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La novedad del mandamiento

Quinto domingo de Pascua

 

15 de mayo de 2022
Hch 14,21b-27 | Sal 144,8-9.10-11.12-13ab | Ap 21,1-5a

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Juan 13,31-33a.34-35

Queridos hermanos:

«Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, ámense los unos a los otros. Así, como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros». He aquí la esencia de nuestra fe cristiana: el amor.

Notemos, en primer lugar, que esta exigencia de Jesucristo late, en primer lugar, en nuestra propia naturaleza: nuestro ser ha sido creado por amor y está llamado a amar y ser amado. Esta experiencia es la que define nuestra alegría en esta vida. Podemos carecer de todo, sin embargo, si tenemos a quien amar y alguien que nos ame, ya gran parte de nuestro anhelo de felicidad está cumplido.

Gran parte, no todo ni en lo principal. Porque nuestro corazón ha sido creado para amar por no cualquier cosa ni de cualquier manera. En él late el anhelo del infinito, el deseo de Dios. Por ello, ya en la Ley Antigua, Dios manda que se le ame a Él en primer lugar y sobre todas las cosas: «Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,6). Porque el amor a Dios se corresponde con el amor de Dios que, como Padre bueno y esposo fiel, ha elegido a un pueblo de su propiedad y le ha establecido una alianza que prepara un amor mayor y mejor.

Por ello, el mandamiento de Cristo es un mandamiento nuevo: no porque integre al prójimo como objeto del amor, cosa que ya se estableció en la Antigua Ley como consecuencia del amor a Dios, sino por su fundamento: «como Yo los he amado a ustedes».

El amor de Cristo que se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, ese amor que ha llegado hasta el extremo de la Cruz, es aquello que configura y da el ser a toda nuestra vida presente y la orienta con certeza sobrenatural hacia el futuro que es Dios.

Jesucristo no manda lo imposible. No sólo nos ha dado «un ejemplo para que sigamos sus huellas», sino que nos ha participado Su Espíritu, que lo es también del Padre para que participemos, por medio de la virtud teologal de la caridad en la misma vida divina. Por la caridad participamos como hijos en el Hijo del ser divino por adopción y gracia y, por tanto, y en virtud de ese mismo ser, podemos realizar operaciones con sentido y valor sobrenatural: amar al prójimo.

La vida de los santos nos muestra como este amor de caridad perfecciona la pasión y la virtud natural del amor y lo lleva a extremos de locura divina: mártires y santos que han encontrado la alegría de Dios en el darse hasta el fin y sin reservas enseñando al que no sabe, aconsejando con paciencia y humildad, rezando por todos, vivos y difuntos; corrigiendo al que hierra y atrayéndolo dulcemente a la verdad, consolando al triste y, al mismo tiempo, dando de comer al hambriento, vistiendo al desnudo, visitando al enfermo y al privado de libertad, hospedando al forastero. Conviene rezar con cierta frecuencia la letanía de los santos para ver, del mismo modo que vemos el arcoíris después de la lluvia por el maravilloso fenómeno de la difracción, como el amor de Cristo, se refleja de modo tan diverso siendo único, dando vida y hermoseando toda la realidad.

Los antiguos enseñaban que el amor une y asemeja a quienes se aman. Y así es: el amor nuevo, la virtud de la santa caridad nos une y nos asemeja a Cristo por la acción del Espíritu Santo. Este amor, es verdad, es causa de tribulaciones, injusticias y desprecios en esta vida. Así lo entendieron los apóstoles, que había conocido de primera mano el amor del Maestro y Su Sacrificio. Por eso, como oímos en la primera lectura, confortaban a los discípulos enseñándoles que «es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (cf. Hch 14). Sin embargo, al mismo tiempo que los advertían, los consolaban con el premio futuro, con la visión de la Jerusalén celestial que «desciende del cielo y viene de Dios embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo» (cf. Apo 21).

En este domingo pidamos a la Santísima Virgen María, cuyo Corazón Inmaculado estaba lleno de la gracia y la caridad fruto de la presencia en Ella del Santo Espíritu, que conserve en nosotros la santa caridad, que nos muestre siempre el amor de Cristo como ejemplo y virtud interior eficaz que nos mueva a las obras de misericordia y que, sosteniéndonos en los sufrimientos de esta vida, conserve en nosotros el amor de Dios «que hace nuevas todas las cosas» y que, en esta vida, es prenda de la gloria que esperamos gozar del cielo, donde Dios «secará todas las lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor». (apo 21). Que así sea.

Fray Julio Söchting OP
Mendoza

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