Santa María Magdalena

Breve historia

María de Magdala, a quien el Señor curó, lo siguió y le sirvió con gran amor. (cf. Lc 8, 3) Cuando al final los discí¬pulos huyeron, María Magdalena permaneció junto a la cruz con María, la madre de Jesús, con Juan y algunas mujeres (cf. Jn 19, 25). El día de Pascua se le apareció Jesús por la mañana y la envió a anunciar su resurrección a los discípulos (cf. Mc 16, 9; Jn 20, 11-18).

Su culto se difundió en la Iglesia occidental, sobre todo desde el siglo XI, y floreció en la Orden de los frailes. Predicadores, como lo atestigua Humberto de Romans: « Des¬pués que Magdalena se convirtió a penitencia el Señor le concedió tantas gracias, que no hay mujer en el mundo, después de la bienaventurada Virgen, a quien se le haya mostrado mayor veneración y se la crea con mayor gloria en el cielo. » (ed. J. Catalani, Romae 1739, p. 210).

La Orden de Predicadores la tuvo entre sus protectores Los frailes y las hermanas en todo tiempo la han honrado «la apóstol de los apóstoles» —así también la celebra la liturgia bizantina— y han comparado el oficio que tuvo María Magdalena de anunciar la resurrección, con su propia oficio de predicación.


Liturgia de las Horas

Del Común de santas mujeres.

Oficio de lectura

Segunda lectura [**]
De la Vida de la bienaventurada María Magdalena; escrita por Rabano Mauro, presbítero.

(Capp. 26-27; PL 112, 1474-1475)

Evangelista de la resurrección y apóstol de la ascensión

María creyó en Cristo; recibió la fe al escuchar la voz deseada del Señor y al ver ese rostro tan bus cado pues el grano de mostaza que Jesús, el buen hortelano, había sembrado en el huerto de su corazón, arraigó al punto y creció hasta hacerse un árbol alto por la firmeza de la fe. Y creyó sin vacilar que Cristo, el hijo de Dios, a quien veía y a quien había amado en vida, era Dios verdadero; creyó que a quien había visto morir, había resucitado verdaderamente de entre los muertos: y que a quien había buscado muerto en el sepulcro, era verdaderamente igual a Dios Padre.

Persuadido finalmente el Salvador de la suavísima prerrogativa del amor primero, que nunca había de¬jado de arder en el corazón de su principal y especial amiga, y sabiendo él de cierto, como a quien nin¬gún secreto se le oculta, que para el corazón de su creyente perfumista, él había subido al Padre, la ins¬tituyó entonces apóstol de su ascensión ante los apóstoles. De este modo luego díe instituirla evange¬lista de su resurrección premiaba en justa recompensa de gracia y de gloria y con el privilegio del supremo honor a la más representativa de los méritos de todas sus servidoras. A la que poco antes había hecho evangelista de la resurrección, ahora le dijo: Ve a mis hermanos y diles, esto dice el Señor, subo a mi Padre, por naturaleza, y a vuestro Padre, por gracia, a mi Dios, ante el cual soy hombre, y a vues¬tro Dios, ante el cual soy mediador vuestro. (Jn 20, 16) Lo dijo y desapareció en seguida de su vista.

Y ella, privilegiada por el mismo Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador, con tan grande y sublime dignidad de honor y gracia no difirió el cumplimien¬to del apostolado con el que había sido honrada y se apresuró a ir sin tardanza donde los apóstoles a decirles: « Felicitadme todos los que amáis al Señor, porque se me ha aparecido el que buscaba, y cuando lloraba yo junto al sepulcro he visto a mi Señor y me ha dicho: Ve y diles a mis hermanos: Esto dice el Señor: Subo a mi Padre, el que me engendró antes de los siglos, y a vuestro Padre, el que os adoptó como hijos. Subo al Dios mío, porque he descendido, v al Dios vuestro, porque habéis ascendido.

María anunció a sus coapóstoles la resurrección del Mesías: He visto al Señor; y profetizó su ascensión: y esto me ha dicho: Subo a mi Padre y a vues¬tro Padre.

Responsorio                        Mt 28, 1.5-6; Mc 16, 7
R. En la madrugada del sábado fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado: No está aquí, ha resucitado como había dicho. * Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis.
V. Ahora, id a decir a sus discípulos y a Pedro que el Señor ha resucitado. * Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis.

Otra:
De los Comentarios al Evangelio de fray María José Lagrange, presbítero

(L’Evangile de Jésus-Christ, Paris 1946, pp. 583 ss., 586 ss.)

María Magdalena fue consagrada como apóstol de los apóstoles

Magdalena se había adelantado a las demás mujeres, (Jn 20, 1) pues había apenas amanecido cuando notó que la piedra había sido removida, es decir rodada, de modo que el sepulcro estaba abierto. Los guardias habían desaparecido, cosa que nada le extrañó, ignorante como estaba de que los hubieran puesto. Miró y al instante comprobó que el cuerpo no estaba allí. No vio ningún ángel, pues el mismo Jesús quería informarla. Al instante, con prisa trepidante ya que temía una profanación del cuerpo amadísimo de Jesús, salió corriendo y fue directamente a ver a Simón Pedro y al otro discípulo a quien amaba Jesús, Debido a su turbación no duda en afirmar: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. (Jn 20, 2) Dice no sabemos porque su pone su propia convicción en las demás mujeres que habían salido con ella, pero que llegaban al sepulcro en ese momento.

Los dos discípulos más amados, Pedro y Juan, volvieron de nuevo a casa, según lo atestigua uno de ellos. (Jn 20, 10) Magdalena, en cambio, no se retira: había sido la última en abandonar la cruz y el se¬pulcro y la primera que había visitado el sepulcro encontrándolo vacío. No podía separarse de aquel lugar, permanecía fuera llorando. Queriendo verlo de nuevo, entró a la antecámara y se asomó a mirar, como si una última mirada pudiera mostrar algo nuevo Percibió entonces dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a los pies y otro a la cabecera sobre la superficie en que había estado depositado el cuerpo de Jesús. Estos le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Ella no reconoció a los ángeles; los ángeles debían saber bien el motivo de su llanto. Ella respondió: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto. (Jn 20, 15) Ella no ve ni si¬quiera las vendas, ni se inquieta por la presencia de extraños, para ella no había más que el vacío, la nada.

Se asoma de nuevo, pero esta vez para salir c ir a buscar a otro lugar. Ve entonces a Jesús, pero sin reconocerlo y ni siquiera mirarlo porque no sue¬na más que en aquel querido cuerpo, que ella querría ungir con precioso ungüento y que estaría en manos de profanadores. Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Piensa ella que es el guarda del huerto, un guarda extranjero, tal vez infiel, que debía estar al corriente de lo sucedido, que debería entender su propia inquietud: Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo recogeré. ¡Había i ella ido sin pensar para nada en la piedra! No quiere a nadie más que a él, pero lo quiere. Entonces oye mía voz que le habla al corazón y le abre los ojos y que dice el nombre familiar en lengua materna: ¡Mariam! En seguida el grito ¡Rabbouní! —¡Maestro mío!— y ya Magdalena se echa a los pies de Jesús, llorando todavía, pero esta vez de alegría.

Se encuentra a gusto en ese lugar y quiere permanecer allí, prolongando las efusiones de su amor. Ya no es, sin embargo, el tiempo de las lágrimas de la pecadora derramadas sobre los pies del Salvador.
Jesús pertenece al mundo de allá arriba. Si él todavía no ha subido al Padre, no tardará; ahora le urge advertir de ello a sus discípulos. Éste parece ser el sentido de aquellas palabras: Suéltame que todavía no he subido a mi Padre. Anda, ve a mis hermanos diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.» (Jn 20, 16)

Desde este momento María Magdalena fue consagrada como apóstol de los apóstoles. Ella obedece, como lo hacen también aquellos que se separan de la conversación con su Maestro para llevar a otros la buena nueva: ¡He visto al Señor! (Jn 20, 18)

Responsorio
R. Oh amor verdaderamente inmenso el de María Magdalena, * No abandonó el sepulcro del Señor, cuando sus discípulos lo abandonaron.
V. Encendida con el ardor del amor, creyó robado del sepulcro a quien había visto sepultar. * No abandonó el sepulcro del Señor, cuando sus discípulos lo abandonaron.

Laudes

Benedictus
Ant. María; ¡qué gran prerrogativa! fuiste la primera de los mortales que mereció ver resurgir el verdadero Sol; consíguenos que él nos alegre junto a ti a la vista de su gloria en el cielo.

Oración
Señor, Dios nuestro: Cristo, tu Unigénito, confió, antes que a nadie, a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verlo un día glorioso en el reino de los cielos. Por el mismo nuestro Señor Jesucristo.

Vísperas

Magníficat
Ant. ¡Oh María Magdalena, lámpara del mundo y perla refulgente, que mereciste ser apóstol de los apóstoles anunciando la resurrección de Cristo! Intercede benigna por nosotros siempre ante Dios, que así te ha elegido.

La oración como en Laudes.

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