Oh Sol que naces de lo alto

Tratemos las almas con gran respeto, con suma reverencia. ¿No han visto ustedes asomar a unos ojos esa mirada asombrada, incrédula, que expresa: «¿cómo me habla así?, ¿no sabía quién soy?» Descubramos al Niño que gime desolado. El gime en cada pecador, aun en el más empedernido. Una cosa es la costra y otra el alma, donde siempre el pecador gime. Vemos la carcajada y no el malestar, pero tarde o temprano se hará la luz y comprenderá que ese malestar provenía de su pecado. La Gracia prende en las almas más imprevistas.

Nuestra misión es despertar con nuestra presencia. Estemos frente a las almas en un continuo llamamiento. Jamás juzgarlas. En cuanto menos pensemos, llamará Dios a las almas.

Induzcamos con nuestro llamamiento a que sean lo que llamamos. «No le creas, es un mentiroso». Nosotros mismos lo estamos produciendo. No es Pedro, sino un mentiroso. ¡No! La virtud, como los defectos, no están inmovilizados. Provoquemos el crecimiento de ese Niño enterrado, traicionado.

En cada hombre, por gigantón, por terrible que parezca, hay un Niño que debemos descubrir. Más que malicia hay ingenuidad. Siempre el fondo es mayor que los defectos.

Nada ha envejecido. Sólo las pasiones que constantemente están en acción. En cambio, el espíritu está nuevo, descansado, porque nadie lo usa. Pero si lo ponemos en ejercicio, crece como un gigante. Tenemos inteligencia y voluntad, y la Gracia, que puede mover montañas. El Cura de Ars cambió, él solo, toda una región de Francia. Todavía se nota allí su influencia.

Hay que saber descubrir, ser un aliado del que está dentro. Si no encuentro el alma de tal persona, tengo que cambiar de procedimiento, estoy en la costra. Es culpa mía que no encontré el resquicio para encontrar al Niño que está dentro.

El que da alma recibe alma, el que da espíritu recibe espíritu, el que da pasión provoca pasión. La ira provoca ira.

Si las cosas están muertas, es porque no supimos extendernos en el Pesebre. «Cuidado con éste que es antipático, con aquél que hace perder el tiempo». El resultado es que quedamos aislados y muertos.

Nutrir a Cristo que está en nosotros. El mundo romano cambió con doce. Cambia con el que es portador de espíritu.

El pecador no se emplea todo en el pecado. El pecado es mucho menor que su alma. Siempre queda una región virginal. Nuestra misión es asistir esa bondad interna, poner luz. Seamos Palabra viviente que abra cauces, nutra, desarrolle ese germen que está allí. Mostrar que es posible su cumplimiento.

El mundo y el demonio se encargan de desanimar: «¡Pobre muchacho! Eres joven, por eso tienes ideales, esas ilusiones; con el tiempo verás que es imposible cumplirlas». ¡Y qué decir cuando se trata de vocaciones!… Eso es matar, abatir, desanimar.

Nosotros debemos mostrar cómo pueden realizarse las cosas en todos los órdenes. Enseñar a las almas que son capaces de locuras. El hombre no nació para vulgaridades: periodismo, comercio. ¡No! Es constructor del mundo. Pero hoy todos se han hecho «prudentes»… Soltar amarras, romper con esa costra de grasa, de vulgaridades.

Alentar con sensata locura. Locuras llevadas con gran sensatez… No es prudencia la mediocridad, sino el poner los medios para obtener las cosas del alma.

Libertados por la Verdad y la Gracia, purificados, despertar, nutrir al Niño que está arrumbado en los demás: allí está Cristo. ¡Está tan enamorado de las almas! «Si me amas, ama a tu hermano. En la medida que lo reverencies, que lo creas capaz de grandeza, me encontrarás».

Fray Mario José Petit de Murat OP
1952

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