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| Conferencia de Fr. Timothy Radcliffe,
en la 90ª Peregrinación del Rosario |
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Cuando
se me pidió hablar del Rosario, debo confesar que tuve un momento
de pánico. Nunca he leído nada sobre el Rosario, no
he reflexionado sobre él en mi vida. Estoy seguro que la mayoría
de vosotros tiene ideas más profundas sobre el Rosario de las
que tengo yo. Para mí el Rosario es justamente algo que realizo
sin pensar en ello, como el respirar. Respirar es muy importante para
mí. Estoy respirando todo el tiempo, siempre, pero nunca he
dado una conferencia sobre la respiración. Rezar el Rosario,
como el respirar, es muy sencillo. ¿Qué se puede decir
de ello?
La sencillez
Puede parecer curioso que una oración tan sencilla como el
Rosario se asocie particularmente con los dominicos. Raramente se
piensa en los dominicos como personas sencillas. Tenemos fama de escribir
obras extensas y complejas de Teología. Sin embargo se nos
pide mantener el Rosario. Es nuestra "santa herencia". Hay
una larga tradición iconográfica de Nuestra Señora
dando el Rosario a Santo Domingo. En un cierto momento otras Órdenes
religiosas, celosas, se pusieron a encargar cuadros de Nuestra Señora
tendiendo el Rosario a otros santos: a San Francisco e, incluso, a
San Ignacio. Nosotros nos defendimos y, en el siglo, creo que fue
el XVII, llegamos a convencer al Papa para que pusiera fin a la contienda.
Desde entonces sólo se permite representar a Nuestra Señora
dando el Rosario a Domingo.
Pero, ¿por qué esta sencilla oración es tan querida
para los dominicos? Quizás porque en el corazón de nuestra
tradición teológica persiste una aspiración a
la sencillez. Santo Tomás de Aquino decía que no podemos
comprender a Dios porque Dios es esencialmente sencillo. Su sencillez
supera todas nuestras concepciones. Estudiamos, afrontamos problemas
teológicos, ponemos a prueba nuestros espíritus, con
el fin de acercar el misterio de quien es total sencillez. Debemos
ir más allá de la complejidad para llegar a la sencillez.
Hay una falsa sencillez de la que nosotros hemos de deshacernos. Es
la simplificación de los que siempre tienen fácil respuesta
a todo, que saben todo de antemano. Son, o bien demasiado perezosos,
o bien incapaces de pensar. Y ahí está la verdadera
sencillez, la del corazón, la sencillez de las miradas claras.
Ahí no podemos llegar sino lentamente, con la gracia de Dios,
acercándonos a tientas a la deslumbrante sencillez de Dios.
El Rosario es sencillo, en efecto, muy sencillo. Pero se trata de
una sencillez sabia y profunda, a la cual aspiramos, y en la cual
encontramos la paz.
Se dice que, llegando a viejo, San Juan Evangelista llegó a
ser totalmente sencillo. Que le gustaba jugar con una paloma y todo
lo que decía a quienes venían a verle era: "Amaos
los unos los otros".
Ni tú ni yo nos sentiríamos satisfechos con esta respuesta.
Nadie nos creería. Sólo alguien como San Juan, que escribió
lo más rico y lo más complejo de los Evangelios, puede
llegar a la verdadera sencillez de la sabiduría y no decir
más que: "Amaos los unos a los otros". De la misma
manera, sólo un Santo Tomás de Aquino, después
de haber escrito su gran Suma Teológica, puede decir que todo
lo que escribió es "como paja". Sí, el Rosario
es muy sencillo. Quizás es una invitación a descubrir
esta sencillez profunda de la verdadera sabiduría. Se decía
del P. Lagrange, uno de los fundadores de los estudios bíblicos
modernos, que hacía tres cosas cada día: estudiar la
Biblia, leer el periódico y rezar el Rosario.
Me gustaría, también, mostrar que el Rosario no es solamente
una sencillez verdadera y profunda, sino que posee características
verdaderamente dominicanas.
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El Ángel
Predicador
El "Avemaría" comienza con las palabras del Ángel
Gabriel: "Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor
está contigo". Los ángeles son predicadores profesionales.
Es su mismo ser el que proclama la Buena Nueva. Las palabras de Gabriel
son un perfecto sermón. Y breve. Proclama la esencia de toda
predicación: "El Señor está contigo".
Es ahí donde nosotros encontramos el corazón de nuestra
vocación: nos decimos unos a otros, "¡Ave, Daniel!
¡Ave, Eric!, el Señor está contigo". Por eso
Humberto de Romans, uno de los primeros Maestros de la Orden, decía
que nosotros, los dominicos, somos llamados a vivir como ángeles.
Tengo que confesar, sin embargo, que, según mi experiencia,
la mayoría de los dominicos no son especialmente angélicos.
El pasado diciembre me encontraba en Ho Chi Minh-Ville, en mi visita
canónica a la Provincia de Vietnam. Al final de nuestra jornada
de trabajo, a mi Socio y a mí, nos gustaba salir y perdernos
en las pequeñas calles de la ciudad. Uno de nuestros placeres
consistía en escaparnos del espía que el gobierno enviaba
para ver lo que nosotros podíamos "fabricar". Mientras
atravesábamos el laberinto de calles llenas de vida, podíamos
ver gente que apostaba, comía, hablaba, jugaba al billar. En
muchas de las casas se veían imágenes de Buda. Una tarde,
a la vuelta de una calle, entramos en un parque y, allí, en
el medio, se encontraba la estatua de un dominico con alas. Era san
Vicente Ferrer que se representa siempre como un ángel. Era
el gran predicador. Daniel me dijo que se le consideraba como el ángel
del Apocalipsis, anunciando el fin del mundo. Es claro que ningún
predicador puede tener siempre razón... Así pues, el
Arcángel Gabriel es un buen modelo para nosotros, los dominicos.
Todavía hay otro aspecto. El Avemaría es una
especie de homilía. Una homilía no nos habla solamente
de Dios. Nace de la Palabra que Dios nos dirige. La predicación
no es únicamente la narración de acontecimientos vinculados
a Dios. Nos da la Palabra de Dios, Palabra que rompe el silencio entre
Dios y nosotros.
"Dios te salve, María, llena de gracia" .
El inicio de todo es la Palabra que escuchamos. San Juan escribía:
"En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado
a Dios, sino que Él nos amó primero y envió a
su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados"
(1 Jn 4,10). De hecho, en la época de Santo Domingo, el Ave
María no estaba formado más que de las solas palabras
del ángel y de Isabel. Nuestra oración estaba hecha
de palabras que se nos habían dado. Sólo más
tarde, después del Concilio de Trento, fue añadido nuestro
propio discurso a María.
Con frecuencia concebimos la oración como el esfuerzo hecho
para hablar a Dios. La oración parece, a veces, una lucha por
alcanzar a un Dios distante. ¿Se trata sólo de que nos
oiga Él? Esta sencilla oración nos recuerda que no es
así. No somos nosotros quienes rompemos el silencio. Cuando
nosotros hablamos, es una respuesta a las palabras recibidas. Entramos
en una conversación que no ha sido iniciada por nosotros. El
ángel proclama la Palabra de Dios. Y esto crea un espacio en
el que nosotros podemos hablar por turnos: "Santa María,
Madre de Dios".
Nuestra vida sufre con frecuencia a causa del silencio. Está
el silencio del cielo que parece, a veces, estar cerrado. Está
el silencio que parece separarnos a los unos de los otros. Pero la
Palabra de Dios llega a nosotros por la buena predicación y
rompe las grandes barreras. Estamos liberados de nuestro mutismo,
capaces otra vez de recibir la Palabra. Sentimos llegar la Palabra,
las palabras destinadas a Dios y las palabras que nos dirigimos unos
a otros.
Quizá podamos ir más lejos. El Maestro Eckhart dijo:
"Nosotros no rezamos. Nosotros somos rezados". Nuestras
propias palabras son la resonancia, la prolongación de la Palabra
que nos ha sido dirigida. En nuestras oraciones es Dios quien reza
en nosotros, bendice, glorifica en nosotros. Como escribía
San Pablo, cuando gritamos: "Abba, Padre, el Espíritu
en persona se une a nuestro espíritu para testimoniar que somos
hijos de Dios..." Los saludos del ángel y de Isabel
a María se continúan en las palabras que nosotros le
dirigimos, la segunda mitad de la oración fue eco de la primera.
El ángel dijo: "Dios te salve, María, llena
de gracia"; en nuestros labios esto llega a ser el mismo
saludo: "Santa María", dijo Isabel, "bendito
el fruto de tu vientre", y nosotros decimos: "Madre
de Dios". Nosotros somos alcanzados por la Palabra de Dios.
Así en nuestra oración, es Dios quien habla en nosotros.
Somos enrolados en el diálogo que es la vida de la Trinidad.
También quisiera mirar esta sencilla oración del Avemaría,
como una pequeña homilía modelo. Ella proclama la Buena
Nueva. Y como todas las buenas homilías hace bien. No se contenta
con darnos información. Ofrece una Palabra de Dios, una palabra
que hace eco en nuestras propias palabras, una palabra que va más
allá de nuestro silencio y nos da voz.
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Una oración
para la casa y una oración para el camino
Hay todavía otro aspecto que es muy dominicano. Es una oración
para la casa y una oración para el camino. Es una oración
que construye una comunidad y, al mismo tiempo, nos empuja al viaje.
Se da ahí una tensión muy dominicana. Tenemos necesidad
de nuestras comunidades. Tenemos necesidad de lugares donde estar
entre nosotros, con nuestros hermanos y nuestras hermanas. Y al mismo
tiempo somos predicadores itinerantes, no podemos asentarnos demasiado
tiempo, sino que debemos lanzarnos a la predicación. Somos
contemplativos y activos. Permítaseme explicar ahora cómo
el "Dios te salve, María" está marcado
por esta tensión.
Pensad en los grandes cuadros de la Anunciación. En general
nos presentan una escena doméstica. El ángel ha ido
a casa de María. Ella está allí, en su habitación
y, normalmente, leyendo. Con frecuencia se ve en el fondo una hiladora
o una escoba contra la pared. Fuera, un jardín. Es aquí,
en su casa, donde empieza la historia. Y es justo que así sea,
ya que la Palabra de Dios construye su hogar entre nosotros. Dios
viene a plantar su tienda entre nosotros.
Hasta cierto punto, el Rosario es con frecuencia la oración
de la casa de María y de la comunidad. Tradicionalmente se
rezaba cada día en las familias y en las comunidades. Desde
la mitad del siglo XVI se crean las cofradías del Rosario que
se reunían para rezar juntos. Por eso el Rosario está
profundamente asociado a la comunidad, a la oración compartida.
Debo confesar que tengo recuerdos bastante ambiguos del Rosario en
familia. En nuestra casa no se rezaba el Rosario, pero yo solía
ir a casa de unos primos que lo rezaban todos los días en familia.
Con frecuencia era una catástrofe. Algunas tardes se cerraban
las puertas, pero los perros entraban siempre en la sala y se ponían
en medio de la familia lamiendo la cara de la gente. Así, poco
importaban nuestras piadosas intenciones, la risa acababa estallando.
Por eso llegué a temer el Rosario en familia.
Así, pues, el saludo del ángel no deja a María
estática en su casa. El ángel viene a perturbar su vida
doméstica. Pienso a menudo en una maravillosa Anunciación
pintada por nuestro hermano Domenico Petit, que vive y trabaja en
Japón. Muestra a Gabriel, un gran mensajero, cubriendo una
parte de la tela. María es una joven muchacha japonesa, graciosa
y reservada, cuya vida se ve conturbada. Es empujada a un viaje que
la llevará a casa de Isabel, a Belén, a Egipto, a Jerusalén.
Este viaje la llevará hasta romper su corazón, al pie
de la cruz. Este viaje la conducirá, finalmente, hasta el cielo,
a la gloria.
El Rosario es, pues, también la oración de los que viajan,
de los peregrinos como vosotros. Yo aprendí a amar el Rosario
justamente como oración de mis viajes. Es una oración
para los aeropuertos y los aviones. Es una oración que yo rezo
con frecuencia cuando aterrizo en un lugar nuevo, cuando me pregunto
qué encontraré allí y qué tengo yo que
ofrecer. Es una oración para despegarse, dar gracias por todo
lo que yo he recibido de los hermanos y de las hermanas. Es una oración
de peregrinación a través de la Orden.
Pienso que la estructura de este viaje marca el Rosario de dos maneras.
Está presente en las palabras de cada Avemaría.
Está presente en el recorrido de los misterios del Rosario.
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A- DIOS
TE SALVE, MARÍA
La historia del individuo
Cada Avemaría evoca el viaje individual que cada uno
de nosotros debe hacer, del nacimiento a la muerte. Está marcado
por el ritmo biológico de toda vida humana. Señala los
tres únicos momentos de nuestra vida de los cuales podemos
estar absolutamente seguros: hemos nacido, vivimos ahora y moriremos
un día. El comienzo, el principio de toda vida humana, la concepción
en el seno maternal. El ahora nos sitúa en el momento en que
nosotros pedimos a María sus oraciones. Tiene en cuenta la
muerte, nuestra muerte. Es una oración increíblemente
física. Está marcada por el inevitable drama corporal
de todo ser humano que ha nacido y debe morir.
Y esto, indudablemente, es un bien dominicano, pues la predicación
de Domingo comienza en el Sur de Francia, no lejos de aquí,
contra los herejes que despreciaban el cuerpo y que consideraban la
entera creación como mala. Se enfrentaba a una serie de modas
de espiritualidad dualista que afluyen regularmente en Europa. San
Agustín, de quien nosotros seguimos la regla, fue atrapado
por otro de esos movimientos siendo joven. Fue maniqueo. Hoy todavía
un gran "campo" del pensamiento popular es profundamente
dualista. Los estudios han mostrado que los científicos modernos
piensan generalmente en la salvación en términos de
escapatoria del cuerpo.
Pero la tradición dominicana ha destacado siempre que somos
seres físicos, corporales. Todo lo que somos viene de Dios.
Recibimos en alimento el Sacramento del cuerpo y sangre de Jesús;
esperamos la resurrección de los cuerpos. El viaje que cada
uno de nosotros debe recorrer es, en primer lugar, físico,
biológico, y él nos guía desde el vientre de
nuestra madre hasta la tumba. Es en este espacio temporal donde encontraremos
a Dios y hallaremos la salvación. Es esta sencilla oración
la que nos ayuda en el recorrido de este camino.

1 - La Concepción
Las palabras del Ángel prometen fertilidad, la fertilidad a
una virgen y a una mujer estéril. La bendición de Dios
nos hace fecundos. Cada uno de nosotros, por su nacimiento individual,
es el fruto de entrañas benditas. Yo creo que la bendición
prometida por el Ángel toma siempre la forma de fecundidad
en toda vida humana. Es la bendición de nuevos comienzos, la
gracia de la frescura. Quizá estamos hechos a imagen y semejanza
de Dios para que compartamos la creatividad de Dios. Somos sus asociados
en la creación y la recreación del mundo. El ejemplo
más dramático y más milagroso es el nacimiento
de un niño. Los hombres, que no pueden sin embargo vivir este
milagro, son benditos por la fertilidad. Frente a la esterilidad,
la aridez, la futilidad, Dios viene a ofrecer un mundo fértil.
Cada vez que Dios se acerca a nosotros es para volvernos creativos,
para transformarnos, para renovarnos, bien sea al labrar la tierra,
al plantar y sembrar, o bien en el arte, la poesía, la pintura.
"Bendito el fruto de tu vientre". Tal vez la mejor manera
de predicar el milagro de esta fertilidad sea el arte, la pintura,
el canto, la poesía. Ahí están, pues, las modestas
participaciones de esta bendición misma, de esta infinita fertilidad
de Dios.
Una historia encantadora, contada por Malraux a Picasso, cuenta cómo
cuando Bernardita de Lourdes entró al convento, una multitud
de personas le enviaban imágenes de la Virgen. Ella, sin embargo,
no las tuvo nunca en su habitación ya que, decía, estas
estatuas no se parecían a la mujer que ella había visto.
El obispo le envió álbumes de célebres cuadros
de la Virgen, pintados por Rafael, Murillo y otros. Observó
las caras barrocas de las que había visto representaciones
y las vírgenes del renacimiento. Ninguna le parecía
exacta. Luego vio a la Virgen de Cambral, copia del siglo XIV, un
antiguo icono bizantino. Entonces dijo: "es ella".
No es quizás sorprendente que la joven que había visto
a la Virgen la reconociera en un ícono, fruto del arte sagrado,
fruto de una santa creatividad.

2 - Ahora
El Rosario evoca también otro momento, no solamente del nacimiento,
sino el momento presente. "Ruega por nosotros pecadores",
"ahora". Ahora es el instante presente en la peregrinación
de nuestra vida, cuando debemos mantenernos, sobrevivir, proseguir
nuestro camino hacia el Reino.
Es interesante recalcar ese instante presente, considerado como un
momento en el que nosotros, pobres pecadores, necesitamos de compasión.
Una compasión profundamente dominicana. Recordaréis
cómo Domingo rezaba siempre así a Dios: "Señor,
ten piedad de tu pueblo. ¿Qué será de los pobres
pecadores?" El presente es un momento en el que necesitamos de
compasión, de misericordia. En la Capilla Sixtina hay un fresco
del Juicio Final y en él un hombre es izado fuera del purgatorio
por un ángel del Rosario.
El presente es el tiempo en el cual debemos sobrevivir, ignorando
cuánto tendremos que esperar el Reino. Un dominico americano
volvió a China hace algunos años. Al llegar encontró
allí diversos grupos de laicos dominicos que habían
resistido los años de persecución y de aislamiento.
La única cosa que habían conservado durante todos estos
años fue la recitación del Rosario juntos. Era el pan
cotidiano de la supervivencia. Y habiendo ido a regiones alejadas
de México, allí encontraron grupos de laicos dominicos
que, no habiendo tenido contacto con la Orden desde hacía muchos
años, varios de nuestros hermanos descubrieron lo mismo. La
única práctica que se mantenía era la oración
del Rosario. Es la oración para los que sobreviven al tiempo
presente.
Bede Jarret, provincial inglés en los años treinta,
envió a Sudáfrica un miembro de su provincia llamado
Bertrand Pike. Iba para ayudar en la nueva misión de la Orden.
Pero Bertrand se sintió incapaz de afrontar dicha tarea. Bede
le recordó, en una carta, una época, durante la guerra,
en que había sacado ánimo en el rezo del Rosario. "Recuerda
aquel día terrible en que debías atravesar trincheras
en Ypres, cuando el ánimo te faltaba y después de tres
o cuatro tentativas en las que te atreviste a pasar, te diste cuenta
de que los bordes recortados de las cuentas de tu rosario habían
mordido la carne de tus dedos, por aquel movimiento inconsciente de
agarrarlo intentando sacar ánimo en aquellas tentativas...
Mi querido Bertrand, ánimo y miedo no se oponen. Solamente
tienen valor aquellos que cumplen con su deber aún cuando tienen
miedo".

3 - En la hora de nuestra muerte
El último momento de nuestra vida corporal del que estamos
seguros es la muerte. "Ruega por nosotros pecadores, ahora
y en la hora de nuestra muerte". Ante la muerte, rezamos
el Rosario. Yo acabo de volver de Kinshasa, en el Congo, donde muchos
de nuestros hermanos han afrontado la muerte estos últimos
años. La Provincial de las hermanas Misioneras de Granada,
Sor Cristina, me comentó cómo durante la última
guerra, ella y sus hermanas tuvieron que huir de su casa hacia el
Norte del Congo. Algunos de sus amigos las escondieron en el monte.
Ella es médica y en la huida se cruzó con un hombre
cuya esposa había sido salvada por ella. Él le dijo
que ahora era su turno de salvarle la vida. Oyeron disparos de fusiles
a su alrededor. Se les dijo que los rebeldes habían encontrado
su escondite y que vendrían pronto a matarlas. Ante esta muerte
anunciada, las Hermanas rezaron el Rosario. Es la oración que
María hará por nosotros cuando estemos ante la muerte.
No estaremos solos. Recuerdo ahora a mi padre. Durante la segunda
guerra mundial mi madre y sus tres hijos mayores se quedaron en Londres.
Pronto iba a nacer yo. A pesar de las bombas que, noche tras noche,
arrasaban Londres, mi madre persistía en su empeño de
estar disponible ante la eventualidad de que mi padre pudiera tener
un permiso para volver a casa. Mi padre prometió que si toda
la familia sobrevivía a la guerra, rezaría el Rosario
todas las noches. Así, entre mis recuerdos de infancia, veo
a mi padre, tarde tras tarde, antes de la cena, recorriendo el salón
a grandes pasos rezando el Rosario. Daba gracias, todas las noches,
porque todos habíamos sobrevivido a esta amenaza de muerte.
Uno de los últimos recuerdos que guardo de mi padre es el que
se refiere a unos momentos antes de su muerte. Estaba ya demasiado
débil para poder rezar. Así pues, su familia, su mujer
y sus seis hijos se reúnen alrededor de su cama y rezan el
Rosario por él. Era la primera vez que él no podía
hacerlo. Su muerte, rodeado de todos nosotros, fue una respuesta a
esta oración que él tantas veces había repetido:
"Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra
muerte".
T. S. Elliot implora en uno de sus poemas: "Ruega por nosotros
ahora y en la hora de nuestro nacimiento". Y tiene razón.
Debemos afrontar estos tres momentos de nuestra vida: nacimiento,
el presente y nuestra muerte. Pero en cada instante aspiramos a la
misma cosa: un nuevo nacimiento. Esto a lo que aspiramos ahora, como
pecadores, no es una piedad que se contentaría con olvidar
lo que hemos hecho, sino la misericordia que hará de nuestras
acciones también un momento de renacimiento, de un comienzo
nuevo. Y frente a la muerte, desearemos, de nuevo, que las palabras
del Ángel vengan a anunciarnos una nueva fertilidad ya que
toda nuestra vida está abierta a la infinita novedad de Dios,
a su inagotable frescor. El Ángel va y viene con nuevas anunciaciones
de la Buena Nueva.
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B. Los Misterios
del Rosario
La historia de la Salvación
El Avemaría individual es, pues, la oración del viaje
que cada uno de nosotros debe recorrer, del nacimiento a la muerte
pasando por el momento presente, ya que, a fin de cuentas, nuestra
vida tiene sentido en sí misma, individualmente. Pero también
es verdad que nuestra vida no tiene sentido total si no es incluida
en una historia más amplia que se extienda de todo principio
hasta el fin desconocido, de la Creación al Reino. Y esta amplitud
viene dada por los misterios del Rosario que cuentan la historia de
la Redención.
Se han comparado los misterios del Rosario a la Suma Teológica
de Santo Tomás. Cuentan, a su manera, cómo todo viene
de Dios y todo vuelve a Dios ya que cada misterio del Rosario forma
parte de un único misterio, el de nuestra Redención.
"Llevar nuevamente todas las cosas bajo un solo Señor,
el Cristo, tanto los seres terrestres como los celestes" (Ef.1,
10).
Se podría, pues, decir que cada Avemaría representa
una vida individual, con su historia entera de la vida a la muerte.
Pero todos estos Avemarías están ensartados en
una historia más amplia, la de la Redención. Tenemos
necesidad de dos dimensiones, una historia a dos niveles. Necesito
dar forma y sentido a mi vida, a la historia de mi carne y de mi sangre,
con mis fracasos y mis éxitos. Si no hay lugar para mi historia
individual, me perderé en la historia de la humanidad ya que
Cristo me dijo: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".
Tengo necesidad de este Avemaría individual, mi pequeño
drama personal, para hacer frente a mi pequeña muerte personal.
Mi muerte no significa, quizá, gran cosa para la humanidad,
pero para mí será más bien importante.
Sin embargo no basta con mantenerse a este nivel personal. Debo ver
mi vida insertándose en el drama más amplio del designio
de Dios, mi historia no tiene sentido cerrada sobre sí misma.
Mi Avemaría individual debe encontrar lugar en los misterios
del Rosario. Así el Rosario propone el perfecto equilibrio
del que necesitamos para la búsqueda del sentido de nuestra
vida, a la vez sobre el plan individual y sobre el plan colectivo.
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C- La Repetición
He intentado dar sucintamente algunas razones por las cuales el Rosario
es ciertamente una devoción profundamente dominicana. El Avemaría
contiene todas las características de una homilía perfecta
y, además, breve. Y el Rosario en su conjunto está marcado
por el tema del caminar, el nuestro y el de la comunidad. Todo esto
concuerda muy bien con la vida de la Orden de predicadores itinerantes.
Hubiera podido insistir sobre otros aspectos, como los fundamentos
bíblicos de los misterios, pues se da ahí una meditación
prolongada de la Palabra de Dios en las Escrituras. Pero ya he hablado
suficiente.
Debo, no obstante, responder a una última objeción.
He querido evocar la riqueza teológica del Rosario. El hecho
es, sin embargo, que al rezar el Rosario raramente se piensa en lo
que es. En realidad no pensamos en la naturaleza de la predicación,
o en la historia humana y su nexo con la historia de la salvación.
Hacemos un gran vacío en nuestro espíritu. Nos sucederá,
incluso, a veces, que nos preguntemos por qué, pues, repetimos
sin cesar las mismas palabras sin pensar en ellas. Desde el principio
de nuestra tradición, nuestros hermanos y hermanas han amado
esta repetición. Se afirma que nuestro hermano Romeo, muerto
en 1261, recitaba mil Avemarías al día.
Numerosas religiones llevan la marca de esta tradición de la
repetición de palabras sagradas. El domingo pasado, preguntándome
qué iba a decir del Rosario, oí en la BBC una ceremonia
budista que consiste aparentemente en una perpetua repetición
de palabras sagradas. Se ha recordado con frecuencia que el Rosario
es bastante parecido a esas antiguas oraciones orientales y que la
constante repetición de las mismas palabras pueden realizar
en nuestro corazón una lenta, pero profunda transformación.
Como esto es bien sabido por todos, no insisto en ello.
Se podría subrayar que esta repetición no es necesariamente
el signo de una falta de imaginación. Un puro placer, un placer
exuberante, puede hacernos repetir las palabras. Cuando amamos, sabemos
bien que nunca basta con decir una sola vez "te amo". Queremos
decirlo una y otra vez, esperando, también, que la otra persona
deseará oírlo una y otra vez.
C. K. Chesterton explicaba que la repetición es una característica
de la vitalidad de los niños que les gusta que se les cuenten
las mismas historias, con las mismas palabras, una y otra vez, y esto
no por falta de imaginación o aburrimiento, sino por la alegría
de vivir. Escribía Chesterton: "Porque los niños
desbordan de vitalidad, es por lo que son espontáneos y libres
de espíritu, por lo que quieren que las cosas se repitan y
no cambien. Piden siempre el otra vez y la persona mayor vuelve a
comenzar una y otra vez, hasta el final del agotamiento, ya que las
personas mayores no son lo suficientemente fuertes como para alegrarse
en la monotonía. Tal vez Dios sea suficientemente fuerte para
alegrarse en la monotonía. Tal vez Él diga todas las
mañanas al sol: "Ve otra vez" y todas las tardes
a la luna: "Ve otra vez". No es forzosamente una absoluta
necesidad el que todas las margaritas sean semejantes, quizá
Dios cree cada margarita por separado, pero no se cansa nunca de hacerlas
así.
Quizá Dios tenga un eterno apetito de infancia ya que si nosotros
hemos pecado y hemos crecido, nuestro Padre es más joven que
nosotros. La repetición en la naturaleza no es tal vez una
simple repetición, sino, como ocurre en el teatro, "un
cierzo donde el cielo llamaría al pájaro que ha puesto".
Más sobre la repetición. Es verdad que rezando el Rosario
no se piensa siempre en Dios: se puede continuar durante horas sin
el menor pensamiento. Pero uno está sencillamente ahí
y dice sus oraciones. Y esto también puede ser bueno. Cuando
recitamos el Rosario, celebramos que el Señor está verdaderamente
con nosotros.
Estamos en su presencia. Repetimos las palabras del ángel:
"El Señor está contigo". Es una oración
de la presencia de Dios. Y si estamos en grupo, tenemos que pensar
en los otros. Como escribió Fr. Simon Tugwell, O.P.: "Yo
no pienso en mi amigo cuando está a mi lado; estoy muy bien
junto a él disfrutando de su presencia. Cuando está
ausente es cuando yo empiezo a pensar en él. El hecho de pensar
en Dios nos empuja muy cómodamente a tratarlo como si Él
estuviera ausente. Sin embargo Él no está ausente".
No tratemos, pues, de pensar en Dios mientras rezamos el Rosario.
Al contrario, saboreemos las palabras del ángel dirigidas a
cada uno de nosotros: "El Señor está contigo".
Nosotros repetimos continuamente las mismas palabras con la exuberancia
vital e inagotable de los hijos de Dios que se alegran de la Buena
Nueva.
Traducida por Hna. Amparo Eransus
y Fr. Salustiano Mateos
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