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La Palabra de Dios en la Celebración de la Misa
Por Fray Héctor Muñoz OP

Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha insistido ¡y con razón! en el valor de la Palabra celebrada en esa verdadera "mesa" que se nos ofrece en la celebración de la Eucaristía.
Sabemos que la "liturgia de la Palabra" está constituida por los textos bíblicos, la homilía, la profesión del Credo y, finalmente, por la oración universal. Dichas lecturas, con el Salmo responsorial que sigue a la primera y el Aleluya y sus versículos que preceden al Evangelio, son alimento para nuestra fe. Su ausencia provocaría el debilitamiento de nuestra estructura cristiana y, eventualmente, su muerte, dado que la fe viene por la audición de la Palabra de Dios y nuestro asentimiento a la misma.

Las lecturas bíblicas
Cada vez que los domingos finalizan la primera y segunda, aclamamos a la voz de Dios diciendo: ¡Palabra de Dios! No es la palabra del más sabio de los hombres ni del más virtuoso de los santos, sino de Dios. De aquí le viene su valor y la reverencia que le tenemos. Así debe ser escuchada, como si Dios en persona estuviera frente a nosotros y nos hablara como Él habla: a la inteligencia y al corazón. Este es el motivo por el que no deben ni suprimirse ni cambiarlas por otras, por más bellas que sean. En la Palabra, el Dios que habla se nos revela tal cual Él es…

La "Ordenación de las lecturas de la Misa" (nn. 11-23) trata este tema. Será bueno remitirse al texto (Al respecto, me permito recomendarles la edición que el CPL de Barcelona hizo del mismo, con comentarios del P. José Aldazábal, DOSSIERS CPL 37.)

Siempre digo -y espero no aparecer machacón…- que en la Liturgia importa no sólo el qué, sino también el cómo.
¿De qué valdría reconocer, como lo reconocemos de modo insistente, el valor de la Palabra de Dios si después, la celebramos mal? ¿De qué valdría un buen lector con un mal micrófono? Y, peor aún, un mal lector con un buen sistema de audio. O si queremos que sea "más peor", un mal lector con un mal micrófono…
Las cosas buenas reclaman medios buenos para hacerlas sensibles a nuestra inteligencia y para que lleguen al corazón. Siempre me he preguntado cómo saldría el Hamlet de Shakespeare, interpretado por "el gordo Porcel" ¡Sería insoportable, porque no es precisamente su género…! O la Tercera Sinfonía de Beethoven interpretada por la Banda Municipal de Tartagal… La respuesta es más que obvia.
Existe un ministerio instituido: el del lector. Habrá hombres y mujeres que, sin ser instituidos, proclamen las lecturas en la misa. Por lo tanto, habrá que tener sumo cuidado en formarlos debidamente, dada la importancia que tiene leer bien (CF OLM 14). La voz debe ser fuerte y clara. El texto debe ser previamente preparado de modo que el lector adquiera familiaridad con el mismo. Para realzar a las lecturas y, de modo especial, al Evangelio, se da la posibilidad de cantar sus textos. Esto requerirá todavía más, un aprendizaje singular, técnicas de canto y, evidentemente, no ser un desorejado… ¡Pero es posible hacerlo y si lo es… hagámoslo!

El ambón es el altar de la Palabra, como el altar lo es de la Eucaristía, por lo que de modo habitual deben ser proclamadas desde ese lugar (Cf. OLM 16.)

Hay ciertos ritos que acompañan a la celebración de la Palabra, de modo especial, al texto del Evangelio. No hay duda de que éste recibe (porque lo merece…) un trato preferencial: no es la palabra de tal o cual profeta o de uno de los apóstoles, sino la de Nuestro Señor Jesucristo. Si hay un Evangeliario, éste estará sobre el altar y el diácono o el sacerdote lo tomará de allí, llevándolo al ambón. Podrá ser precedido por los acólitos con sus ciriales: las luces serán testigos de la Luz… También está recomendado incensar dicho libro, como signo de veneración. En las otras lecturas, aunque son "Palabra de Dios", los fieles están sentados. Ahora se pondrán de pie. Los otros textos bíblicos comienzan por su título. El Evangelio es precedido por un saludo a los fieles. Si un diácono lo proclama, pide previamente la bendición al Presidente. Si lo hace un presbítero, se inclina profundamente frente al altar y pronuncia en secreto una oración, pidiendo al Señor que purifique su corazón para poder proclamar el evangelio de la paz. Al anunciar el título, hace la señal de la cruz sobre su frente, labios y pecho. Las palabras finales no serán "Palabra de Dios", sino "Palabra del Señor". Finalmente, besará el libro.
Toda esta trama se da no para otra cosa sino para otorgar relieve a algo que tiene particular jerarquía.

El salmo responsorial
No es un canto más: es también Palabra de Dios (Cf. OGMR 61; OLM19-22.) Por eso no puede ser reemplazado por otro canto. Si por un motivo válido no se pudiera cantar el salmo indicado, se lo hará con otro salmo del mismo género. Es la respuesta que hacemos a lo que nos ha dicho el profeta o el apóstol.
Es ideal que lo proclame un Salmista, distinto de quien leyó la primera lectura. Si no hay posibilidad de que éste cante las estrofas del salmo, intentar cantar la antífona. Para facilitar esto, los Leccionarios de Argentina tienen, para cada salmo responsorial, la antífona musicada. Cae de su peso que habrá que estudiarla y ensayarla…
El Salterio es una gran escuela de vida. Allí se vuelcan las penas y las alegrías de los hombres, sus problemas e inquietudes y, evidentemente, la amistad con Dios o nuestra lejanía de él. El canto del salmo responsorial ayudará a prolongar, de modo contemplativo, lo proclamado en la lectura que lo precede.
El Padre Aldazábal, en el comentario que hace a la OLM (que cité líneas más arriba…), nos da pistas muy sugerentes, en este punto y en el resto del Documento comentado. Lo recomiendo vivamente…
En caso de no cantarse, habrá que leerlo pausadamente, con un ritmo cadencioso y sereno que permita asimilar su enseñanza.

El modo más apto será:
que lo cante el Salmista
que los fieles intercalen la antífona al final de cada estrofa

La aclamación antes de la proclamación del Evangelio
Habitualmente, la procesión al ambón para el anuncio de la Palabra de Cristo, será acompañada por el canto del Aleluya. Estas alabanzas y el versículo antes del Evangelio (casi siempre un versículo del mismo…) tienen por sí mismo el valor de rito o de acto (Cf OGMR 62; OLM 23). Recibimos al Señor alabando a Dios, de pie y con alegría: deben cantarse… Se suprimen los Aleluias en el Tiempo de Cuaresma.

Estos datos que nos ofrece el Magisterio litúrgico de la Iglesia, nos ayudan a entender el "por qué" de la Palabra de Dios en los ritos sacramentales y la luz que ella arroja sobre éstos. La Palabra de Dios (y también la de la Iglesia), es luz que nos permite comprender en plenitud los gestos de Cristo y de su Pueblo.

Un abrazo, aun en la Liturgia, será sólo un gesto humano de afecto. Pero la palabra que lo acompaña ("Que la paz del Señor esté contigo"), le da un sentido singularísimo que escapa a todo significado de los gestos humanos.

Creo cada vez más necesario, ahondar en el lenguaje simbólico de la Liturgia. En la Liturgia de la Palabra, los "símbolos" que acompañan "a las palabras" (luces, incienso, beso, posturas del cuerpo, cantos…) realzarán la riqueza de la Palabra de Jesús, Palabra que enseña, Palabra que ilumina, Palabra que salva…

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