Cormier
Henri (Louis Stanislas Henry M.)
Nombre de religión: Jacinto María
Nacimiento: 08.12.1832 en Orléans Francia
Muerte: 17.12.1916 en Roma
Nacido en Orléans, en 1856 sacerdote ingresa a los dominicos
en Flavigny. 1859 profesión solemne. Maestro de novicios, superior,
provincial et 76 Maestro General de 1904-1916. "Recapitular todoas
las cosas en Santo Domingo. El transmitía la paz
a todo el que se acercaba Creo el Angelicum en Roma.
Fue beatificado por S.S. Juan Pablo II el 20.11.1994
Maestro de la Orden desde 1904 a 1916
¡Qué bien hará nuestra Orden si comprende su vocación!
Una multitud de cristianos al tanto de los males presentes tienen
hambre y sed de justicia. Quieren el catolicismo verdadero y completo,
con su savia interior, su ascendiente sobrenatural, su luz y su gracia....
Si encontraran al fraile predicador elevado más allá
de los grupos, muerto al espíritu propio, sobreabundante de
caridad para con todos, sin acepción de personas y capaz de
dar a las almas una dirección luminosa, sustancial, austera,
simple, segura, evangélica, con que premura se unirían
a nosotros y marcharían con nosotros, en seguimiento de los
Apóstoles y de nuestro Señor. En cuanto a mi, yo sueño
con este futuro. Ruego a santo Domingo que nos haga dignos de él.
El ideal es elevado y difícil. Pero no hay que desanimarse.
El desaliento agravaría el mal de las almas, atentaría
contra la bondad de Dios y cerraría la fuente de sus gracias.
Aun si estuviéramos sin capacidad de dedicarnos a la oración
como quisiéramos, acosados por el amor propio, abatidos por
la enfermedad, sobrecogidos por el pensamiento de los juicios de Dios,
debemos siempre escuchar resonar en nuestros oídos y repetir
siempre en nuestro corazón esta palabra: ¡Animo!...
El doble espectáculo de la distancia que nos separa de la verdadera
perfección y de mi propia impotencia para hacernos avanzar
aunque sea un paso, deja en mi alma una inmensa tristeza. Si solamente
pudiera estar seguro de haber hecho todo lo posible... En la noche,
cuando me levanto para el oficio, en lugar de encontrar al despertar
esa alegría, esa feliz despreocupación que experimentaba
en el Noviciado, apenas despierto siento como un peso en el alma;
las miserias de todos caen sobre mi y absorben los momentos en que
el pensamiento de mis propias miserias me da algún descanso.
Trato, sin embargo, de no descorazonarme; hablo, respondo, exhorto,
pero el fruto es poco y las decepciones abundan. Quiera Dios que al
menos esta etapa que vivimos sirva de preparación para tiempos
mejores. Pero para poder llegar nos hacen faltas santos, este es mi
pobre sentimiento. La sabiduría ordinaria, unida a las virtudes
ordinarias, podrá evitar los mayores escándalos, dar
a la observancia un cierto cuerpo; pero necesitamos esta respiración
vital que no viene sino de Dios, o de los hombres de Dios. Sin esto
el cuerpo no vive y ni siquiera se mantiene en lo que es, sino que
vuelve al polvo de donde salió. ¿Quién nos dará
estos santos? No digo para hacer milagros, sino de operaciones divinas
en las almas: Uno sólo por convento, uno sólo por Provincia,
y habremos dado un gran paso! Mi conclusión es que, a falta
de algo mejor, es necesario esperar y orar, poner en movimiento a
todas las almas buenas, dirigirnos a todos lo santos del cielo y obtener
al fin esta renovación del hombre interior de la que habla
san Pablo.

Carta del beato Jacinto María Cormier
a toda la Orden de Predicadores,
con motivo de su elección como Maestro de la Orden
29 de junio de 1904
Aconsejados y fortalecidos por el dictamen interno de la fe, así
lo esperamos, hemos aceptado los votos de los Padres capitulares,
que representan a toda la Orden, como la manifestación de la
voluntad del mismo santo fundador Domingo, cuyo servicio filial tuvimos
desde la juventud como un deber sagrado y gratísimo. Aceptamos,
pues, el mandato que se nos ha confiado, sometiéndonos en el
n0mbre del Señor al deber que se nos confiere, confiados en
la esperanza de que este obsequio de nuestra obediencia pueda obtener
del Señor una docilidad semejante por parte de nuestros hermanos,
a fin de poder conducirlos por los senderos de nuestra vocación
con alegría y sin lamentarse (Hb 13, 17).
Para lograr felizmente ese tan hermoso, y a la vez tan arduo, objetivo,
ayudará a nuestra debilidad, invocar con intensas plegarias,
al Espíritu Santo, especialmente al Espíritu de consejo,
de fortaleza y de piedad.
Con el mismo ánimo y con el mismo lema que Pío X se
fijó desde el inicio de su pontificado - recapitular en Cristo
todas las cosas (Ef 1, 10) -, del mismo modo, nada desearíamos
más que recapitular en Domingo todas nuestras cosas. Así,
ha de estar vigoroso en nosotros y hemos de propagar aquel mismo espíritu
de oración, de penitencia, de humildad, de pobreza, de obediencia,
de compasión hacia el prójimo y de ardiente celo por
defender la fe, que sobresalía en el santísimo Patriarca.
Guardando intacta esta herencia y poniendo diligentemente estos talentos
a fructificar, tendremos justo motivo para abrir nuestro corazón
a la acción de gracias y para cantar con el salmista: Ved qué
dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos (Sal 132,
1).
Estemos unidos, no consintiendo que se introduzcan intereses de amor
propio o de utilidad privada, sino siguiendo los consejos de Dios,
que tiene misericordia de nosotros.
Estemos unidos a nuestro Señor Jesucristo, primer autor y perfeccionador
de la santidad religiosa, el cual de sus sagradas llagas abre para
nosotros abundantes fuentes de espíritu religioso y quiere
que estemos sepultados con él con la muerte de la Cruz (Cf.
Rm 6, 4; Flp 2, 8).
Estemos unidos a la esposa inmaculada de Cristo, la santa Madre Iglesia,
que tantas gracias y privilegios nos ha otorgado, para que, guiados
por ella, nos gastemos y nos desgastemos (Cf. 2Co 12, 15) predicando
por toda la tierra los misterios de la fe y difundiendo los frutos
de la Redención.
Estemos unidos a nuestro beatísimo Padre Domingo, cuyas insignes
virtudes y eximios ejemplos jamás hemos de dejar de escrutar,
profundizar e imitar hasta en los más mínmos detalles.
Estemos unidos entre nosotros, de manera que la diversidad de naciones
y de lenguas, no sólo no menoscabe la unidad, sino que la robustezca
y la haga más hermosa en sus variadas expresiones. Sin embargo,
la raíz lozana de esta fraternidad de ánimo será
el mismo santo Patriarca, del que, aunque sin merecerlo, somos hijos.
La misma raíz dará, como frutos, que seamos unánimes
en un mismo sentir, conformes en las costumbres, afables en la convivencia
conventual, y que en las obras apostólicas pongamos en común
fuerzas y talentos.
Sin duda, será para nosotros una dulzura y una delicia no sólo
convivir unidos, sino también orar unidos, velar unidos en
los tiempos sagrados, sufrir unidos las contrariedades, afrontar unidos
la muerte, deleitablemente confortados con las oraciones y la compañía
de los hermanos. En esta hora suprema, viendo con mayor claridad la
excelencia de nuestra vocación, a la luz de la eternidad, no
podremos menos que exclamar:
Demos gracias a Dios por su don inexpresable (2Co 9, 15).
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