Centenario de la Coronación Pontificia

Nuestra Señora del Rosario de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires

Crónicas de la época

Con el título “De la Reconquista y Defensa de Buenos” —Su Santidad Pío XI— la decretó el 24 de marzo de 1922, colmándose así las aspiraciones de los distinguidos prelados, corporaciones y devotos, que auspiciaron la feliz iniciativa, largo tiempo sustentada por el Reverendo Padre fray Álvaro Álvarez y Sánchez.

El mismo año y en la tarde del domingo 8 de octubre, fue cumplimentado el decreto pontificio, y la histórica Plaza de Mayo, escenario de la augusta ceremonia, congregó a más de treinta mil personas, las que, presididas por las altas autoridades eclesiásticas y civiles, se asociaron a exteriorizar su afirmación de fe a la milagrosa imagen.

Puede decirse: que la singular ceremonia alcanzó en todo momento a revestir la solemnidad de un grandioso acontecimiento religioso-patriótico.

Las banderas de tres pueblos hermanos, la española, la uruguaya y la chilena, realzaban aún mas la trascendencia de la escena consagradora del culto a la antigua imagen y glorificadora de acontecimientos de la epopeya nacional.

La Virgen de los tiempos coloniales, la que nuestros mayores implorar durante tantos años, ha sido coronada. Quedó así cumplida una aspiración de los creyentes al conferirle el Sumo Pontífice la consagración de los referidos blasones enunciados en sus títulos.

El tiempo no fue mayormente propicio. Brilló poco el sol por la mañana y el cielo se cubrió de grisáceas nubes con frecuencia. La temperatura baja y el viento fuerte sumaron sus notas displicentes al hosco cariz de la atmósfera, que en todos arraigó desde temprano inoportuna incertidumbre.

Pero no restó concurrencia al acto. Faltó con frecuencia la magnificencia del oro del sol; más, caldeados los entusiasmos e intensificadas las emociones de los presentes en diversos períodos del ceremonial, culminaron esos sentimientos al resonar las notas del Himno Nacional, coreado por la multitud junto al monumento de Belgrano, sitio adecuado en que se realizó la coronación de la imagen, a la que el prócer glorioso tributó su profunda veneración y a la entrada de cuya basílica descansan sus cenizas.

Preparativos para la ceremonia

La procesión para dirigirse a la Plaza de Mayo, lugar de la coronación, comenzó a organizarse a las 14.30 en el interior de la Catedral, a la que únicamente tuvieron acceso las Comisiones de damas y delegados de algunas congregaciones, además de las personas que, por su investidura, les correspondía sitio en la misma.

Cantados la antífona e himno que señala el ritual, salió la procesión, encabezada por las cruces y ciriales, y a continuación el clero flanqueando las imágenes de San Francisco, Santo Domingo y San Martín de Tours; después un grupo de niñas, con albos vestidos, formando el coro de ángeles; las banderas ofrecidas por los españoles, uruguayos y chilenos; la imagen de la Virgen, las damas, niñas con los cojines de las coronas; el nuncio, monseñor Alberto Vassallo di Torregrossa, bajo palio y acompañado por los obispos monseñores Rafael Edwards, Miguel de Andrea e Inocencio Dávila; secretario de la Nunciatura, monseñor Maurilio Silvani; autoridades eclesiásticas, Cabildo Metropolitano y clero y fieles, revestidos los prelados de mitra, capa pluvial y báculo.

Ya el público formaba gentío y se veía aumentar su afluencia por las diversas calles que convergen a la plaza. Los colegios y congregaciones, con sus pendones y vestiduras los primeros, matizaban el conjunto, y se notaban en las inmediaciones de los palcos destinados a las autoridades e invitados especiales, aunque mantenidos a cierta distancia, como en las aceras de la Casa de Gobierno, grupos compactos, a los que contenían, además de la policía, lo alambrados tendidos en determinados puntos.

Muchas personas provistas de billetes de acceso a los palcos no pudieron hacer uso de ellos porque la policía les impidió aproximarse por los únicos sitios en que era posible transitar por no existir las aglomeraciones. La actitud de la policía, sin que esto importe desconocer las dificultades que habrá tenido ante la muchedumbre para facilitar la coronación y el desfile, no pareció siempre lo acertado que correspondía.

La procesión se encaminó por las calles Rivadavia y Balcarce hasta frente la estatua del general Belgrano, en cuyo alrededor se hallaban los palcos para la coronación. Las imágenes fueron colocadas allí y la de la Virgen junto al acceso al palco oficial, a cuyo extremo se hallaba el dosel para el nuncio.

La coronación

A poco de ocupar el palco las autoridades eclesiásticas, llegó el presidente de la República, Hipólito Yrigoyen, cuya presencia fue saludada con aplausos y al que acompañaban los ministros.

Según es sabido, el Sumo Pontífice delegó para la coronación al arzobispo monseñor Espinosa, quien a su vez, debido al mal estado de su salud, designó al nuncio para realizarla.

Actuaron como padrinos el presidente de la República y doña Inés Dorrego de Unzué.

Se inició el acto y continuó desarrollándose, según el ceremonial, con las oraciones, lecturas, interrogaciones y demás pormenores prescriptos.

Leídos el Acta y el Breve pontificio, el obispo monseñor de Andrea pronunció un patriótico discurso, en el que fue varias veces interrumpido con aplausos por la enorme muchedumbre que rodeaba el palco oficial. Comenzó el orador haciendo resaltar el hermoso espectáculo que ofrecía la plaza, en la que se hallaban, dijo, congregados elementos representativos de todas las clases sociales de la República y de todos los pueblos de la tierra, con objeto de rendir homenaje público a la Virgen de la Reconquista.

Entre otras cosas, dijo el obispo: “Esa imagen no es tan sólo una reliquia histórica; es además, la representación de la personalidad augusta de la Virgen; de la misma manera que esa corona que la Iglesia va a colocar en su cabeza no es solamente una joya acrisolada en el amor, sino el símbolo externo de su invisible y esencial soberanía. Notros aceptamos los deberes que nos impone esta celestial soberanía; los de la practica de la justicia y la verdad. Y al enunciar nuestros deberes nos sentimos mas fuertes que al proclamar nuestros derechos. El hombre armado de un deber es siempre más fuerte que el armado simplemente de un derecho, porque puede uno ceder en su derecho, pero nunca puede renunciar a su deber’’.

Intensificados los entusiasmos en la palabra del orador y acallados los aplausos que éste arrancó, el nuncio, rodeado de los padrinos, bendijo las coronas y las colocó primero sobre la cabeza del Niño y luego sobre la de la Virgen.

 

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