salterio

“No se avergüenza de llamarlos hermanos”

27 de diciembre de 2020
Gn 15, 1-6.17,5.21,1-3 | Sal 104, 1b-2.3-4.5-6.8-9 | Heb 11, 8.11-12.17-19

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 2, 22-40

Querido hermano:

En esta homilía, la última de este año del Señor, me alegro de llamarte nuevamente así: “hermano”. Esta es la característica más importante que nos une entre nosotros. Lo somos porque tenemos un mismo Padre, y un mismo Hermano que nos dio el Espíritu para clamar: “¡Abbá!”. Entre los cristianos hay otras relaciones: padres e hijos, esposos, pastores y ovejas. Sin embargo, antes que nada somos hermanos. No por una ilusoria fraternidad universal, basada en la naturaleza humana. Ella existe, no lo negaremos: pero, dañada por el pecado, sólo subsiste como una nostalgia y como un anhelo profundo y, aparentemente, inalcanzable.

La fiesta que hemos celebrado hace unos días, hermano mío, nos muestra cuál es el verdadero motivo de nuestra fraternidad. El Verbo se hizo carne, el Hijo eterno de Dios Padre nació de María, su madre. Vivió entre nosotros para que pudiéramos vivir con Él. No vino para destruir nada de lo verdaderamente humano, sino para llevarlo a su real esplendor, que se obtiene por una vida en comunión con Dios.

Es muy reconfortante escuchar lo que nos dice la Carta a los Hebreos: Jesús no se avergüenza de llamarnos “hermanos” (Hb 2, 11). Para esto se hizo uno de nosotros, para que pudiéramos compartir “la sangre y la carne” (Hb 2, 14). ¡Qué corta se queda nuestra inteligencia al pensar en esto! Diría más: ¡qué corto se queda nuestro corazón al contemplarlo! Dios nos creó por misericordia. Pecamos, y su misericordia no se terminó. Pecamos y, ¡oh, feliz culpa!, el Padre envió a su Hijo para que compartiera nuestra condición humana y para rescatarnos del pecado… en el que solos nos habíamos metido.

Hermanos de Cristo, hermanos entre nosotros. Hijos del Padre en el Hijo, por el Espíritu Santo. Aquí se condensa el misterio de la Navidad que hemos festejado hace pocos días. La fecundidad divina no se agota en la generación eterna del Hijo, ni tampoco en la creación del universo. La sobreabundancia de la vida trinitaria se derrama y se transmite hasta un nivel inesperado por el mismo hombre. Este santo y misterioso derroche llega al punto de que Dios nos hace sus hijos y nos introduce en su intimidad. Así, y sólo así, la profundidad de nuestra esperanza de felicidad y de comunión se ve colmada. Sólo como hijo de Dios, el hombre es en verdad hombre. Sólo al reconocernos amados y provenientes de Otro, creados y recreados, pecadores y salvados, adquirimos la consistencia humana que está implícita en nuestro ser. Sólo si recibimos la vida podemos dar la vida.

Esto lo hemos celebrado en Navidad, y hoy la Iglesia nos regala continuarlo en el icono de la Sagrada Familia. José, María y Jesús son la realización más genuina de esta fraternidad nueva, instaurada por la unión del Verbo con nuestra carne (con la carne de María). El vínculo entre ellos no es el del egoísmo que separa y dispersa, sino que es la unión que surge de saberse incluidos en el plan de salvación de Dios.

José, el varón justo, lleno de santo temor ante la voluntad de Dios, es el hombre que comprende que toda familia toma su “nombre” del Padre (cf. Ef 3, 14-15). Es decir, que la paternidad, la fecundidad, la transmisión de la vida tiene como modelo al Padre de Jesús. José, el varón del silencio y del Verbo, no fundamentó su amor familiar en el interés del que protege su propia herencia, sino en la aceptación alegre y generosa del don que Dios le otorgaba.

María, la servidora, la pequeña, no sólo es Madre del Verbo, sino que nos fue entregada como Madre a todos nosotros. Es como un claro signo de nuestra fraternidad, que nos es regalada porque proviene de Dios. Hijos de Dios e hijos de María, la que siempre ha cumplido la voluntad del Padre. Madre y virgen, Madre e hija, Madre y esposa, María es para nosotros la prueba más clara de todo lo que Dios puede hacer en los que se abandona a su amor.

¡Jesús, qué palabras usaré para hablar de ti! Todo discurso, ante ti es como un montículo de hojas secas que son llevadas por el viento. Sin embargo, algo hay que decir. No con la indiscreción del que habla como un charlatán, sino con el temor filial del que sabe que no puede callar todos los beneficios que Dios le ha hecho. No sólo hablar vanamente, sino también callar imprudentemente, sería un pecado contra el Emmanuel, Dios con nosotros.
Palabra, Sabiduría e Hijo: nos haces familia de Dios. Nuestro barro es ahora el tuyo. El Alfa y la Omega, ahora te has hecho un neonato, para que nosotros pudiéramos nacer de nuevo. Mira, Señor, nuestras heridas y cúralas. Danos en esta Navidad, en la que somos unidos como tus hermanos, la gracia de la reconciliación, contigo y entre nosotros. Amén.

Fray Eduardo José Rosaz OP
Friburgo, Suiza

Imagen: Salterio British-Library | Fecha: Inicio del siglo XIII 

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Una respuesta

  1. El Señor nos muestra el camino de la Salvación el nos espera nos perdona nos da la esperanza de seguir a pesar de las dificultades nos llama a la conversión porque somos hermanos somos nosotros los que debemos preguntarnos aceptamos todo los que nos brinda el padre Misericordioso ? Somos imagen de Cristo?

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