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La «sangre nueva» del Cordero

Corpus Christi

 

06 de junio de 2021
Ex 24, 3-8 | Sal 115, 12-13.15-16.17-18 | Heb 9, 11-15

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 14, 12-16.22-26

Una vez más celebramos, junto a toda la Iglesia, la solemnidad de Corpus Christi. El contenido y sentido de esta fiesta se encuentra en estrecho vínculo con el inicio del Triduo Pascual en jueves santo. La donación anticipada del sacrificio de Jesús en la cruz se expresa incruentamente en la institución del sacrificio eucarístico. La sangre pura del “cordero sin mancha” se derrama por muchos, esparciendo la gracia de la purificación en la conciencia de los hombres para blanquearla de las obras que llevan al pecado (cf. Heb 9, 14).

La sangre antigua
El libro del Éxodo muestra tan gráficamente el rito de purificación y ratificación de la Antigua Alianza que no es posible evadir el hecho de que la sangre que Moisés rocía sobre el pueblo es el sello de la declaración de obediencia y puesta en práctica de la Ley dada por el Señor (cf. Ex 24, 7). Pero esta alianza es letra que hace de los hombres siervos temerosos, ella no es capaz de llevar a término la obra de santificación, la anuncia pero no la hace acto.

En el relato del primer crimen, cometido por Caín sobre su hermano Abel, el Señor afirma: “La voz de la sangre de tu hermano está clamando a Mí desde la tierra” (Gn 4, 10). La sangre personificada es la que levanta el clamor por la injusticia cometida, pues en Abel ya no hay voz que pueda hacerlo, como dice San Ambrosio “Si tu hermano se calla, la tierra te condena” (De Caín, II, 9). Cuántas veces nuestras palabras y obras repiten la drástica reafirmación de uno mismo sobre la vida del hermano que nos ha sido confiado. Cuántas veces hemos apagado la voz de nuestros hermanos con nuestras ofensas, pisoteando sus vidas y provocando una “hemorragia interna” que es como el derramamiento de su sangre.

La expulsión de Caín y el castigo por su delito se orienta a una itinerancia errante, sin rumbo fijo; a lo cual se agrega el pecado de desesperación: “Mi culpa es demasiado grande para soportarla” (Gn 4, 13). De esto resulta un homicidio aún más trágico, el de la propia alma que se hace incapaz de arrepentirse elevando los ojos a Dios para obtener de Él el perdón y la paz. El hombre que no confía ni se complace en la misericordia de Dios repite la actitud de Caín muchas veces de modo irremediable. El orgullo llega a ser de tal forma profundo que yergue a la propia persona en juez de su propia causa, no aceptando la voluntad reparadora de Dios que siempre espera una señal de arrepentimiento y se mantiene dispuesta a purificar el corazón.

La sangre nueva
La copa de la salvación que expresa el salmo de la liturgia de hoy revela el designio de Dios sobre aquellos que ha elegido y sobre los que vela con gran cuidado. Esa copa se bebe invocando el Nombre del Señor como acción de gracias por los favores recibidos (Sal 115, 12). Tal era el sentido de la circulación de ese cáliz durante las solemnes cenas judías que evocaban la liberación del pueblo. Jesús hace lo propio pronunciando las palabras de la consagración: “Tomen, esto es mi Cuerpo”, “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” (Mc 14, 22-23).

La sangre “nueva” es la del mismo Jesucristo que en la Última Cena anticipa la realización única del sacrificio que debía llevar acabo como “Sumo Sacerdote de los bienes futuros”, entrando de una vez y para siempre en el único Santuario y derramando su propia sangre para remisión de los pecados (cf. Heb 9, 11-14). La eficacia de la sangre de la nueva Alianza se esclarece en el hecho de que en la Cruz santísima podemos contemplar cómo baña profusamente al cuerpo sagrado del Señor. Aunque la sensibilidad moderna sea quizás reacia al arte religioso colonial con sus “Cristos ensangrentados” prefiriendo una imaginería más despojada de sufrimiento, algo de este misterio podemos vislumbrar. La sangre nueva baña el cuerpo místico que es la Iglesia, llenándolo de la gracia sacramental en donde beben los bautizados la copa de la salvación.

Dice Santa Catalina de Siena, a propósito de su oración de petición y acción de gracias al Sumo y eterno Padre, que Él ha querido darnos en la sangre preciosa de su Hijo Único el remedio para nuestras enfermas almas. “Yo estaba enferma, y vos me habéis resucitado; estaba enferma y me habéis dado la medicina…” (Diálogos III, 22). Pidamos a Dios reconocer siempre en la sangre de Jesucristo el remedio para nuestros males y apresurémonos a ir siempre con ánimo dispuesto y corazón purificado en busca del alimento espiritual y del cáliz de nuestra redención. Que el Sagrado Corazón de Jesús nos atraiga hacia sí y nos de a gustar cada vez más íntimamente el sagrado Banquete.

¡Bendito y alabado sea Jesús en el santísimo Sacramento del Altar! ¡Sea por siempre, bendito y alabado! Amén.

Fray Gustavo Sanches Gómez OP
Mar del Plata – Argentina

Imagen: Cartel del Corpus Christi | Autor: Inma Peña | Fecha: 2019 | Ubicación: Unión de Hermandades de Jerez.

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