Culto a la Eucaristía

De los Sermones de fray Juan Taulero

 

Los tres grados de alabanza al santísimo Sacramento

Con motivo de esta festividad, hay hombres que realizan muchas obras exteriores, adornan cuidadosamente los templos, tocan alegremente las campanas, llevan de una iglesia a otra con gran solemnidad este venerable Sacramento, le ofrecen oro y plata, los órganos resuenan y el canto suena más elevado y con más fuerza. Y los fieles hacen alegremente otras muchas cosas como forma de testimoniar su devoción y reverencia hacia este nobilísimo Sacramento, y lo veneran del modo en que pueden.

Todas estas manifestaciones de piedad, aunque externas, por pequeñas que sean, contribuyen en grado nada despreciable a la alabanza interior que debemos ofrecer a Dios. Sin embargo, todas estas obras y ritos externos pertenecen al grado más bajo de la alabanza divina. Y, sin duda, debe hacerse con toda reverencia cualquier acto que pueda imaginarse y redunde en honor de este Sacramento. Pues no hay gusano tan infame ni criatura tan vil que, si estuviese dotada de razón, no debiera levantar su cabeza e inclinarla con toda reverencia para honrarlo.

[Efectivamente,] hay otro grado más alto de alabanza a Dios: que el hombre le alabe desde el fondo de su corazón con gran amor e intensidad y con toda su inteligencia y todas sus fuerzas. Esa alabanza es muy superior a toda alabanza externa y a toda manifestación exterior de piedad.

Pero hay aún otro grado de alabanza, mucho más elevado que los dos anteriores: que el hombre, por iluminación interior divina, comprenda en su fondo la excelsitud y la grandeza de Dios, así como su propia pequeñez, sabiendo que es incapaz de alabar a Dios como conviene. Este modo de alabanza es muy superior y más excelente que toda alabanza que se haga a Dios con las palabras, el pensamiento o la inteligencia. Por eso se ha dicho: «Habla mejor de Dios aquel que, en el conocimiento de su riqueza interior, sabe callar acerca de Dios».

En cierta ocasión, un doctor predicaba sobre Dios y lo alababa con palabras. Y otro doctor, al oírlo, le ordenó callar diciendo que blasfemaba contra Dios. Sin embargo, ambos dijeron la verdad. Es realmente sorprendente que alguien se digne alabar con palabras la bondad de Dios, que es tan grande e inefable que supera toda inteligencia, la de los ángeles y la de los hombres.

Este grado de alabanza supera con mucho a los otros dos, [y se alcanza] cuando uno se da cuenta de que no hay palabras ni maneras que puedan alabar dignamente la inmensidad de la incomprensible dignidad y excelencia de Dios. [Entonces,] el espíritu [humano], apartándose de sí mismo, se sumerge entero en Dios y se funde en Él, y deja que sea Dios mismo quien se alabe y se dé gracias a sí mismo.

[Pues bien,] quien se sumerge aquí adecuadamente y se abisma perfectamente, ese no debe temer que Dios lo vaya a abandonar.

___________________

TAULERO, Fray Juan (2022) Sermones. El abandono interior y el nacimiento de Dios en el fondo del alma. Murcia: Salvador Sandoval O.P. y fray Julián de Cos O.P.  (Ed.), pp. 295-297. 

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