cf. versículos
3-4) y llega incluso a transformarlo en una nueva criatura de espíritu,
lengua, labios, corazón transfigurados (cf. versículos
14-19). "Aunque nuestros pecados fueran negros como la noche
--afirmaba santa Faustina Kowalska--, la misericordia divina es más
fuerte que nuestra miseria. Sólo hace falta una cosa: que el
pecador abra al menos un poco la puerta de su corazón... el
resto lo hará Dios... Todo comienza en tu misericordia y en
tu misericordia termina" (M. Winowska, "L'icona dell'Amore
misericordioso. Il messaggio di suor Faustina" --"Icono
del Amor misericordioso. El mensaje de sor Faustina"--, Roma
1981, p. 271).
Audiencia del Miércoles 24 de octubre 2001
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el segundo comentario del Papa Juan Pablo II sobre el salmo 50
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el tecer comentario del Papa Juan Pablo II sobre el salmo 50
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el cuarto comentario del Papa Juan Pablo II sobre el salmo 50
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