Catequesis del Papa Juan Pablo
II: Salmo 64
1. Nuestro viaje por los Salmos de la Liturgia de las Horas
nos lleva hoy a meditar en un himno que nos conquista sobre todo por
el fascinante paisaje primaveral de su última parte (cf. Salmo
64, 10-14), una escena llena de frescura y colores, compuesta por
voces de alegría.
En realidad, el Salmo 64 tiene una estructura más amplia, cruce
de dos tonos diferentes: emerge, ante todo, el histórico tema
del perdón de los pecados y de la acogida por Dios (cf. versículos
2-5); después hace referencia al tema cósmico de la
acción de Dios con los mares y los montes (cf. versículos
6-9a); desarrolla al final la descripción de la primavera (cf.
versículos 9b-14): en el desolado y árido panorama de
Oriente Próximo, la lluvia fecunda es la expresión de
la fidelidad del Señor a la creación (cf. Salmo 103,
13-16). Para la Biblia la creación es la sede de la humanidad
y el pecado es un atentado contra el orden y la perfección
del mundo. La conversión y el perdón vuelven a dar,
por tanto, integridad y armonía al cosmos.
2. En la primera parte del Salmo, nos encontramos dentro del
templo de Sión. Allí llega el pueblo con sus miserias
morales para invocar la liberación del mal (cf. Salmo 64, 2-4a).
Una vez obtenida la absolución de las culpas, los fieles se
sienten huéspedes de Dios, cercanos a él, dispuestos
a ser admitidos a su mesa y a participar en la fiesta de la intimidad
divina (cf. versículos 4b-5).
El Señor, que se ensalza en el templo, es representado después
con un perfil glorioso y cósmico. Se dice, de hecho, que es
la "esperanza del confín de la tierra y del océano
remoto"; afianza los montes con su fuerza... reprime el estruendo
del mar, el estruendo de las olas y el tumulto... Los habitantes del
extremo del orbe se sobrecogen ante sus signos, desde oriente hasta
occidente (versículos 6-9).
3. En esta celebración de Dios Creador, encontramos
un acontecimiento que querría subrayar: el Señor logra
dominar y acallar incluso el tumulto de las aguas del mar, que en
la Biblia son símbolo del caos, en oposición al orden
de la creación (cf. Job 38, 8-11). Es una manera de exaltar
la victoria divina no sólo sobre la nada, sino incluso sobre
el mal: por este motivo, el "estruendo del mar" y el "estruendo
de las olas" es asociado al "tumulto de los pueblos"
(cf. Salmo 64, 8), es decir, la rebelión de los soberbios.
San Agustín lo comenta de manera eficaz: "El mar es imagen
del mundo presente: amargo a causa de la sal, turbado por tempestades,
donde los hombres, con sus ambiciones perversas y desordenadas, parecen
peces que se devoran unos a otros. ¡Mirad este mar proceloso,
este mar amargo, cruel con sus olas! No nos comportemos así,
hermanos, pues el Señor es la "esperanza del confín
de la tierra"" ("Esposizione sui Salmi II", Roma
1990, p. 475).
La conclusión que nos sugiere el Salmo es sencilla: ese Dios,
que acaba con el caos y el mal del mundo y de la historia, puede vencer
y perdonar la malicia y el pecado que el orante lleva en su interior
y que presenta en el templo con la certeza de la purificación
divina.
4. En este momento, irrumpen en la escena otro tipo de aguas:
las de la vida y las de la fecundidad, que en primavera irrigan la
tierra y que representan la nueva vida del fiel perdonado. Los versículos
finales del Salmo (cf. Salmo 64, 10-14), como decía, son de
extraordinaria belleza y significado. Dios quita la sed a la tierra
agrietada por la aridez y el hielo invernal, con la lluvia. El Señor
es como un agricultor (cf. Juan 15, 1), que hace crecer el trigo y
las plantas con su trabajo. Prepara el terreno, riega los surcos,
iguala los terrones, rocía todas las partes de su campo.
El salmista utiliza diez verbos para describir esta amorosa obra del
Creador con la tierra, que se transforma en una especie de criatura
viviente. De hecho, todo aclama y canta de alegría (cf. Salmo
64, 14). En este sentido, son también sugerentes los tres verbos
ligados al símbolo de las vestiduras: "las colinas se
orlan de alegría; las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses" (versículos 13-14).
Es la imagen de un prado salpicado por el candor de las ovejas; las
colinas se ciñen con el cinturón de las viñas,
signo de la exultación de su producto, el vino, que "alegra
el corazón del hombre" (Salmo 103, 15); los valles se
visten con la capa dorada de las mieses. El versículo 12 evoca
también la corona, que podría hacer pensar en las guirnaldas
de los banquetes festivos, colocadas sobre la cabeza de los invitados
(cf. Isaías 28, 1.5).
5. Todas las criaturas juntas, como en procesión, se
dirigen hacia su Creador y Soberano, danzando y cantando, alabando
y rezando. Una vez más la naturaleza se convierte en un signo
elocuente de la acción divina; es una página abierta
a todos, dispuesta a manifestar el mensaje trazado en ella por el
Creador, pues "de la grandeza y hermosura de las criaturas se
llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sabiduría
13, 5; cf. Romanos 1, 20). Contemplación teológica y
abandono poético se funden en este pasaje poético, convirtiéndose
en adoración y alabanza.
Pero el encuentro más intenso, hacia el que tiende el Salmista
con todo su cántico, es el que une creación y redención.
Como la tierra resurge en primavera por la acción del Creador,
así el hombre resurge de su pecado por la acción del
Redentor. Creación e historia están, de este modo, bajo
la mirada providente y salvadora del Señor, que vence a las
aguas tumultuosas y destructoras y da el agua que purifica, fecunda
y quita la sed. El Señor, de hecho, "sana a los de roto
corazón, y venda sus heridas", pero también "cubre
de nubes los cielos, prepara lluvia a la tierra prepara, hace germinar
en los montes la hierba" (Salmo 146, 3.8).
El Salmo se convierte así en un canto a la gracia divina. San
Agustín vuelve a recordar, al comentar nuestro salmo, este
don trascendente y único: "El Señor Dios te dice
al corazón: yo soy tu riqueza. No hagas caso a lo que promete
el mundo, sino a lo que promete el Creador del mundo! Presta atención
a lo que Dios promete, si observas la justicia; y desprecia lo que
te promete el hombre para alejarte de la justicia. ¡No hagas
caso, por tanto, a lo que te promete el mundo! Considera más
bien aquello que promete el Creador del mundo ("Esposizione sui
Salmi II", Roma 1990, p. 481).
Audiencia del Miércoles 6 de marzo del 2002 |