Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro

La humildad es el reconocimiento práctico de nuestra condición de criaturas, de dependencia: no nos hemos hecho, nos han hecho. Al engarzarse en su sitio de criatura, ve lo que es. Su Creador preparó su morada desde siempre.

Al ser humildes nos apoderamos de los dones de todos, si necesitamos consejos iremos a quien pueda darlo; si ciencia teológica, iremos al teólogo. El soberbio se queda solo. El pobre va entrando en posesión de los bienes de todos: todo lo bueno de todos, lo atrapa.

Muchas veces la verdad nos viene por boca de los niños, a veces son verdaderas saetas de luz, y el humilde todo lo aprovecha. Dios puede visitarnos por los caminos más imprevistos. A veces el mismo enemigo nos hace más bien que el amigo; nos hablará de mal modo, pero quizá dirá verdades. Quedemos serenos ante cualquier modo para captar la verdad que puede ser provechosa.

Nos sirve un Dios y nos sirven todas las criaturas. Como la madre a su niño, todo lleno de una potente ternura. Muchos temen pronunciar el «hágase tu voluntad». Piensan en un Dios devorador y están en actitud defensiva, de tirantez. Creen que con Dios llevan las de perder. Son errores de la ignorancia de la carne. Dios ansia darse. En cuanto la criatura se entrega, Dios y el universo todo vienen corriendo a darse. Dios mismo se entrega al humilde, desea recostarse allí. Viene a recrear la noche, a encenderla colocando en ella llamaradas, haciendo encender la nieve.

La santísima Virgen no guardó a Jesús para sí: lo entregó en el Pesebre y en la Cruz para que fuera para todos. Nos miraba a nosotros como nos mira ahora. Nos mira con todo su ser.

Hay en la vida algunos momentos, muy escasos, en que un alma se pone íntegra en una mirada. Son muy escasos en este mundo, ya que por lo general las almas se esconden, se repliegan por temor a ser traicionadas. Pero a veces, de padres a hijos, de amigo a amigo, o entre esposos, el alma se asoma íntegra a los ojos. Así se da Dios. Nos ama a cada uno de nosotros como si fuéramos el único. Nos ama con un amor distinto, empleándose todo. Jesús está abandonado cuando yo lo abandono; está amado por otros, pero está abandonado por ti. Porque El se da íntegro a ti. No es relación de comunidad la que tiene contigo, sino personal y única. El Niño está abandonado en la noche. Se dirige a ti, te necesita con urgencia.

No nos asusten las inclemencias del mundo. Es más poderoso el que se echó en su centro.

Dar antídotos al mundo. Afinarnos en el espíritu, aborrecer lo de la carne, que es audaz en sus exigencias.

Que nuestra aparición dé reposo. Hablar a los otros despertando sus almas, con reverencia, y vivir en esa seguridad y sosiego porque sabemos que Dios vela, nos cuida como a las pupilas de sus ojos.

Les suplico seamos como los primeros cristianos, un ímpetu: «¡Quiero ir a Ti!». Simplifiquémoslo todo, Dios nos asiste.

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