CumplimientoVoluntadPadre

Hijos de un mismo Padre

27 de septiembre de 2020
Ez 18, 25-28 | Sal 24, 4bc-5.6-7.8-9 | Flp 2, 1-11

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Mateo 21, 28-32

Querido hermano:

Dos hijos nunca son iguales. Si alguien reconoce que no estamos fabricados en serie, es una madre. Ella sabe los gustos de cada hijo, lejanos incluso cuando son semejantes. Tan diversos, aunque parezcan tan iguales. Su amor es único, porque es un amor de madre o de padre. Pero los hijos también son únicos. Dos hijos no son iguales, pero los dos son hijos. En eso, siempre serán iguales.

“Un hombre tenía dos hijos”. A los dos los amaba, aunque cada uno era distinto. O, mejor dicho, los amaba porque eran distintos. Un padre no es un fabricante de celulares en serie, que desecha al que no funciona. Por el contrario, cada niño es siempre único y ninguno puede sustituir a otro. Aquí está nuestra dignidad más profunda, en ser hijos de un Padre que no produce seres anónimos, sino que engendra personas irrepetibles.

El padre de la parábola tiene una voluntad. Quiere que sus hijos cultiven su viña. Este campo, amado y cuidado, no debía ser un lugar de obligaciones o de explotación, sino la labranza común de una familia. Por eso, el padre no busca forzar a sus hijos. Ni siquiera los hace llamar por otros, sino que se acerca a ellos y les pide: “vete hoy a trabajar”. ¡Cuántos caminos diversos pueden recorrerse luego de este pedido! Todos los hijos saben que habría podido ordenar, y ellos no habrían encontrado manera de resistirse. Sin embargo, al pedir sin exigir, cada uno puede dar una respuesta de libertad y de amor. O puede, si así lo desea, rechazar y extraviarse.

“Un hombre tenía dos hijos”. Uno dijo: “no quiero”, pero, arrepentido, fue. El otro dijo: “voy, Señor”, pero, satisfecho con su palabra, no fue. ¿Hubo un tercero, que dijo “voy”, y fue? ¿Y un cuarto, que no fue, como había dicho? En todo caso, el amor a su padre corresponde al que hace su voluntad, no al que pronuncia palabras e intenciones. Porque “no todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21).

Querido compañero de viaje: tú y yo somos esos hijos. Dios nos conoce como irrepetibles, únicos, y posó sobre nosotros su mirada de Padre amoroso que se regocija en sus criaturas. Nunca debemos cansarnos de repetirlo: sólo existimos porque Dios así lo quiso. No de manera anónima o general. Este Padre bueno nos dio el ser a cada uno de manera única y particular. Un padre humano recibe a sus hijos como un don sin elegirlos. Pero para esta paternidad sobrehumana todo se da en el misterio de un designio eterno que no incluye ninguna fatalidad.

Llega a tal punto la gratuidad de nuestro ser que Dios no necesitó de nosotros para ser Padre. En el interior de la Trinidad hay una comunión eterna entre el Hijo y el Padre, en el Espíritu Santo. No somos algo que a Dios le haga falta para expresarse o para encontrar un amor que le responda. Ese Hijo eterno es el único que puede decir: “yo siempre hago lo que le agrada” (Jn 8, 29).

Nuestra vida de hijos, por el contrario, se encuentra llena de contradicciones. Una de las más importantes y fundamentales es la que se da entre nuestro decir y nuestro hacer. Poco después del Evangelio de este domingo, el Señor rechaza a los fariseos: “dicen y no hacen” (Mt 23, 3). El fariseísmo es la corrupción del deseo profundo del hombre, que es encontrar su felicidad en Dios, su Creador y Salvador. No sólo se da en actitudes exteriores de cuidado por lo formal de lo religioso, aunque es una de sus manifestaciones más claras. En lugar de recibir un inmerecido amor paterno, intentan obtenerlo a fuerza de una declamación que tal vez sea sincera, pero que se centra en la propia justicia y no en el don de la Gracia.

Luego del pecado, que nos afecta a todos, somos como el hijo que dijo que no a su padre. No queremos seguir su voluntad y trabajar en su amada viña. Nos vamos hacia “un país lejano” (Lc 15, 13) y desgastamos nuestras energías en trabajos que no son más que fatigas inútiles, manotazos de ahogado en un mar de desesperanza.

Pero siempre está la posibilidad del arrepentimiento, porque mientras vivamos, nuestro “no” nunca es irrevocable. Por eso, incluso los más grandes pecadores pueden encontrar la misericordia de Dios a través de la penitencia (“los publicanos y las prostitutas os preceden”). Para llegar a Jesús, nadie puede exceptuarse de ser discípulo de Juan Bautista: preparar el camino del Señor incluye rechazar el pecado, mi pecado, como infidelidad al Dios que nos llama.

Por eso, no podemos desesperar. El desaliento no puede ser nuestro guía, pues siempre hay lugar para el perdón conseguido a precio de la sangre del Dios-Hombre. Si nuestra vida es como una fuente tranquila, que nunca se ha enturbiado, que mantiene su curso cristalino y sin pecado, ¡esto es misericordia de Dios!

Si hemos vagado por montañas pedregosas y nuestros pies están lastimados. Si tenemos heridas por las muchas espinas de los países lejanos y oscuros. Si, tras muchos intentos, seguimos tropezando y cayendo. Si nuestro herido corazón llora por la soledad que nos come por dentro, no nos desanimemos. ¡Hay más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión!

Un Padre espera a sus hijos arrepentidos. Él secará nuestras lágrimas, nos abrazará y nos invitará al banquete que no tendrá fin.

Fray José Eduardo Rosaz OP
Friburgo, Zuiza

Imagen: Parable of the two sons | Artista: Andrey N. Mironov | Fecha: 2012 

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