Catequesis del Papa Juan Pablo
II: Salmo 80
1. "Tocad la trompeta por la luna nueva, por la luna llena,
que es nuestra fiesta" (Salmo 80, 4). Estas palabras del Salmo
80, que acabamos de proclamar, recuerdan una celebración litúrgica
según el calendario lunar del antiguo pueblo de Israel. Es
difícil definir con precisión la festividad a la que
se refiere el Salmo; lo cierto es que el calendario litúrgico
bíblico, si bien parte del ciclo de las estaciones, y por tanto
de la naturaleza, se presenta profundamente anclado en la historia
de la salvación, y en particular, en el acontecimiento capital
del éxodo de la esclavitud egipcia, ligado a la luna llena
del primer mes (Cf. Éxodo 12, 2.6; Levítico 23, 5).
Allí, de hecho, se reveló el Dios liberador y salvador.
Como dice poéticamente el versículo 7 de nuestro Salmo,
Dios mismo quitó de las espaldas del judío esclavo en
Egipto el cestaño lleno de ladrillos necesarios para la construcción
de las ciudades de Pitom y Ramsés (Cf. Éxodo 1, 11.14).
Dios mismo se había puesto del lado del pueblo oprimido y con
su potencia había quitado y cancelado el signo amargo de la
esclavitud, la cesta de los ladrillos cocidos al sol, expresión
de los trabajos forzados a los que habían sido obligados los
hijos de Israel.
2. Veamos ahora la manera en que se desarrolla este canto de
la liturgia de Israel. Comienza con una invitación a la fiesta,
al canto, a la música: es la convocación oficial de
la asamblea litúrgica según el antiguo precepto del
culto, establecido ya al salir de Egipto con la celebración
de la Pascua (Cf. Salmo 80, 2-6a). Después de este llamamiento,
se eleva la misma voz del Señor a través del oráculo
del sacerdote en el templo de Sión y sus palabras divinas conformarán
el resto del Salmo (Cf. versículos 6b-17).
El discurso es sencillo y gira en torno a dos polos. Por un lado,
aparece el don divino de la libertad, que se ofrece a Israel, oprimido
e infeliz: "Clamaste en la aflicción, y te libré"
(v. 8). Se hace referencia también al apoyo que el Señor
ofreció a Israel, cuando caminaba por el desierto, es decir,
el don del agua de Meribá, en un contexto de dificultad y de
prueba.
3. Por otro lado, junto al don divino, el salmista introduce
otro elemento significativo. La religión bíblica no
es un monólogo solitario de Dios, una acción inerte.
Es, más bien, un diálogo, una palabra seguida por una
respuesta, un gesto de amor que pide adhesión. Por eso se reserva
amplio espacio a las invitaciones dirigidas por Dios a Israel.
El Señor le invita, ante todo, a observar fielmente el primer
mandamiento, apoyo de todo el Decálogo, es decir, la fe en
el único Señor y Salvador, y el rechazo de los ídolos
(Cf. Éxodo 20, 3-5). El ritmo del discurso del sacerdote, en
nombre de Dios, está marcado por el verbo "escuchar",
muy querido por el libro del Deuteronomio, que expresa la adhesión
obediente a la Ley del Sinaí y es signo de la respuesta de
Israel al don de la libertad. De hecho, en nuestro Salmo se repite:
"Escucha, pueblo mío... ¡Ojalá me escuchases
Israel!... Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso
obedecer... ¡Ojalá me escuchase mi pueblo!..." (Salmo
80, 9.12.14).
El pueblo sólo puede recibir plenamente los dones del Señor
a través de la fidelidad a la escucha y a la obediencia. Por
desgracia, Dios tiene que constatar con amargura las numerosas infidelidades
de Israel. El camino en el desierto, al que alude el Salmo, está
lleno de estos actos de rebelión y de idolatría, que
alcanzan su culmen en la representación del becerro de oro
(Cf. Éxodo 32, 1-14).
4. La última parte del Salmo (Cf. Salmo 80, 14-17) tiene
un tono melancólico. Dios, de hecho, expresa un deseo que hasta
ahora no ha sido satisfecho: "¡Ojalá me escuchase
mi pueblo y caminase Israel por mi camino!" (versículo
14).
Esta melancolía, sin embargo, está inspirada en el amor
y ligada a un vivo deseo de colmar de bienes al pueblo elegido. Si
Israel caminara por los caminos del Señor, Él podría
darle inmediatamente la victoria sobre sus enemigos (Cf. v. 15), y
alimentarlo "con flor de harina" y saciarlo "con miel
silvestre" (versículo 17). Sería un banquete gozoso
de pan fresquísimo, acompañado por miel que parece manar
de las rocas de la tierra prometida, representando así la prosperidad
y el bienestar pleno, como con frecuencia se repite en la Biblia (Cf.
Deuteronomio 6, 3; 11, 9; 26, 9.15; 27, 3; 31, 20). Al ofrecer esta
perspectiva maravillosa, el Señor trata evidentemente de obtener
la conversión de su pueblo, una respuesta de amor sincero y
efectivo a su amor generoso.
En la relectura cristiana, la ofrenda divina revela su amplitud. Orígenes
nos ofrece esta interpretación: el Señor "les ha
hecho entrar en la tierra prometida, no les ha alimentado con el maná
del desierto, sino con el trigo caído en tierra (Cf. Juan 12,
24-25), que ha resucitado
Cristo es el trigo; es también
la roca que en el desierto ha saciado con agua la sed del pueblo de
Israel. En sentido espiritual, le ha saciado con miel y con agua para
que todos los que crean y reciban este alimento sientan miel en su
boca" (Homilía sobre el Salmo 80, n. 17: Orígenes-Jerónimo,
74 "Homilías sobre el Libro de los Salmos" --"Omelie
sul Libro dei Salmi"--, Milán 1993, pp. 204-205).
5. Como siempre sucede en la historia de la salvación,
la última palabra en el contraste entre Dios y el pueblo pecador
no es nunca el juicio y el castigo, sino el amor y el perdón.
Dios no desea juzgar y condenar, sino salvar y liberar a la humanidad
del mal. Sigue repitiéndonos las palabras que leemos en el
libro del profeta Ezequiel: " ¿Acaso me complazco yo en
la muerte del malvado y no más bien en que se convierta de
su conducta y viva?... ¿Por qué queréis morir,
casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien
fuere, palabra del Señor. Convertíos y viviréis"
(Ezequiel 18, 23.31-32).
La liturgia se convierte en el lugar privilegiado en el que se puede
escuchar el llamamiento divino a la conversión y a regresar
al abrazo de Dios "misericordioso y clemente, tardo a la cólera
y rico en amor y fidelidad" (Éxodo, 34, 6).
Audiencia del Miércoles 24 de abril del 2002 |