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Carta de Fr Vincent de Couesnongle,
O.P.
Carta del 31 de mayo de 1976, sobre el Apostolado del
Rosario |
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Sabemos
el puesto importante que el Rosario tiene en el apostolado y en la
vida de oración de la Orden. El Congreso Internacional de los
hermanos consagrados a este ministerio, celebrado en Roma, en mayo
de 1976, me ofrece la oportunidad de examinar con nuevos ojos esta
realidad evangélica y mariana de nuestra tradición.
Sin embargo, es un deber para mí el subrayar el éxito
de este encuentro de casi 90 religiosos (además de algunas
religiosas), venidos de todos los rincones del mundo: Europa, ciertamente,
mas también del Ecuador, de Filipinas, del Zaire... He quedado
impresionado por la calidad de este encuentro, por la alegría
que reinaba entre los congresistas y por su fervor en la celebración
de la liturgia y en el rezo del Rosario.
Partiendo de situaciones reales, los congresistas han informado sobre
el estado actual del apostolado del Rosario en su región, con
una objetividad en la que no faltó ni el coraje ni el humor.
Así se ha podido apreciar la diversidad de ambientes culturales,
de situaciones pastorales, y la diversa sensibilidad de los religiosos
mismos: unos más preocupados por la fidelidad a la tradición,
otros más inclinados a buscar nuevas formas. Una tal diversidad
es normal; una tal confrontación es sana y útil, cuando
se hace - y tal ha sido el caso presente - dentro de una mutua confianza.
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1. Fundamento
doctrinal
Algunas veces se reprocha a la devoción mariana el ser más
fervorosa que lúcida. Por lo cual, conscientes de predicar
el Evangelio cuando predican el Rosario, los hermanos han querido
confrontar su manera de actuar con la fe de la Iglesia, especialmente
en lo que se refiere a la Madre de Jesús: "La verdadera
devoción procede de la verdadera fe".
Los congresistas han dedicado pues, toda una jornada a estudiar la
exhortación "Marialis Cultus" (marzo 1974) que sitúa
el Rosario en el contexto de una piedad mariana renovada a la luz
del Vaticano II. En él María es contemplada en el misterio
de Cristo y de la Iglesia (LG, c. VIII).
Se ha subrayado, no sin razón, que en pocos años, hemos
pasado de un Rosario esencialmente mariano a un Rosario más
netamente cristológico, centrado en la Encarnación y
en el misterio pascual, en el que María tiene su puesto como
esclava del Señor, modelo para los creyentes y Madre espiritual
de los discípulos.
No dejamos de subrayar esta orientación que pone de relieve
toda la riqueza doctrinal del Rosario. Esta debe ser, en forma simple
pero auténtica, una presentación orgánica del
contenido del misterio de la salvación. ¿No es el esquema
de la predicación primitiva? ¿No descubrimos en él,
la senda de una predicación realmente popular? El Rosario puede
servir de marco a una verdadera catequesis y aún, en ciertos
casos, a una primera evangeli zacién, carpo lo atestiguan ciertas
experiencias. Por otra parte, no se puede por menos de advertir la
insis tencia que hace la "Marialis Cultus" sobre "la
misteriosa relación entre el Espíritu Santo y la Virgen
de Nazaret y su acción en la Iglesia". Los congresistas
del Rosario tuvieron muy en cuenta este aspecto del misterio cristiano
y las resonancias muy actuales de una renovación en el Espíritu.
Lejos de aparecer desfasado o caducado, el Rosario se encuentra, por
el contrario, muy en su puesto dentro de este contexto. Los religiosos
que asiduamente lo predican están más y más convencidos
de ello. Los que no lo hacen ¿no será por prejuicios
infundados sobre el mismo?

2. Base bíblica
La renovación de la piedad mariana y del apostodado del Rosario
va estrechamente unida a la renovación bíblica. Se ha
intentado incluso oponerlas... ¿Pero hará falta recordar,
por ejemplo, la piedad mariana de un P. Lagrange? Después del
Vaticano II, comprendemos mejor la profunda teología de Lucas
y de Juan referente a María, Madre de Jesús, Hija de
Sión, Esclava del Señor, Morada de la Gloria de Dios,
la Mujer "Madre de todos los vivientes".
Me es grato constatar que, en todas las partes del mundo, el Rosario
es presentado cada vez más como una oración auténticamente
evangélica, e incluso como una iniciación de los fieles
hacia una meditación de la Escritura que sea oración
y fe en ella. ¿No es acaso ésta su naturaleza? Es evidente
que ello exige de los predicadores del Rosario no sólo una
humilde y ferviente piedad mariana, sino también una seria
cultura bíblica constantemente renovada.

3. En el mundo actual
Como toda predicación evangélica, el apostolado del
Rosario debe dirigirse al mundo de hoy..., un mundo que ha cambiado
mucho en su forma de vivir y de pensar. Una de las Comisiones del
Congreso ha reflexionado sobre "el Rosario y la vida cristiana
en el mundo de hoy", y otra sobre "el Rosario y las perspectivas
pastorales".
Nos debemos preguntar sinceramente: El Rosario, tal como nosotros
lo predicamos, ¿no corre a veces el riesgo de convertirse en
una huída, en un refugio, en una "fosilización"?
¿No corre el riesgo de entrenarnos en una espiritualidad desencarnada,
lejos de lo que constituye la vida real, las esperanzas, los gritos,
las luchas de los hombres de hoy? ¿Estamos atentos a las aspiraciones
de los hombres hacia una mayor responsabilidad de participación
fraternal, de libertad espiritual? ¿Sabemos animar suficientemente
a los cristianos a trabajar por una plena liberación de sus
hermanos? Todos estos problemas y otros de este género fueron
abordados. La lectura del dossier y de las conclusiones del Congreso
demuestran con cuanta lucidez fueron tratados.

4. Una escuela de vida cristiana
Por último, el Rosario es apto para constituir una pedagogía
de la vida de fe, una escuela de vida cristiana y de oración.
En una época en la que poco a poco se redescubren los méritos
de la piedad y de la religión populares, el Rosario aparece
como un precioso instrumento. De una parte, a través de la
meditación de los "misterios" de la vida de Jesús
y de María, él mete sus raíces en el corazón
mismo del misterio de Dios. Por otra parte, gracias a la sencillez
de su método, el Rosario habla directamente al corazón
de las personas sencillas y sin complicaciones. El constituye también,
en verdad, un motivo de fe y una adhesión a la fuente.
Esto explica el por qué, según lo han demostrado conmovedoras
experiencias, los pueblos cristianos, privados de los ordinarios sacramentos,
aislados en sus contornos, sin obispos y sin sacerdotes, se han mantenido
firmes en la fe gracias al Rosario.
El carácter sencillo y directo del Rosario hace que pueda servir
de marco para una catequesis de la fe para muchos bautizados que no
la han recibido, y para muchos bautizados no practicantes. El notable
desarrollo de los Equipos del Rosario y de las otras modernas agrupaciones
pone bien de relieve su valor catequético.
Como escuela de vida abierta a las almas más simples, el Rosario,
lejos de detenerlas en los rudimentos, las introduce progresivamente
por los caminos de la meditación, de la oración y de
la intimidad con el Señor. Las enseña a orar más
allá de las palabras. Es una escuela de vida contemplativa.
Además, si el Papa Pablo VI, recuerda en la "Marialis
Cultus" los elementos del Rosario tal como fueron definidos por
San Pío V -cita que permanece indispensable-, exhorta también
a una "celebración del Rosario" inspirada en el esquema
de las celebraciones de la Palabra de Dios. Los esfuerzos de búsqueda
y de creatividad en este campo han de alentarse. Durante estos días
y en el Congreso se han hecho experiencias a este propósito.

5. Conclusión
Una tradición firmemente establecida, no solamente en la Orden
sino también en toda la Iglesia, nos considera los herederos
de la misión confiada por María a nuestro P. Domingo:
"Ve y predica mi Rosario".
Es una herencia de la que podemos estar orgullosos y de la que debemos
ser los primeros beneficiarios en nuestra vida, en nuestra oración.
¿Cuántos dominicos podrían atestiguar que el
rezo y la contemplación del Rosario han sido para ellos una
verdadera "escuela de oración" en los primeros años
de su vida religiosa; la única tal vez? ¿Sucede hoy
así en la Orden? ¿No haría falta que nuestros
jóvenes, y aquellos que están encargados de su formación,
"osasen" de nuevo reemprender este camino?
El Rosario es también una herencia de la que tenemos que mostrarnos
dignos. Nuestra misión de predicadores la ejercemos según
muy diversas formas. Desde la enseñanza en las más brillantes
cátedras universitarias, la investigación exegética,
teológica y filosófica más sabia, hasta las misiones
populares y las catequesis más elementales -pasando por el
servicio cotidiano del pan de la Palabra y la meditación constante
de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos-: es la misma Palabra
de Dios que nosotros proclamamos, es la misma misión profética
la que nosotros ejercemos.
Nuestro P. Domingo no podía ver tres personas juntas sin que
enseguida pensase que era un auditorio suficiente para su palabra
apostólica. Predicar el Rosario, explicar el Rosario, hacer
rezar el Rosario, ¿no es un poco la misma cosa?
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