Misterios de Gozo
Dios cuando pensó en crear al ser humano fue solo para que
pudiera gozar en parte de la dicha que Dios tiene en sí mismo.
Lo creo libre y feliz, pero engañado por el Astuto enemigo,
que envidia la felicidad de los demás, el ser humano cayó
en profunda desgracia, pensando en ser libre y feliz lejos de su creador.
Pero Dios, en su bondad sin límites, se compadeció de
nuevo de su creatura humana, y pensó salvarlo de la catástrofe
del mejor modo posible; y, para que no pudiera ser más vencido,
pensó en hacerse él mismo una creatura humana. Tanta
generosidad era impensable para el hombre, pero Dios es amor y pensó
en lo máximo: hacerse él mismo un ser humano como nosotros.
Para esto se encarnó en el seno de María santísima,
nació de ella y se dejó encontrar en el Templo de su
Padre.
Misterios de la Luz
Cuando el Hijo de Dios se hizo grande y adulto, no sólo debía
saber María y José que él era el Hijo de Dios,
sino todo el mundo. Debía manifestarse como la verdadera luz
a todos los hombres de la tierra y por eso es que fue reconocido por
su mismo Padre Dios en el Bautismo en el río Jordán.
Todos fueron testigos de que el Padre único de los Cielos lo
reconocía como su Hijo y nos decía que Jesús
era su predilecto y que a él debíamos escuchar. En las
Bodas de Caná, cambió el agua en vino, para manifestar
por María a sus discípulos, que él era el Mesías
esperado de Israel y que se iniciaba la definitiva y nueva alianza.
Con esos discípulos formó su nuevo Reino, convocando
por la predicación a todos a formar parte de éste su
nuevo Pueblo. La luz por excelencia brilló en la Transfiguración
donde estableció las columnas de su Iglesia, en Pedro, Santiago
y Juan. Finalmente, instituyendo la Eucaristía se quedó
en su Iglesia como sacerdote, altar y víctima, para ser comido
por todos los que formaran parte de ella y hasta el fin de los tiempos.
Misterios de Dolor
El rescate que debía pagar por nosotros, los pecadores, era
muy elevado, incalculable. Sólo el precio de su sangre bendita
derramada por todo el género humano, era capaz de rescatar
tamaña deuda del pecado de la humanidad, y no vaciló
en entregarse a la más afrentosa pasión, crucifixión
y muerte. La más injusta condena de toda la historia humana,
fue causa de la mayor justicia reparadora; y, el mayor acto de odio
de parte de los demonios y de los malvados, se convirtió en
el mayor acto de amor y generosidad de Dios por sus creaturas. Muriendo
mató la muerte y conquistó la entrada en los cielos
nuevos y eternos, morada perpetua de la paz y la justicia para todos
los creyentes en Cristo crucificado.
Misterios de Gloria
La resurrección de Cristo de entre los muertos fue el inicio
del mundo nuevo y definitivo, donde no habrá más separación,
guerra, iniquidad, egoísmo ni ningún tipo de opresión
o angustia. Lo que el hombre quiso hacer al alejarse de Dios al comienzo:
encontrar una libertad plena y un gozo sin fin, ahora lo conquistó
Jesús para todos los que aceptaran su mediación salvadora.
Subiendo a los cielos nuevos y a la tierra nueva, envió sobre
su Iglesia el Espíritu Santo, vida y soplo viviente para todos
los creyentes. Muerte, pecado, frustración y fracaso, serían
de ahora en adelante constantemente vencidos por el Espíritu
divino, que estaba vivo y operante en toda circunstancia en su Iglesia
y en su reino de paz y amor. María, llevada en cuerpo y alma
a los cielos, y coronada como reina y señora de toda la creación,
inauguraba un mundo nuevo de comunión entre el cielo y la tierra
que ya solamente camina a su definitiva consolidación. El reinado
universal de María, junto a su esposo José, en la "Casa"
de su Hijo, es la garantía del seguro éxito final de
la humanidad y de cada uno de nosotros.
Fray Diego José
Correa, OP
Promotor del Rosario |
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