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No se puede servir a dos señores

Domingo XXV

 

18 de septiembre de 2022
Am 8,4-7 | Sal 112,1-2.4-6.7-8 | 1Tm 2,1-8

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 16,1-13

El santo Evangelio de este domingo hace explícita la verdad fundamental de nuestra fe: la primacía de Dios.

Él es el único Señor; Él, el único Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador, redentor y santificador. La dignidad del ser humano, la plenitud de su vocación consiste en reconocer la primacía de Dios y, en ese mismo momento, descubrir su propia dignidad: ser creado a Su imagen y semejanza, llevar en sí la forma e impronta del Hijo y vivir por el Santo Espíritu. En verdad, servir a Dios es reinar.

El servicio y la dependencia respecto a Dios aparecen, este domingo, bajo un doble signo. El primero es la oración. El segundo es la recta administración.

El apóstol San Pablo ordena a Timoteo elevar oraciones a Dios en favor de quienes están investidos de autoridad, es decir, de aquellos que más fácilmente pueden confundirse y ser confundidos con la tentación originaria: considerarse o ser tratados como dioses. La oración hace que pongamos a Dios en el centro y a toda creatura en dependencia y relación Suya. También pide, por su interior eficacia, que este Dios que está a favor de la persona humana, infunda en las autoridades sentimientos de religión y piedad que expresan la verdadera sabiduría cristiana. Toda autoridad, familiar, política y religiosa, si es legítima, se recibe de Dios y se ejerce en Su Nombre para su gloria y el bien común.

Debemos rezar para re-descubrir el don y el valor de la autoridad. Y el primer paso es reconocer la autoridad de Dios. Este es el fundamento de la prudencia que corresponde tanto al que la ostenta como al que la recibe.

La oración da luces a quienes gobiernan, cada uno donde le corresponda, para obrar con justicia y equidad, sabiduría y benevolencia, fortaleza y misericordia. La oración eleva el corazón de quienes obedecemos como colaboradores de la obra común.

Las expresiones más elevadas del orden común: la religión, la política y el arte nos muestran como la armonía entre quien dirige y quienes somos dirigidos resulta en una vida santa, pacífica y bella. Por el contrario, la corrupción de esta armonía expresa lo peor de nosotros mismos: abusos, injusticias, grosería y deformidad como denuncia el profeta Amós en la primera lectura.

El evangelio de San Lucas nos muestra, bajo la imagen del administrador astuto, los rasgos de la recta administración. Lo primero, la administración es un servicio respecto de la voluntad y los bienes de otro. El buen administrador lo es por dos causas: reconoce que aquello con lo cual negocia no le pertenece y lo hace en el mejor interés de su dueño.

La astucia del administrador de la parábola es verdadera prudencia. Ante la amenaza de la pérdida de su oficio por no haber reconocido la autoridad delegada de la que gozaba lo lleva a velar nuevamente por el interés de su señor: cobra de menos para obtener el favor de los deudores y para lograr que ellos cumplan con sus obligaciones. Se da cuenta que lo óptimo, es decir, el pago completo de la deuda es ahora imposible y enemigo de lo bueno: entonces, que cumplan, al menos en parte, él primero y ellos, después, con la obligación adquirida. He aquí su prudencia: la equidad. Aquella virtud que atempera la estricta justicia para que pueda restablecerse, en base a una justicia real y concreta, la paz y la concordia.

Así, el mal administrador enmienda su primer error, dejar de servir a su señor para servirse a sí mismo, con un acto de equidad: mira el interés de su señor y, también, aquél de los deudores y se da cuenta que, trabajando en orden al bien común, también se beneficia a sí mismo. Esto es lo que alaba el señor de la parábola.

Cuando no se reconoce la primacía del único Dios verdadero en el corazón y en la sociedad, inmediatamente aparecen dioses falsos: en este caso el dinero que es símbolo de todo poder autónomo y emancipado de la soberanía de Dios, por ello, en la enseñanza del Señor es personalizado como un ídolo, Mammón, el dios del dinero: «No se puede servir a dos señores…, no se puede servir a Dios y al dinero».

La oración y la recta administración, es decir, el reconocimiento de la primacía de Dios en nuestro corazón y en nuestra acción son dos signos de la fidelidad del cristiano y el germen de una sociedad más justa y más santa.

Que la Santísima Virgen María nos regale un corazón cada vez más unido a Dios en la oración y más unido a nuestros hermanos, sirviéndolos como buenos administradores de la gracia y de los bienes de Dios.

Fray Julio Söchting OP
Mendoza

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