Beato Enrique Seuze

Breve historia

La celebérrima y encantadora figura del B. Enrique, junto con el maestro Eckart y Juan Tauler sobresale entre los extraordinarios maestros de la escuela dominicana de espiritualidad denominada «de los místicos renanos». Enrique, devoto ferviente de la Sabiduría y enamorado de la pasión del Señor, nació en las proximidades de Constanza (Alemania) probablemente en los primeros años del s. XIV. Su padre era de noble estirpe, pero irreligioso; su madre, de la familia Seuze, era muy piadosa y de ella tom6é Enrique su apellido, A la edad de trece años entré en la Orden de santo Domingo en el convento de Constanza. Siendo por naturaleza tierno y afectivo, durante los primeros cinco años de vida religiosa vivid con escaso fervor, pero iluminado e invadido por la luz de la gracia divina y adornado de dones místicos, se destac6 luego por la austeridad de vida y por soportar con paciencia y en silencio adversidades y calumnias.
Escribió obras muy aceptadas por el pueblo fiel, de gran fama en la historia de las obras de la espiritualidad y que aún hoy ayudan a la vida espiritual. Sus obras de mística -algunas de ellas escritas en lengua vernácula han sido repetidamente apreciadas y publicadas y entre ellas destaca su Horologium Sapientiae (Reloj = Diálogo de la Sabiduría) en la que propone el despojo de lo sensible y la unión con Dios por la contemplación de las perfecciones y de la pasión de Cristo. Enrique, ejemplar en la humildad y en la caridad, adornado de gracias celestiales, ardiendo en el amor a Jesús, cuyo nombre esculpió en su propio pecho, murió piadosamente en Ulm el 25 de enero de 1366. Su sepulcro fue destruido en las guerras religiosas del s. XVI. Su culto fue confirmado por Gregorio XVI el 22 de abril de 1831.

Liturgia de las Horas

Del Común de pastores o de religiosos.

Oficio de lectura

Segunda Lectura

De las Cartas del beato Enrique Seuze, presbítero
(Ep. 28: ed. K. Bihlmeyer, Heinrich Seuse,
Deutsche Schriften, Stuttgart 1907, pp. 486-488, 494)

Testamento del amor o Regla del amor

¡Sea santificado en vosotros el nombre de Dios para que podáis sacar aguas con gozo de las llagas de Cristo! (Is 12, 6) ¡Que en vosotros esté el amor divino, la paz verdadera y la profunda humildad que mana del corazón fiel de Cristo, el gozoso olvido de sí mismo en compañía del dignísimo Hijo de Dios y de la Virgen! Sea este mi «sermón del Señor » para despedirme yo de vosotros en Cristo Jesús.
Estad bien convencidos, hijitos, que tal debe ser esfuerzo en las buenas obras, tal nuestro trabajo ante Dios. Tened, pues, variedad de obras pero unidad de alma. Se recibe más abundantemente la gracia en el tiempo y la gloria en la eternidad cuando nuestro esfuerzo se pone en las manos de Dios que cuando se apoya en una obra externa de perfección, aunque nos parezca santa y grande.
Cultivad todas las virtudes que os sea posible, pero no queráis poner en ellas la confianza sino solamente en Cristo.
Dirigid hacia él, ya en la patria celeste, vuestros corazones y considerad esta patria terrena como un dulce destierro, no por lo que significa sino por el deseo ardiente, esperando siempre cumplir la voluntad de Dios y siendo celosos de su honor. Recibidlo todo como de la mano de Dios: el gozo, los trabajos, las adversidades, la prosperidad, el honor, la alegría, la ignominia, la calumnia. Postraos en primer lugar a los pies de Dios, tirándoos por tierra vosotros mismos de modo tan total y perfecto que ya nadie os pueda despreciar de modo mayor. Alegraos del honor de nuestro Señor, anheladlo, amadlo, no buscando en vosotros mismos ningún deleite. Confiad en él, no dejéis nunca de crecer en su amor.
Recibid esto, pues, queridísimos, de parte de Dios y de parte mía, miserable pecador, que soy amigo vuestro de modo total. Pues ¿qué?, ¿no queréis acaso confesar vuestros pecados? «Si, de buena gana, amado hermano». No confeséis, pues, los pecados de los otros. A quien no queréis imitar, tampoco lo debéis juzgar, más bien todo lo contrario: movidos por el conocimiento de la humildad, debéis sentiros vosotros mismos juzgados por todos los demás. ¿Queréis sentir al Señor? Ejercitaos en la intimidad y recogimiento dentro de vosotros mismos. ¿Queréis recibir una nueva iluminación y una nueva gracia de Dios? Aprended a conocer sus dones y a dar gracias a Dios por cada don que de él recibís.
¿Queréis que Dios viva en vosotros y vosotros en Dios en el tiempo y luego en la eternidad? Aprended a morir a vosotros mismos, porque la vida excelente del alma está escondida en la muerte progresiva de la voluntad natural. Esta muerte es la que nos hace seguir a Cristo, despojado y desnudo; despojados y desnudos nosotros en el gozo y en el dolor y en cualquier cosa que nosotros elijamos, en la que podamos cosechar gozos o dolores.
Esta es la norma más sencilla, que os separéis diligentemente de las cosas temporales. Purificad con Sabiduría las apariencias de las creaturas. Elevaos sin desviaciones al cielo con Cristo. Mortificad vuestra naturaleza con discreción pero con firmeza. Sed dulces en la humildad y seréis capaces de conocer la verdad entera. Nada más por ahora. ¡Seguid bien!

Responsorio
R. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor, * Ni anegarlo los ríos.
V. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable. * Ni anegarlo los ríos.

Laudes

Benedictus
Ant. Nosotros predicamos a Cristo crucificado, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
O bien, especialmente con canto: ant. El que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida, dice el Señor.

Oración
Oh Dios, que Ilamaste al bienaventurado Enrique al seguimiento de tu Hijo y lo hiciste admirable en la mortificacién del cuerpo; concédenos que, siguiendo a Cristo crucificado, gocemos de sus consuelos para siempre. El cual vive y reina contigo.

Vísperas

Magnificat
Ant. Mi alma siguió fielmente la sabiduría y la poseyó con pureza: en recompensa me dio Dios una lengua y con ella lo alabaré.
O bien, especialmente con canto: ant. Toda sabiduría viene del Señor y está con el eternamente y fue creada antes que todo.

La oración como en Laudes.

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