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¿Quién es éste?

23 de agosto de 2020
Is 22, 19-23  | Sal 137, 1-3. 6. 8bcRm 11, 33-36

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Mateo 16, 13-20

Querido hermano:

Nos haremos una pregunta: ¿quién es Jesús? Espero que este interrogante no sólo acompañe esta meditación, sino toda tu vida. Porque es la cuestión fundamental. No sólo para nosotros, los cristianos, sino para todo hombre. Nadie va a Dios más que por Cristo, y nadie es feliz si no es viviendo en Dios. Por eso tenemos que hacernos esta pregunta.

Te invito a hacerla no como el que ve algo desde afuera, pues estamos imposibilitados de hacerlo así. Toda respuesta que le demos, incluso la que pareciera más científica, más fría, más lejana y aséptica, nos involucra. Podríamos decir que, en cierto sentido, el hombre realmente no tiene la libertad de optar por la indiferencia ante Jesús. Podrá pensar que lo hace, y durante mucho tiempo tal vez lo consiga. Incluso puede ser que nunca se lo plantee explícitamente, sin ser culpable de ello. Pero, en definitiva, la vida verdadera que le espera, depende completamente de esa respuesta, que en algún momento tendrá que dar.

En el tiempo de la vida terrena de Jesús, esta pregunta surgía una y otra vez. ¿Quién es éste? ¿No lo conocemos ya, “no es este el hijo del carpintero” (cf. Mt 13, 55)? Es cierto que habla con sabiduría, tiene palabras que nadie había dicho. Pero ya sabemos quién es, lo conocemos desde siempre. No sólo hemos oído sobre él, sino que su mensaje nos resulta ya un poco anticuado. Estamos de acuerdo con la fraternidad y el amor, pero hay muchas exigencias que ya nadie las puede vivir. Lo comprendemos, era sabio y nos transmitió muchas palabras de aliento. Es un modelo de vida, queremos su libertad e independencia. Habló como profeta, pero somos nosotros quienes establecemos qué parte de su profecía es válida y cuál no lo es. Nosotros medimos, según nuestra propia referencia, cuánto tomamos de su enseñanza, en lugar de entregarnos completamente a su Verdad, para que ella nos indique el peso y la consistencia de nuestro ser.

Durante estos domingos, la liturgia nos viene ofreciendo algunos encuentros de Jesús. Estos momentos que estamos reactualizando en estas semanas, son de gran importancia en su vida pública, porque nos indican un mayor progreso en la Revelación del Señor, que se muestra, poco a poco, en su identidad más profunda. La respuesta que surge del acostumbramiento o de pensar que se conoce al Señor “desde lejos”, resulta totalmente insuficiente.

Pedro y los demás discípulos, en su barca azotada por la tormenta, ven al Señor. Al reconocer su poder sobre los elementos, lo adoraron (cf. Mt 14, 33). Seguramente se acordaron del salmo: “Clamaron al Señor en su apuro, y él los libró de sus angustias. A silencio redujo la tormenta, las olas callaron a una. Ellos se alegraron y se calmaron, y Él los llevó al puerto deseado” (Sal 106, 28-30).

Pero, antes de este acto, el Señor tuvo que reprochar a Pedro su poca fe (cf. Mt 14, 28; 16, 8). Donde no hay fe, el Señor no puede hacer muchos milagros (cf. Mt 13, 58). Cuando algunos buscan verle, pero sólo por curiosidad morbosa y sin deseos de conversión (cf. Lc 9, 7-9), él no responde nada (cf. Lc 23, 9). La fe es necesaria para conocer quién es realmente.

¿Quién es, entonces, este Jesús, a quien “hasta el viento y el mar le obedecen” (Mc 4, 41)? La mujer cananea vio en Jesús las manos de un Rey, manos que curan y se compadecen. Por eso se postra ante Él, pidiendo misericordia (cf. Mt 15, 22). ¡Qué honor fue que el Verbo Encarnado alabe tu fe, mujer! Al arrojado Pedro, el Señor le había tenido que reprochar su pequeña confianza. Jesús encuentra muchas veces que no son los israelitas, el Pueblo de la elección, los que tienen más fe en él, sino los romanos (cf. Lc 7, 9) y los paganos.

Justamente en una región de paganos, en Cesarea de Filipo, el Señor hace la pregunta fundamental. No se trata de saber qué dice la gente sobre Jesús, porque lo esencial no es saber la opinión de los demás. No basta conocer las conjeturas de otros, que reducen a Cristo a las categorías que pueden manejar. ¡Ya se sabía qué esperar de un profeta!

Por el contrario, la pregunta verdaderamente profunda es la que nos involucra. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16, 15). Ni siquiera ese “vosotros” es una masa anónima, que responde automáticamente. Aunque pueda estar hablando en nombre de los demás discípulos (¡cuántas veces habrían conversado ya el tema!), la confesión es personal. Con esto no quiero decir que podamos hacerlo de manera individualista, como si fuéramos cristianos sin conexión con los demás seguidores de Jesús. Sin embargo, tampoco es posible prescindir de la adhesión personal, irrenunciable para todo acto verdaderamente humano.

Jesús es el Cristo: he aquí la base de nuestra vida cristiana. Él es el Mesías, el Santo de Dios. Él es el Hijo del Dios vivo, y es el Viviente: “Soy yo, el Primero y el Último, el viviente; estuve muerto, pero ahora soy viviente, por los siglos de los siglos” (Ap 1, 17-18). Esto Pedro no lo pudo saber por sus propias fuerzas, no se lo enseñó “ni la carne ni la sangre”, sino el Padre. El Señor lo llama feliz por este motivo. La bienaventuranza que así recibe es la de los que son hechos hijos, por haber creído en el nombre de Jesús (cf. Jn 1, 12-13). El Hijo eterno del Padre, el que goza de su complacencia (cf. Mt 3, 17; 17, 6), es quien puede otorgarnos la verdadera filiación y prepararnos la morada en donde viviremos para siempre en la intimidad de Dios.

Te pedimos, Jesús, que nos des una fe simple y firme, que exclame sin vacilaciones: “Tú eres el Señor, el Hijo eterno”. Permítenos llegar a contemplar, en el día de tu manifestación, el rostro que ahora anhelamos en la oscuridad de nuestro caminar. Amén.

Fray Eduardo José Rosaz OP
Friburgo, Suiza

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Una respuesta

  1. Cada reflexión diaria del evangelio, me introduce más en el anhelo de seguir adentrándose en conocer más a Jesús, de la mano de su Madre Santísima, mi Madre, gracias por ser el puente a ese despertar en mi alma.
    Dios los bendiga.

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