San José: un orante que nos lleva a Jesús

La devoción a San José en la vida de los contemplativos

 

En la vida de una monja contemplativa, San José, ocupa un lugar muy especial. Su presencia “oculta, silenciosa, laboriosa y fiel”, así como su misión de “Custodio del Redentor” son, para nosotras, como lo debe ser también para todo cristiano, un modelo y un ejemplo de intimidad con el Señor, que nutre nuestra vida interior.

San José nos enseña a los contemplativos, la obediencia pronta y silenciosa. Esa escucha atenta a la voz de Dios que nos habla en lo sencillo y cotidiano de cada día, y nos invita a seguir su voluntad por el camino que conduce al bien, a la verdad, y a la unión con Jesús. (Lc. 2, 2.22.39.41.48.51) Así como José cuidó al Redentor hecho Niño, al Hijo de Dios, así también, los contemplativos, con nuestra vida orante, somos custodios del tesoro escondido, que es Jesucristo en el Sagrario.

«Las monjas permanezcan sentadas a los pies de Jesús (…)»

Constitución Fundamental III – LCM

La alabanza divina de los contemplativos, expresada en el canto solemne de la Liturgia, nos hace poner a Cristo en el centro de nuestras vidas, tal como lo hizo San José, que recibió la misión de estar a los pies del Niño Jesús, sirviéndolo desde su más tierna edad y reconociendo en él, al Salvador esperado (Lc. 2, 16); a Aquél, a quien todos estamos llamados a rendir culto, a alabar, y con ello, dar Gloria a Dios, como nos invita a rezar el salmista: “Dichosos los que viven en tu casa Señor, alabándote siempre” (Sal 83, 5).

El silencio de San José, es un silencio contemplativo, vacío de sí mismo y lleno de Dios. San José puede escuchar plenamente la voluntad de Dios, porque su corazón orante, silencioso y lleno de amor a Dios y al prójimo, está siempre dispuesto a salir de sí mismo, a dejar sus criterios, sus puntos de vista personales, su estrecha mirada humana, para, abrirse con fe, a la novedad de lo que el Espíritu Santo le va inspirando en su conciencia, en lo hondo de su corazón.

La apertura de José a la Obra de la Gracia es total, y su obrar es siempre consecuente con ella: Como todo depende de la fe, todo es Gracia (Rm 4, 16). San José nos enseña también, a mirar nuestra historia personal con la comprensión de quién puede recibirlo todo como venido de Dios, con la certeza de la fe, y con la confianza puesta en el amor providente de Dios que, “todo lo permite para bien de los que le aman” (Rm 8,28). Pues, así acogió él los planes de Dios en su vida.

Veamos lo que nos narra el evangelio de San Mateo (1, 19-24): “José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados» Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros». Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado.”

Toda la creatividad que tuvo que tener el Santo para proteger al Niño Jesús, y preservarlo de tan inminentes peligros, como los que tramaba el Rey Herodes (Mt 2, 13-5.19-23), se traducen, en la vida de un contemplativo, en un ardiente deseo por la salvación de las almas. Así de ardiente fue el deseo de José de salvar a Jesús, y así de ardiente, ha de ser nuestro deseo de salvar todas las almas que pertenecen al Señor, dador de toda vida. Deseo que se hace concreto por medio de la vivencia de los votos de obediencia, pobreza y castidad, de la práctica de las virtudes, la abnegación, la ofrenda de la propia vida, la oración y la intercesión por toda la humanidad.

La vida orante de la monja tiene su centro en el crecimiento de la caridad, que redunda en bien de tantas personas necesitadas de la Gracia, del conocimiento de Cristo, del implorar, suplicar, y rogar, insistentemente, que el Amor de Dios pueda ser conocido y vivido en plenitud en el cuerpo de Cristo. Así como también, la vida de las monjas, es plenamente fecunda, en la misión de consolar al Señor por tantas ofensas que recibe, tal como San José, pudo ser un consuelo para el Niño Jesús cuando lo buscaban para matarlo.

Motivos estos, todos, por los cuales, la misión de las monjas, se encuentra en el corazón de la Iglesia. Santo Tomás al respecto de la oración “de los vivos hecha por los vivos”, nos enseña lo siguiente: “debemos pedir todo lo que debemos desear. Pero el bien, debemos desearlo para nosotros y para los demás. Esto entra dentro del amor que debemos tener a nuestro prójimo. Es por tanto, propio de la Caridad, orar por nuestros semejantes”.

“La necesidad nos lleva a pedir por nosotros; la caridad fraterna pide que roguemos por el prójimo. Pero a Dios le es más grata la oración hecha por caridad fraterna que la dictada por necesidad.»

San Juan Crisóstomo

En este contexto, las oraciones de las monjas, especialmente las que se elevan, por los cristianos perseguidos, los enfermos, los moribundos, los que buscan trabajo, y los que sufren por cualquier causa, son presentadas al Señor, no sólo por mediación de la Santísima Virgen, sino también, por la poderosa intercesión de San José, quien ha demostrado ser siempre, un solícito intercesor, en las necesidades de los que a él acuden con fe.
En cuanto a este tema, Santo Tomás, afirma que: “cuando los santos presentan nuestras oraciones a Dios, no es porque Dios las desconozca, sino que piden que las escuche. Recurren a la Verdad divina, para saber qué hacer respecto de ellas, en conformidad con su providencia.”

Personalmente, mi devoción a San José, puedo decir, que va creciendo junto a mi vocación de monja dominica contemplativa. Además de todo lo ya dicho, algo que me atrae de él, profundamente, es su santo recogimiento: una quietud interior, que le permite vivir en oración continua, en perfecta unión con Jesucristo. Él me ha concedido gracias inmensas en orden a esto, y a él siempre le confío mi anhelo de “orar continuamente”. El propósito de no dejar que las ocupaciones cotidianas me dispersen, sino, que siempre pido su intercesión, especialmente a la mitad de la jornada, para que mi corazón y mi mente recen unidos, para que lo que digo con los labios, lo sienta con el corazón, y para poder hacerlo cada vez mejor.

Así es como uno mi deseo al de toda la Iglesia, con los mismos sentimientos que cuando rezamos en la oración colecta de la Misa, en el día de su fiesta (19 de Marzo): “Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José; haz, que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por nuestro Señor Jesucristo.”

Sor María Florencia OP
Monasterio Nuestra Señora del Rosario, Mendoza

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