“Ahí está vuestro Dios, ahí viene el Señor…”

Estamos ya bien dentro del tiempo del Adviento. Sabemos que la palabra Adviento –Parusía– se puede traducir por “Presencia”, “Llegada”, “Venida”. Éste término era utilizado en el mundo antiguo para referirse a la llegada de un Rey o del Emperador a una ciudad de provincia del Imperio. También se la podría entender como una epifanía de la Divinidad que sale de su misterio y se nos da a conocer. En la fe cristiana esta palabra ha sido elegida para expresar el Misterio de Dios que en su Hijo siempre está viniendo a nosotros. Un Misterio que ya es Presencia que nos transforma con la fuerza de su salvación. El Adviento nos está invitando a la consolación y a la esperanza: Dios ya no es el Inaccesible, Aquel que se puede intuir mediante sus huellas en las creaturas o en su ley escrita en nuestro corazón, sino que en la Venida de su Hijo, en la Encarnación, Dios se nos hizo camino por donde retornar, camino que desemboca en la Verdad y la Vida que ansía toda persona humana:

“Con la palabra Adventus se quería decir substancialmente: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no podamos verlo o tocarlo como sucede en las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras”1.

Dios está aquí (Is 40, 9-10), no nos ha dejado solos. Esa es la gran consolación que canta el profeta Isaías al ver retornar al pueblo de Dios por un camino real, seguro, un camino que le preparará el mismo Señor. Un camino de retorno que será custodiado por Él en cuanto Buen Pastor que llevará en sus manos a los débiles y enfermos (Is 40, 11), luego de habernos rescatado de los desiertos de nuestras lejanías y esclavitudes. Jesús es ése Camino que debemos preparar, Jesús es el Camino que debemos allanar en nuestros desiertos del alma. El adviento es ése allanar los caminos (Mc 1, 3) para que Él pueda venir a mí y dirigirme su palabra de consolación.

La Gloria de Dios que nos promete revelarse y que verá toda creatura (Is 40, 5) no sólo hace referencia a la mano fuerte del Señor que, con los prodigios de un nuevo éxodo, llevará a su pueblo del exilio, el triste exilio de Babilonia en donde las cítaras de la alabanza divina colgaban silenciosas, sino que esta Gloria apunta a la noche santa de Belén. Allí en la oscuridad y el silencio que envuelve a toda la tierra, en medio de la indiferencia que envuelve a los suyos para los cuales la Palabra viene, allí en los campos, ante los pastores que velaban, gente sencilla y despreciada, se revelará la Gloria del Señor. La Gloria del Señor los envolvió con su luz (Lc 2, 9)… El contenido de ésa Gloria es el anuncio de que un Niño ha nacido para nosotros, de que un Hijo ha sido entregado a favor nuestro (Is 9, 5). La Gloria de Dios ha retornado en la pobreza de un Niño acostado en el pesebre, en el llanto de una creatura en medio de la noche fría del pecado. La Gloria de Dios ahora está envuelta en pañales y es toda sonrisa para aquellos que, en el desierto de sus vidas, hacen un camino para ir presurosos a su encuentro como los pastores.

Cuando hablamos de Gloria hacemos referencia a la Luz de Dios (1Jn 1, 5) que nos envuelve y nos salva, que nos libera de la esclavitud, que nos acompaña con su sombra en nuestro caminar, que ha puesto su tienda en medio de nosotros. Las cítaras colgadas en las orillas (Sal 136), en los tristes sauces de los ríos de Babilonia, serán trocadas por el canto de la paz y la reconciliación, un canto que ningún sollozo podrá ya interrumpir, el canto que desciende del cielo y transforma la tierra. El canto que, en la medida en que lo escuchamos como nuestra Buena Noticia, nos hace personas de buena voluntad, nos identifica con el querer de Dios, nos asimila a los sentimientos del Niño acostado en el pesebre que es nuestra Paz. ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! (Lc 2, 14) Paz a los hombres en quienes reposa la Gloria del Amor Divino en su Hijo.

Ante este Dios que viene, ante esta Gloria que quiere envolvernos con su Luz, no una Luz avasalladora sino una Luz que nos atrae y disipa los miedos, una luz que hace amanecer definitivamente la esperanza en nuestro corazón, una aurora que nos anuncia que “Dios está con nosotros” (Is 7, 14): ¿cuáles son los valles de nuestro corazón que debemos abajar, de cuántas autosuficiencias debemos bajarnos, de cuántas prepotencias y orgullos?

La Gloria de Dios que, a la vez, es el Camino de nuestra Redención, sólo se revela a los pequeños, a los humildes, a aquellos que se reconocen perdidos y necesitados del Pastor que les busque y les tome consigo. Sólo abajándonos podemos entrar en el Misterio de ésa Gloria de Dios que es Jesús, sólo abajándonos podemos entrar en el pesebre. Este preparar en nuestros desiertos un camino al Señor, a la Gloria del Niño de Belén que viene, quiere decir darle más tiempo al Señor. Darle la totalidad de nuestro tiempo para que Él lo convierta en una visitación suya, en un Adviento suyo. Dios no quiere las migajas de nuestra vida, sino todo nuestro ser. Este Adviento nos debe llevar a vivir más en su Presencia, ante su Mirada misericordiosa. ¿No podríamos dedicar un poco más de tiempo orando los bellos textos litúrgicos de cada día, en familia, ante la corona de Adviento, o el árbol luminoso o el pesebre cuya cuna espera al Redentor? ¿Qué podemos hacer como familia para preparar un camino al Niño Dios? El Papa Benedicto, en una de sus homilías al comienzo del Adviento, nos sugiere realizar, tanto personal como familiarmente, un “diario interior” en donde podamos expresar y percibir todas las Visitas del Amor de Dios en nuestra vida, en el año que culmina, en este período concreto de la vida. Vivir nuestra vida como una visitación del Señor:

“El Adviento nos invita a detenernos, en silencio, para captar una presencia. Es una invitación a comprender que los acontecimientos de cada día son gestos que Dios nos dirige, signos de su atención por cada uno de nosotros. ¡Cuán a menudo nos hace percibir Dios un poco de su amor! Escribir –por decirlo así- un “diario interior” de este amor sería una tarea hermosa y saludable para nuestra vida”2.

Fray Marco Antonio Foschiatti OP

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1 Benedicto XVI, Homilía en las I vísperas del Adviento, año 2008.

2 Idem.

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