El
obispo de Hipona es uno de los más eminentes Padres de la Iglesia
latina, descollando en todo Occidente por su autoridad teológica
sobre todo en la doctrina de la gracia, y resplandece también
como autor de la regla y preceptor de nuestra vida comunitaria.
Su Regula ad servos Dei, que originariamente iba destinada a un cenobio
de mujeres, fue tomada en el siglo XII por los canónigos regulares.
Después del IV Concilio de Letrán (1215) y su canon
XIII, Inocencio III recomendó a santo Domingo que eligiera
para sus frailes una regla antigua, que diese garantía a la
nueva familia. «Inmediatamente, como atestigua Jordán
de Sajonia, los que habían de ser frailes Predicadores, profesaron
según la regla del preclaro predicador San Agustín,
y se impusieron alguna observancia más estricta en alimentos,
ayunos, descanso, y hábitos de lana.»
Humberto de Romans mostró más tarde que San Agustín
había escrito la regla conforme a la vida de los apóstoles.
Teniendo en cuenta que Domingo como canónigo ya hacía
casi veinte años había profesado la regla de san Agustín
comprendió que esta vida apostólica elegida por san
Agustín se adaptaba al propósito dé los Predicadores.
La obediencia y las constituciones de la Orden sintetizan aún
para nuestro tiempo toda la profesión de la vida dominicana. |