Catequesis del Papa Juan Pablo
II: Salmo 99
1. En el clima de alegría y de fiesta, que se prolonga
en esta última semana del tiempo navideño, queremos
retomar nuestra meditación sobre la Liturgia de los Laudes.
Nos detenemos hoy en el Salmo 99, recién proclamado, que constituye
una gozosa invitación a alabar al Señor, pastor de su
pueblo.
Siete imperativos salpican toda la composición y llevan a la
comunidad fiel a celebrar, en el culto, al Dios del amor y de la alianza:
"aclamad", "servid", "presentaos", "sabed",
"entrad por sus puertas", "dadle gracias" "bendecid".
Hace pensar en una procesión litúrgica que está
a punto de entrar en el templo de Sión para realizar un rito
en honor del Señor (Cf. Salmos 14; 23; 94).
En el Salmo se entrecruzan algunas palabras características
para exaltar el lazo de alianza que existe entre Dios e Israel. Aparece
ante todo la afirmación de una plena pertenencia a Dios: "somos
suyos, su pueblo" (Salmo 99, 3), afirmación llena de orgullo
y al mismo tiempo de humildad, pues Israel se presenta como "ovejas
de su rebaño" (ibídem). En otros textos, encontramos
expresiones de esta relación: "El Señor es nuestro
Dios" (Cf. Salmo 94, 7). Encontramos, después, expresiones
de la relación de amor, la "misericordia" y "fidelidad",
unidas a la "bondad" (Cf. Salmo 99, 5), que en el original
hebreo se formulan precisamente con los términos típicos
del pacto que une a Israel con su Dios.
2. Pasa revista también a las coordenadas del espacio
y del tiempo. Por un lado, se presenta ante nosotros toda la tierra,
involucrada con sus habitantes en la alabanza a Dios (Cf. v. 2); después
el horizonte se reduce al área sagrada del templo de Jerusalén
con sus atrios y sus puertas (Cf. v. 4), donde se recoge la comunidad
en oración. Por otro lado, se hace referencia al tiempo en
sus tres dimensiones fundamentales: el pasado de la creación
("Él nos hizo", v. 3), el presente de la alianza
y del culto ("somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño",
ibídem) y, por último, el futuro en el que la fidelidad
misericordiosa del Señor se extiende "por todas las edades",
haciéndose "eterna" (v. 5).
3. Detengámonos ahora brevemente en los siete imperativos
que constituyen la larga invitación a alabar a Dios y que abarcan
casi todo el Salmo (Cf. versículos 2-4) antes de encontrar,
en el último versículo, su motivación en la exaltación
de Dios, contemplado en su identidad íntima y profunda.
El primer llamamiento consiste en la aclamación festiva que
involucra a toda la tierra en el canto de alabanza al Creador. Cuando
rezamos, tenemos que sentirnos en sintonía con todos los que
rezan, quienes en idiomas y formas diferentes, exaltan al único
Señor.
"Pues --como dice el profeta Malaquías-- desde el sol
levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones,
y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y
una oblación pura. Pues grande es mi Nombre entre las naciones,
dice el Señor de los Ejércitos" (1,11).
4. Vienen después unos llamamientos de carácter
litúrgico y ritual: "servir", "presentarse"
y "cruzar las puertas" del templo. Son verbos que, aludiendo
también a las audiencias reales, describen los diferentes gestos
que los fieles realizan cuando entran en el santuario de Sión
para participar en la oración comunitaria. Después del
canto cósmico, celebra la liturgia el pueblo de Dios, "ovejas
de su rebaño", su "propiedad personal entre todos
los pueblos" (Éxodo 19, 5).
La invitación a "entrar por sus puertas con acción
de gracias" y "con himnos" nos recuerda un pasaje de
"Los misterios" de san Ambrosio, donde se describen a los
bautizados acercándose al altar: "El pueblo purificado
se acerca a los altares de Cristo diciendo: "Llegaré al
altar de Dios, al Dios de mi alegría" (Salmo 42, 4). Desprendido
de los restos del error inveterado, el pueblo renovado en su juventud
como un águila se dispone a participar en este convite celeste.
Llega y al ver el altar sacrosanto convenientemente preparado, exclama:
"El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca
hierba me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce" (Salmo
22, 1-2)" ("Obras dogmáticas" --"Opere
dogmatiche"-- III, SAEMO 17, páginas 158-159).
5. Los demás imperativos, que salpican el Salmo, vuelven
a presentar actitudes religiosas fundamentales de quien ora: "saber",
"alabar", "bendecir". El verbo "saber"
expresa el contenido de la profesión de fe en el único
Dios. De hecho, tenemos que proclamar que sólo "el Señor
es Dios" (Salmo 99, 3), combatiendo toda idolatría y toda
soberbia y potencia humana contrapuesta.
El objetivo de los demás verbos, es decir, "alabar"
y "bendecir" es también "el nombre" del
Señor (Cf. v. 4), es decir, su persona, su presencia eficaz
y salvadora.
Desde esta perspectiva el Salmo concluye con una solemne exaltación
de Dios, una especie de profesión de fe: el Señor es
bueno y su fidelidad no nos abandona nunca, pues siempre está
dispuesto a apoyarnos con su amor misericordioso. Con esta confianza,
el que ora se abandona en el abrazo de su Dios: "Gustad y ved
qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se cobija
en él", dice el Salmista en otro lugar (Salmo 33,9; Cf.
1 Pedro 2, 3).
Audiencia del Miércoles 8 de enero 2003 |