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Mensaje
del Papa para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
2005
Mensaje
escrito por Juan Pablo II con motivo de la Jornada Mundial de Oración
por las Vocaciones que tendrá lugar el 17 de abril de 2005
con el lema «Llamados a remar mar adentro»... |
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La
identidad de los religiosos hoy
Conferencia
dada por el Maestro de la Orden, a la Asamblea de Superiores Mayores,
durante su visita a los Estados Unidos en agosto de 1996
Fr. Timothy Radcliffe, O.P.
Recuerdo que, hace muchos años, me dirigía a mi primera
reunión de la Conferencia de Superiores Mayores de Inglaterra
y Gales. Nervioso, me puse el hábito y bajé al encuentro
de la gente. En la escalera me detuvo una hermana furiosa, a la que
nunca había visto antes. Me miró con desprecio y dijo:
"¡Debe sentirse muy inseguro si necesita ponerse esa cosa!".
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¿Dónde han ido a
parar las vocaciones?
Durante bastante tiempo los religiosos hemos estado preocupados por
nuestra identidad. ¿Quiénes somos? ¿Cómo
debemos encajar en el tejido y en la estructura de la Iglesia? ¿Somos
clérigos, laicos o alguna especie híbrida particular?
Creo que ninguna respuesta nos servirá de ayuda a menos que
partamos del hecho de que compartimos una crisis de identidad con
otra mucha gente de nuestro tiempo. ¿Qué nos hace especiales?
Ciertamente no el hecho de tener una crisis de identidad. Esta es
una parte del lote común que compartimos con otros. Sólo
vale la pena que reflexionemos sobre ella si nos ayuda a vivir la
Buena Nueva para todas esas otras pobres almas que están obsesionadas
por la misma pregunta: "¿Quién soy yo?".
Por favor, perdonen si comparto con ustedes algunas simples observaciones
sobre por qué esta cuestión de la identidad es una obsesión
de la modernidad. Hemos visto una profunda transformación social
durante este siglo, y especialmente desde 1945. En Europa, y supongo
que también en Estados Unidos, hemos asistido al debilitamiento
de toda clase de instituciones que daban una identidad, que definían
una profesión, un papel, una vocación. Las universidades,
las profesiones médicas y jurídicas, los sindicatos,
las iglesias, la prensa, diversos oficios... todas esas instituciones
ofrecían a la gente no sólo la manera de ganarse la
vida, sino un camino para ser persona, un sentido de vocación.
Ser músico, abogado, maestro, enfermera, carpintero, fontanero,
granjero, sacerdote, etc., no sólo significaba tener un trabajo,
era ser alguien; se pertenecía a un cuerpo de gente con una
serie de costumbres que definían la conducta adecuada, que
compartían una sabiduría, una historia y una solidaridad.
Lo que hemos visto en los últimos años es el corrosivo
efecto de un nuevo y más simple modelo de sociedad, según
el cual nos hemos encontrado todos a nosotros mismos siendo miembros
de mercado global, comprando y vendiendo, siendo comprados y vendidos.
Las instituciones básicas de la sociedad civil que fundamentaban
las profesiones y vocaciones han perdido mucho de su autoridad e independencia.
Como todo lo demás, deben someterse a las leyes del mercado.
En Inglaterra, incluso los equipos de fútbol existen ahora
menos para jugar al fútbol que para obtener beneficios.
Se
hizo cada vez menos evidente poder elegir qué hacer con la
propia vida. Había que seguir las leyes de la oferta y la demanda.
No es que los religiosos hubiéramos perdido el sentido de la
vocación, es que la mera idea de vocación se hizo problemática.
Nicholas Boyle, un filósofo inglés, escribió:
"Ya no hay más vocaciones para nadie; la sociedad no está
compuesta de personas que consagran su vida en tal o en cual dirección
particular, sino de funciones que deben ser desempeñadas sólo
mientras exista el deseo de que sean cubiertas". Todas estas
profesiones, empleos y especialidades eran como pequeños ecosistemas
que ofrecían diferentes modos de ser seres humanos. Se han
debilitado y desmoronado, como los frágiles hábitats
de los escasos sapos o caracoles. La sociedad se está homogeneizando.
Todo lo que queda es el individuo y el estado, o quizás el
consumidor y el mercado. Mucho más simple, pero más
solitario y vulnerable.
Sospecho que en la Iglesia hemos sufrido el soplo de ese mismo viento
frío, que nos dejó siendo una comunidad más simple
y menos confiada. Porque la Iglesia forma parte también de
la sociedad civil. Hemos sido una sociedad compleja, con todo tipo
de instituciones que nos daban una identidad: también nosotros
teníamos universidades, hospitales, escuelas, profesiones y,
sobre todo, órdenes religiosas, que ofrecían a la gente
vocaciones, identidades que eran apoyadas, respetadas y honradas.
La Iglesia tenía toda clase de jerarquías y estructuras
que se equilibraban mutuamente. ¡Ser Madre Superiora o Directora
Católica significaba ser alguien importante! Los sacerdotes
temblaban cuando tocaban el timbre de la puerta. Pero de algún
modo nuestra Iglesia ha sufrido una transformación similar
a la del resto de la sociedad. Y lo que queda de nosotros ya no es
el consumidor individual y el Estado o el Mercado, sino el creyente
individual y la Jerarquía. Hemos perdido confianza en las otras
identidades. Y quizás sea esta una razón por la que
la cuestión del sacerdocio, y del que aspira a serlo, es un
tema candente para nosotros. Porque, si no tienes un pie en esta escalera,
no puedes llegar a ser alguien que realmente cuente.
¿Quiénes somos nosotros, los religiosos? ¿Cómo
encajar en el tejido y la estructura de la Iglesia? A menudo intentamos
responder situándonos nosotros mismos como jerarquía.
¿Somos laicos, o clérigos, o algo a mitad de camino
entre los dos? O podemos responder situándonos en contra de
la jerarquía, como profetas que sacuden los puños contra
la Iglesia Institucional. Pero este es un mapa equivocado. Es como
si alguien buscara las Montañas Rocosas en un mapa que presentara
las fronteras de los Estados de América. ¿Están
en Colorado o en Wyoming? ¿Por qué no podemos ver las
montañas?
El mapa de la Iglesia que representa a la jerarquía es bueno
y válido. Todos estamos en él de un modo u otro. Algunos
religiosos somos laicos, otros sacerdotes, y algunos incluso obispos.
Pero no podemos usarlo para localizar la vida religiosa. No nos muestra
quiénes somos, lo mismo que las Rocosas no figuran en un mapa
que sólo tiene los límites de los estados. Y ni siquiera
puedes tener indicios de dónde están. Donde no hay ciudades,
podría haber algunas montañas. Pero necesitas otra clase
de mapa si quieres verlas claramente.
La gente se queja a menudo de la clericalización de la Iglesia.
Resulta paradójico que en el Concilio Vaticano II proclamáramos
una nueva teología de la Iglesia, descubriéramos una
teología del laicado, fuéramos todos parte del Pueblo
de Dios peregrinando hacia el Reino. Pero de hecho parece que la Iglesia
se ha vuelto incluso más clerical. En lugar de atribuir esto
a un siniestro complot, yo creo que debemos considerarlo en el contexto
de la profunda transformación de la cultura occidental. En
el mundo del mercado global no hay lugar para que la gente tenga vocaciones,
bien sea de maestros, de enfermeras o de religiosos. Un trabajo es
simplemente la respuesta a una demanda. Y así, cuando la Iglesia
Católica entró en el mundo moderno con una explosión,
cuando el Papa Juan XXIII abrió las ventanas, un viento frío
aventó también dentro de la Iglesia todas las demás
frágiles identidades vocacionales. Frente a la clericalización
de la Iglesia, por supuesto que hay que dar pasos para abrir posiciones
de influencia a los laicos y a las mujeres, a fin de que cese la dominación
de la clase clerical. Pero ese es tema para otra conferencia. Lo que
yo estoy diciendo aquí es que sería un error pensar
que la respuesta a nuestra crisis de identidad es abolir toda jerarquía
y caminar hacia una Iglesia que se parezca más a nuestra sociedad
liberal e individualista. Esto no nos daría lo que queremos.
Lo que podemos ver en nuestra propia sociedad, en las calles de nuestras
grandes urbes desiertas, es que el individualismo es cruel. Crea desiertos
urbanos en los cuales pocas personas pueden florecer realmente. Mary
Douglas, una antropóloga, sostiene que a las mujeres, por ejemplo,
les iría todavía peor en una sociedad más individualista.
Escribió que "los procesos de individualismo degradan
a los fracasados económicamente, y sólo puede crear
abandonados y mendigos. Los miembros de una cultura individualista
no son conscientes de su conducta excluyente. La condición
de los excluidos de manera no intencional, por ejemplo los mendigos
durmiendo en las calles, sorprende a los visitantes de otras culturas".
Según Mary Douglas, una sociedad sana es la que tiene todo
tipo de estructuras que se contrarrestan y de instituciones que dan
voz y autoridad a los diferentes grupos, de modo que no haya una clase
de seres humanos que domine ni un único mapa que te diga cómo
están las cosas. Quizás lo que necesitamos no es reproducir
el desierto homogéneo del mundo consumista, sino más
bien parecernos a un bosque forestal que tiene toda clase de nichos
ecológicos para las diferentes posibilidades de vida humana.
En ese sentido, no necesitamos menos jerarquía, sino más.
Necesitamos cantidad de instituciones y estructuras que reconozcan
y den la palabra y la autoridad a toda esta diversidad de modos de
ser miembros del pueblo de Dios, tanto mujeres como parejas casadas,
académicos, doctores y órdenes religiosas. En la Edad
Media más bien era así. El emperador y la nobleza, las
grandes abadías de hombres y mujeres, las universidades y las
órdenes religiosas... todos ofrecían focos alternativos
de poder e identidad. Teníamos muchos más mapas con
los que las personas podían encontrarse a sí mismas.
Leí una vez en el Cardenal Newman, y después no he podido
nunca encontrar dónde, que la Iglesia florece cuando reconocemos
las diferentes formas de autoridad. él nombra específicamente
la tradición, la razón y la experiencia. Cada una pide
respeto y necesita instituciones y estructuras que la sustenten. La
tradición está salvaguardada por los obispos, la razón
por las universidades y centros de estudio, y la experiencia por toda
clase de instituciones, desde las órdenes religiosas hasta
la vida de matrimonio, allí donde la gente escucha la Palabra
y reflexiona sobre ella en su propia vida. Lo que necesitamos no es
el individualismo del moderno desierto urbano, sino algo más
parecido a un bosque húmedo, con toda clase de nichos ecológicos
para animales diversos que puedan crecer y multiplicarse y alabar
a Dios con mil voces diferentes.
¿Quiénes somos nosotros los religiosos, y cuál
es nuestra vocación en la Iglesia? La respuesta a esta cuestión
importa, pero no precisamente porque pueda darnos confianza para ir
tirando e incluso para atraer nuevas vocaciones. Es importante porque
para responderla tenemos que reflexionar sobre esa crisis de identidad
que aflige a mucha gente hoy; nadie ha sido creado por Dios para ser
un consumidor o un trabajador, para ser vendido y comprado en la plaza
del mercado como un esclavo. Si podemos recuperar la confianza en
nuestra vocación, seremos capaces de mostrar algo de la vocación
humana. La salida que encontremos atañe al significado mismo
del ser humano.
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La identidad como vocación
Leí el otro día que un niño americano de trece
años llamado Jimmy tuvo problemas porque él y su familia
insistían en su derecho de llevar un pendiente en la escuela.
Se fundaban en que "Cada persona tiene derecho a escoger quién
es". Desde luego, en cierto sentido uno se inclina a aplaudir
a Jimmy. No le falta razón. Corresponde al hecho de ser alguien,
de tener una identidad, el poder hacer opciones significativas y decir:
"éste soy yo. Yo quiero llevar esos pendientes".
Pero no se puede escoger en absoluto el ser alguien. Si yo decidiera
ponerme pendientes, ropa de cuero y circular por Roma en moto, supongo
que mis hermanos me pondrían objeciones y me dirían:
"Timothy, ése no eres tú". ¡Al menos
espero que lo hicieran! Yo no puedo decidir ser un punk, lo mismo
que no puedo decidir ser Tomás de Aquino.
Ser alguien es ser capaz de tomar decisiones significativas sobre
su propia vida, pero de algún modo esas decisiones deben estar
relacionadas, componer una historia. Se tiene una identidad porque
las opciones que uno hace a lo largo de su vida tienen una dirección,
una unidad narrativa. Lo que hago hoy debe tener sentido a la luz
de lo que hice antes. Mi vida sigue un patrón, como una buena
historia. Una de las razones por las quelas profesiones y los empleos
eran tan importantes para la identidad humana es que daban una estructura
a los amplios fragmentos de la vida de una persona. Un músico
o un abogado o un carpintero no es precisamente algo que uno hace,
es una vida, desde la juventud hasta la vejez, en el descanso y en
el trabajo, en la enfermedad y en la salud.
Pero nuestra vocación de religiosos nos lleva a iluminar la
más profunda estructura narrativa de toda vida humana. Durante
mis primeras clases como novicio, el maestro de novicios dibujó
un gran círculo en la pizarra y nos dijo: "Bien, chicos,
ésta es toda la teología que necesitáis conocer.
Todo viene de Dios y todo va a Dios". ¡Resulta que la cosa
era un poco más compleja que eso! Pero la pretensión
de nuestra fe es que toda vida humana es una respuesta a la invitación
de Dios a compartir la vida de la Trinidad. Esta es la narrativa profunda
en toda vida humana. Descubro quién soy al responder a esta
llamada. Lo que le dijo a Isaías me lo dice a mí: "El
Señor me llamó antes de nacer, desde el seno de mi madre
él me nombró". Un nombre no es una etiqueta útil,
sino una invitación. Ser alguien no consiste en escoger una
identidad en la estantería del supermercado (ángel del
infierno, estrella pop, franciscano); consiste en responder al que
me convoca para toda mi vida: "Samuel, Samuel", llama la
voz en la noche. Y él responde: "Habla, Señor,
que tu siervo escucha".
Jimmy - espero que lleve ahora sus pendientes- tiene razón
en parte. La identidad tiene que ver con tomar opciones. Pero no se
trata precisamente de escoger quién quieres ser, como uno escoge
el color de sus calcetines; la opción consiste en responder
a esa voz que le convoca a uno para toda la vida. La identidad es
un don, y la historia de mi vida está hecha de todas esas opciones
para aceptar o rechazar ese don.
Pablo escribe a los Corintios: "Es Dios quien os ha llamado a
compartir la vida de su Hijo, Jesucristo nuestro Señor, y Dios
es fiel" (1 Cor 1,9). Lo que quiero sugeriros esta mañana
es que la vida religiosa es una manera particular y radical de decir
"Sí" a esa llamada. De un modo puro y simple, allana
el terreno de toda vida humana, que es una respuesta a una invitación.
Con nuestro extraño modo de vivir, hacemos explícito
el drama de toda búsqueda humana de identidad, pues todo ser
humano intenta captar el eco de la voz de Dios que le llama por su
nombre. Otras vocaciones cristianas, como el matrimonio, también
hacen lo mismo, pero de manera diferente, como indicaré más
abajo.
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Dejándolo todo
Cuando los religiosos discutimos sobre nuestra vocación, pueden
estar bien seguros de que antes de mucho rato aparecerá la
palabra "profético". Y esto se comprende. Nuestros
votos están tan directamente en contradicción con los
valores de nuestra sociedad que tiene sentido hablar de ellos como
profecías del Reino. La Exhortación Apostólica
Vita Consecrata utiliza el término. Me encanta que otros utilicen
la palabra al hablar de nosotros, pero acepto de mala gana que nos
la apropiemos nosotros mismos. Podría representar una insinuación
de arrogancia: "Nosotros somos los profetas". A menudo no
lo somos. Y sospecho que los auténticos profetas dudarían
a la hora de pedir para ellos ese título. Como Amós,
ellos tienden a rechazar tal denominación y a decir: "Yo
no soy ni profeta ni hijo de profeta". Prefiero pensar que nosotros
somos aquellos que dejan atrás los signos habituales de identidad.
El joven rico pregunta a Jesús: "¿Qué me
falta por hacer?". "Jesús le dijo: Si quieres ser
perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres,
así tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme.
Cuando el joven oyó esto, se marchó con el corazón
triste, porque era un hombre muy rico" ( Mt 19, 20-22).
En primer lugar, nuestra vocación muestra algo acerca de la
vocación humana por aquello que dejamos atrás. Renunciamos
a muchas de las cosas que dan identidad a los seres humanos en nuestro
mundo: dinero, situación, pareja, una carrera. En una sociedad
en la que la identidad es ya tan frágil, tan insegura, nosotros
renunciamos a esa serie de cosas que las personas buscan para tener
seguridad, los apoyos de nuestra poco segura percepción de
quiénes somos. Incesantemente repetimos la pregunta: ¿Quiénes
somos? Pero nosotros somos aquellos que renuncian a los signos habituales
de identidad. ¡Eso es lo que somos! ¡No es sorprendente
que tengamos problemas!
Hacemos eso para aportar luz a la verdadera identidad de todo ser
humano. En primer lugar, mostramos que la identidad de cada persona
es un don. Ninguna identidad autocreada es adecuada para responder
a quiénes somos. Todas las pequeñas identidades que
podemos construirnos con esfuerzo en esta sociedad son demasiado pequeñas.
Y en segundo lugar, mostramos que la identidad humana no se nos da
ahora. Es la historia completa de nuestras vidas, desde el principio
hasta el final y más allá, la que nos enseña
quiénes somos.
San Juan escribe: "Queridos, ahora somos hijos de Dios, y aún
no se ha manifestado lo que seremos. Pero sabemos que cuando Cristo
se manifieste, seremos como él, porque le veremos tal como
es" (1 Jn 3,2). Echar abajo los puntales es un signo de que toda
identidad humana es una sorpresa, un don y una aventura.
Permitidme ilustrar esto con algunos ejemplos. No se trata, por supuesto,
de hacer una teología de los votos, sino de algunas sugerencias
sobre cómo los votos tienen que ver con la cuestión
de la identidad humana.
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Obediencia
En la Orden Dominicana, cuando haces la profesión, pones las
manos en las manos de tu superior y le prometes obediencia. Supongo
que en todas nuestras congregaciones, de un modo u otro, es un momento
duro y decisivo cuando te pones en las manos de tus hermanos y hermanas
y dices: "Aquí estoy; enviadme donde queráis".
Erik Erikson definía el sentido de la identidad como "un
sentimiento de estar en casa en su propio cuerpo, una sensación
de saber a dónde vamos, y un reconocimiento interior anticipado
de aquellos que cuentan". Bien, la obediencia erradica limpiamente
esa sensación de saber a dónde vas. Se nos da la gloriosa
libertad de no saber a dónde nos dirigen. El religioso es una
persona que ha sido liberada de la carga de tener una carrera.
Una carrera es, para los humanos, una de las maneras de contar la
larga historia de su vida, y mostrar de un vistazo quiénes
son. Una carrera, para quienes son lo suficientemente afortunados
de tenerla, ofrece una secuencia, una estructura para las etapas de
la vida de una persona, cómo van subiendo la escalera, tanto
en la universidad como en el ejército o en la banca. Nosotros
no tenemos eso. Es cierto que muchas veces debemos ser elegidos para
un cargo, pero no subimos la escalera. Cuando yo hice mi profesión,
el 29 de septiembre de 1966, mi carrera terminó. Yo soy, y
sólo puedo ser, un fraile. Creo que existe un documento oficial
en Francia que incluye en la lista de los "sin profesión"
a los curas y las prostitutas. Recuerdo que, como capellán
universitario, mi papel consistía en ser la única persona
en el campus sin ningún papel, que "merodeaba con fines
criminales", como dice la policía inglesa cuando arrestan
a tipos sospechosos.
Y no sólo estamos a disposición de nuestros hermanos
y hermanas para ir a donde seamos enviados; somos obedientes a las
voces de quienes nos llaman de diferentes maneras. Recuerdo a un dominico
francés que vino a Oxford para aprender bengalí. Había
sido sacerdote obrero durante dieciséis años, construyendo
coches para la Citröen, o más bien liderando huelgas y
asegurándose de que los coches no fueran construidos. Pero
entonces Nicolás y su Provincial llegaron a la conclusión
de que su vida había comenzado una nueva etapa, y que debería
ir a Calcuta y vivir con los más pobres. Recuerdo que le pregunté
qué pensaba hacer allí. Y me respondió que no
le tocaba a él decirlo. Ya le dirían lo que tendría
que hacer.
La invitación puede llegar por medio de las personas más
inesperadas. Nuestros hermanos en Vietnam sufrieron muchos años
de persecución y encarcelamiento, y a menudo tuvieron que esconderse
entre la gente. Uno de ellos, un hombre encantador llamado Francis,
después de esconderse durante un tiempo, fue finalmente capturado
por la policía y metido en la cárcel. Y dijo a quienes
le capturaron: "Debemos estaros agradecidos. Porque nosotros
los dominicos vivíamos juntos entre nosotros, pero ahora que
habéis venido a buscarnos, nos habéis enviado en medio
de la gente".
El voto de obediencia nos convoca más allá de todas
las identidades que una carrera pudiera darnos, e incluso más
allá de todas las identidades que pudiéramos construirnos.
Apunta hacia una identidad que está abierta a todos aquellos
cuya vida no va a ninguna parte, que nunca han tenido una carrera,
que nunca tuvieron un trabajo, ni aprobaron un examen o tuvieron un
éxito. Nuestra renuncia a una carrera es un signo de que todas
las vidas humanas se dirigen finalmente a alguna parte, aunque parezca
que muchas de ellas van hacia un callejón sin salida, porque
hay un Dios fiel que nos convoca a cada uno de nosotros a vivir.
Cada año la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia
Irlandesa de Superiores Mayores elabora una crítica al presupuesto
del gobierno, y los ministros tiemblan cuando la esperan. Pero un
día, después de hacer un documento particularmente duro,
el Primer Ministro, Charlie Haughty, lo rechazó, diciendo que
era difícil tomar en serio las críticas hechas por un
grupo de personas que se llamaban a sí mismos a la vez mayores
y superiores. Ellos tomaron nota, y cambiaron su nombre por el de
Conferencia de Religiosos. ¡Ojo, que no os estoy lanzando una
indirecta!
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Castidad
El voto de castidad es tan duro de sobrellevar tal vez porque toca
muchos aspectos de nuestra identidad. Pienso que será tratado
más ampliamente por otros conferenciantes, así que sólo
diré unas palabras.
Para la mayoría de los seres humanos, el signo fundamental
de su identidad es que hay otra persona para quien ellas son el centro;
su marido, esposa o compañero. Nosotros no tenemos esto. A
pesar de que yo pueda amar y ser amado por muchas personas, yo no
puedo definirme a mí mismo por este tipo de relación.
Es tal la pérdida, tal la privación que yo no creo que
se pueda vivir provechosamente a no ser que nuestra vida esté
profundamente alimentada por la oración.
Una de las cosas más penosas, al menos para mí, es que
uno renuncia a la posibilidad de tener hijos. En algunas sociedades
esto significa que uno nunca puede ser aceptado como un hombre. Recuerdo
la desolación de un sacerdote recién ordenado que fue
a celebrar misa a un convento de Edimburgo. Cuando al fin se abrió
la puerta, la hermana lo miró y dijo: "Oh, es usted, padre;
creí que era un hombre".
Esto me recuerda también a un hermano americano, uno de cuyos
nombres era María, de acuerdo con una piadosa costumbre irlandesa.
Estaba protestando a voz en grito contra este mundo lleno de gente
extraña y pervertida tiempos. Y un hermano apartó el
periódico que estaba leyendo y dijo: "Vamos, a ver si
piensas tú que eres tan normal. Te llamas María y llevas
una falda".
Uno deja padre, madre, hermano, hermana, toda la red de relaciones
humanas que le dan a uno un nombre y un sitio en el mundo.
Visité Angola durante la guerra civil. Nunca olvidaré
un encuentro con los postulantes de los hermanos y las hermanas de
la capital, Luanda. Estaban separados de sus familias por las luchas
que rodeaban la ciudad y se enfrentaban a un dilema moral. ¿Debían
intentar cruzar la zona de guerra para encontrar a sus familias y
apoyarles durante estos tiempos terribles, o debían permanecer
en la Orden? Para los africanos, con un profundo sentido de familia
y tribu, era una situación terrible. Y nunca olvidaré
a la joven hermana que se levantó y dijo: "Dejad que los
muertos entierren a los muertos; nosotros debemos quedarnos para predicar
el Evangelio".
Así, pues, nuestras vidas están marcadas por una gran
ausencia, un vacío. Pero esto no tiene sentido a menos que
se viva alegremente, como una parte de una historia de amor, que es
el misterio profundo de toda vida humana. Incluso debe ser vivido
apasionadamente, como signo de ese amor de Dios que llama a cada ser
humano a la plenitud de vida. De otro modo es infructuoso y estéril.
Por tanto en nuestro voto de castidad debemos ser un signo de lo que
es el destino de todo ser humano. Todos somos convocados por ese amor,
incluso aquellos cuyas vidas parecen privadas de afecto, quienes no
tienen cónyuge, ni familia, ni hijos, ni tribu, ni clan, los
completamente solos.
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Pobreza
Es evidente que el voto de pobreza apunta al corazón de lo
que da a la gente una identidad en el mundo del mercado global. Es
la renuncia del status que se alcanza con los ingresos, la habilidad
de alguien que compra y vende. Nos invita a ser un auténtico
antisigno en nuestra cultura del dinero. Desde luego que a menudo
no lo somos. Mientras escribo estas palabras en lo alto de una colina
sobre el Tíber en nuestro enorme priorato de Santa Sabina,
puedo ver una pequeña chabola en el banco del río, donde
una familia está viviendo y poniendo a secar su ropa. Si llueve
y sube el nivel del río, su casa será arrastrada por
la riada. Los miro, y me sonrojo al pensar cómo nos ven ellos
a nosotros.
Recuerdo cómo una de nuestras provincias concluyó una
semana de discusión sobre el voto de pobreza con un banquetazo
en un restaurante caro. Uno de los hermanos dijo: "Bien, si la
semana sobre la pobreza termina aquí, ¡dónde acabaremos
todos nosotros el próximo año después de la semana
de discusión sobre la castidad!".
Pero durante mis viajes en todas partes he encontrado comunidades
de religiosos y religiosas, de todas las congregaciones, que comparten
sus vidas con los pobres, que son signos vivos de que ninguna vida
humana está destinada a terminar en un asqueroso basurero,
de que toda persona tiene la dignidad de hijo de Dios. Estas Navidades
he celebrado la Misa del Gallo con uno de nuestros hermanos, Pedro,
quien literalmente vive en las calles de París. Celebró
la fiesta con un millar de vagabundos en una gran carpa, en un altar
hecho con cajas de cartón, para simbolizar que Cristo nació
esa noche para todos los que viven en cajas de cartón bajo
los puentes de París. Cuando sacó el corcho de la botella
de vino para el ofertorio, ¡estallaron los aplausos de la gente!
En cada uno de esos votos vemos cómo se deja atrás,
abandonado, algún pilar de la identidad humana. Cedemos las
cosas habituales que nos dicen quiénes somos, y que somos importantes,
y que nuestras vidas tienen sentido. No es de extrañar que
nos sintamos inseguros sobre nuestra identidad. Pero tal vez nuestra
libertad no consiste ni siquiera en preocuparnos sobre quiénes
somos. Deberíamos estar mucho más interesados en quién
es Dios. Como Tomás Merton escribió en una ocasión:
"Me has llamado aquí no para llevar una etiqueta por la
cual yo pueda reconocerme a mí mismo dentro de alguna categoría
de gente. Tú no quieres que yo piense sobre quién soy
yo, sino sobre quién eres Tú. O, más bien, ni
siquiera quieres que piense mucho sobre nada, para así poderme
elevar Tú por encima del nivel del pensamiento. Y si yo estoy
siempre intentando representarme qué soy, y dónde estoy,
y por qué estoy, ¿cómo podrá realizarse
esto?".
En su autobiografía, La larga marcha hacia la Libertad, Nelson
Mandela describe su gran orgullo y alegría cuando compró
su primera casa en Johanesburgo. No era mucho, pero se había
convertido en un hombre. Un hombre debe poseer tierras y engendrar
hijos. Pero a causa de la lucha por su pueblo, él difícilmente
vivía en esa casa o veía a su familia. Hizo una opción
muy parecida a la de nuestros votos. Escribió: "Era ese
deseo de la libertad de mi pueblo para poder vivir su propia vida
con dignidad y respeto por sí mismo lo que animó mi
vida, lo que transformó a un joven asustado en atrevido, lo
que hizo que un abogado observante de la ley se convirtiera en un
criminal, lo que transformó a un marido amante de su familia
en un hombre sin hogar, lo que forzó a un vividor a vivir como
un monje. Yo no soy más virtuoso o sacrificado que cualquier
otro, pero me pareció que yo ni siquiera podría disfrutar
de la pobre y limitada libertad que se me permitía mientras
supiera que mi pueblo no era libre. La libertad es indivisible: las
cadenas de uno solo de mi pueblo eran las cadenas de todos ellos,
y las cadenas de mi pueblo eran mis propias cadenas".
Mandela perdió su esposa, su familia, su libertad, su carrera,
salud y status, a causa de su gran hambre de libertad para su pueblo.
Su encarcelamiento era un signo de la dignidad escondida de su pueblo
que un día saldría a la luz. Pocas comunidades religiosas
serán tan duras como Robben Island, pero también nosotros
dejamos atrás mucho de lo que podría darnos una identidad,
como signo de la escondida dignidad de los que han muerto en Cristo.
Porque, como escribe Pablo a los Colosenses, "Habéis muerto,
y ahora vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando
aparezca Cristo, nuestra vida, entonces vosotros apareceréis
juntamente con él en gloria" (Col 3, 3-4).
La mañana de Pascua, Pedro y el discípulo amado corren
hacia el sepulcro vacío. Pedro ve solamente una pérdida,
la ausencia de un cuerpo. El otro discípulo ve con los ojos
de alguien que ama, y ve un vacío relleno con la presencia
del Resucitado. También puede ser que nuestras vidas parezcan
marcadas por ausencia y pérdida, pero quienes miran con ojos
de amor pueden verlas rellenas con la presencia del Señor Resucitado.
No quisiera hacer una consideración exclusiva en favor de nuestras
vocaciones de religiosos y religiosas. Todas las vocaciones humanas,
de médicos, profesores, trabajadores sociales, etc., dicen
algo acerca de la vocación humana, que consiste en responder
a la llamada de Dios que nos invita al Reino. Lo que es específico
de nuestra vocación es que muestra este destino universal mediante
el abandono de otras identidades. La Exhortación Apostólica
Vita Consecrata habla de nosotros como de "símbolos escatológicos".
Y seguramente esto es cierto. Además, me llama la atención.
Sería hermoso que pudiéramos escribir en nuestro pasaporte,
donde dice profesión, "símbolo escatológico".
Pero alguien puede argumentar que, más aún que nosotros,
es el matrimonio el que constituye un símbolo escatológico.
Es la consumación del amor, ese "sabbath" del espíritu
humano, cuando dos personas permanecen en amor mutuo, lo que nos da
un símbolo del reino que anhelamos. Quizás nosotros
somos un signo del viaje, y las parejas casadas, del destino.
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Una ecología para el florecimiento
He intentado dar una definición de la identidad de la vida
religiosa. Se trata de una definición paradójica, porque
nos define como aquellos que han renunciado a la identidad tal como
la entiende nuestra sociedad. Pero no podemos detenernos ahí
(¡muchos de nosotros quisiéramos hacerlo!). En nuestra
sociedad, que es hostil a la simple idea de vocación, y que
está echando por tierra el sentido de identidad y vocación
de todo ser humano, una definición clara no es suficiente.
Sería como intentar confortar a los tigres amenazados de extinción
con una hermosa definición de la tigreidad.
En este desierto humano que es el mercado global, necesitamos construir
un contexto en el que los religiosos puedan florecer actualmente y
ser invitaciones vivas a caminar en el camino del Señor. Lo
que hace una orden o congregación particular es ofrecer un
contexto concreto. En el mundo de hoy, estamos tentados de considerar
las órdenes religiosas como multinacionales en competencia:
¿quiere gasolina jesuita de alto octanaje, o gasolina sin plomo
franciscana? Pero la imagen que a mí me parece más adecuada
es la de cada instituto como un miniecosistema que sustenta una forma
de vida diferente. Para florecer como mariposa hace falta algo más
que una hermosa definición, hace falta un contexto ecológico
que permita pasar de huevo a gusano, y de crisálida a mariposa.
Algunas mariposas necesitan ortigas, estanques y algunas plantas raras,
de otro modo no pueden salir adelante. Para otras variedades de mariposas,
la presencia de excrementos de oveja parece ser vital. Cada congregación
religiosa se caracteriza por ofrecer una nicho ecológico diferente
para cualquier modo particular de ser un ser humano. ¡De cualquier
modo, me resistiré a la tentación de pensar cuántas
formas de mariposas o de órdenes diferentes me vienen al pensamiento,
de momento!
Una orden religiosa es como un entorno. Construir la vida religiosa
es como hacer una reserva natural en una construcción antigua.
Tienes que plantar algunas ortigas por aquí, cavar un estanque
allá, y en ese plan. ¿Qué necesitan nuestros
hermanos y hermanas para florecer en este viaje, cuando han dejado
atrás carrera, riqueza, status y la seguridad de una pareja?
¿Qué necesitan mientras hacen esta dura peregrinación
del noviciado a la tumba? Cada congregación tendrá sus
propios requerimientos, sus propias necesidades ecológicas,
su propia identidad. Y esto me lleva a una aparente paradoja: he definido
la identidad de la vida religiosa como el abandono de la identidad,
dejando atrás los puntales e indicadores que dicen a la gente
quiénes somos. Y sin embargo nuestras órdenes y congregaciones
nos ofrecen identidades. Cada uno tenemos nuestro estilo distintivo.
¡Por eso tenemos esos chistes horribles sobre jesuitas, franciscanos
y dominicos cambiando lámparas eléctricas!
Recuerdo que cuando dije a un tío abuelo mío benedictino
que quería ser dominico, me miró con dudas y me dijo:
"¿Estás seguro de que es una buena idea? ¿No
se supone que ellos son más bien listos?". Y después
de pensar un poco, dijo: "No, pensándolo bien, he conocido
montones de dominicos estúpidos".
Pero la paradoja sólo lo es en apariencia. Cada congregación
ofrece una identidad, pero es una manera particular de caminar tras
el Señor, una manera particular de autoolvido. Un carmelita
será feliz de serlo no porque ello le da un status, sino porque
es una manera particular de renunciar a él. Necesito deleitarme
en mi orden, con sus piedras, sus santos, sus tradiciones, para así
poder crecer en el valor de renunciar a todo lo que la sociedad considera
importante. Me gusta la historia del Beato Reginaldo de Orleans, uno
de los frailes más antiguos, quien dijo al morir que no había
tenido mucho mérito siendo dominico, porque había disfrutado
mucho con ello. Necesito historias como ésa para animarme a
florecer como un fraile pobre, casto y obediente, para gozar de ello
como libertad, y no como prisión. Necesito historias como ésa
para liberarme de la preocupación por mí mismo.
Por eso siento una gran simpatía por los jóvenes religiosos
que a menudo piden hoy signos claros de su identidad como miembros
de una orden religiosa. La aventura de mi generación, que creció
con un fuerte sentido de identidad católica e incluso dominicana,
fue deshacerse de los símbolos que nos colocaban aparte de
los demás, como el hábito; y sumergirnos en la modernidad,
dejándonos probar por sus dudas y compartiendo sus preguntas.
Eso fue correcto y fructífero. Pero los jóvenes que
vienen a nosotros hoy a menudo son los hijos de esa modernidad, y
han sido perseguidos por sus preguntas desde la niñez. Ellos
tienen otras necesidades, signos claros de ser miembros de una comunidad
religiosa, que les sostenga en esta muy extraña manera de ser
un ser humano.
Una última observación: necesitamos un entorno que nos
sostenga en nuestro crecimiento personal. El hecho de que estemos
llamados a dejar atrás esas cosas que nuestra sociedad considera
como símbolos de status e identidad no significa que estemos
dispensados de las dificultades de crecer para llegar a ser seres
humanos maduros y responsables. Todos conocemos a hermanos que quieren
ordenadores cada vez más caros mientras proclaman que el voto
de pobreza les excusa de preocuparse por el dinero.
Lo que podemos ver con nuestros propios ojos es que renunciar a la
familia, el poder, la riqueza y la autodeterminación no nos
convierte en unos flojos. ¡Nadie dirá que Nelson Mandela
tiene una personalidad débil! Pero este crecimiento hacia la
madurez nos pedirá que por través de momentos de crisis.
¿Nos sostendrán nuestras comunidades entonces? ¿Nos
ayudarán a vivir esos momentos de muerte como momentos también
para renacer? Una vez preguntaron a un monje anciano qué hacían
en el monasterio, y respondió: "¡Oh, caemos y nos
levantamos, caemos y nos levantamos, caemos y nos levantamos!".
Necesitamos un entorno en el que podamos caer y levantarnos, mientras
avanzamos titubeantes hacia el Reino.
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Conclusión
Permitidme concluir resumiendo en un minuto el viaje que hemos hecho
durante esta conferencia.
La cuestión que se me planteó era ésta: ¿cuál
es la identidad de la vida religiosa hoy? Respondo diciendo que debemos
situarnos en el contexto de una sociedad en la que mucha gente sufre
una crisis de identidad. El mercado global elimina todo tipo de vocación,
lo mismo si eres médico que si eres sacerdote o conductor de
autobús.
El valor de la vida religiosa consiste en que ofrece una vívida
expresión del destino de todo ser humano. Pues cada ser humano
descubre su identidad en la respuesta a la invitación de Dios
a compartir la vida divina. Nosotros estamos llamados a ofrecer una
particular y radical respuesta a esa vocación renunciando a
cualquier otra identidad que pueda seducir nuestros corazones. Otras
vocaciones, como el matrimonio, dan respuestas alternativas a ese
destino humano.
Terminaba diciendo que no podemos conformarnos con una bonita definición.
Necesitamos más que eso para seguir avanzando en nuestro viaje.
Cada orden o congregación religiosa debe ofrecer el entorno
necesario para sostenernos en el camino. Y, si no somos seducidos
por la sociedad de consumo, si vamos a ofrecer islas de contracultura,
entonces tendremos que trabajar mucho para construir ese entorno en
el cual nuestros hermanos y hermanas puedan florecer.
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