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«Yo duermo, pero mi Corazón vela»

Domingo XII

 

20 de junio de 2021
Job 38, 1.8-11 | Sal 106, 23-24.25-26.28-29.30-31 | 2Co 5, 14-17

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 4, 35-41

¡Alabado sea Jesucristo!

El relato del evangelio de Marcos que proclamamos hoy, nos ha acompañado especialmente en estos meses, últimamente vividos en tanta zozobra. Para muchos ha sido un lugar constante de oración, pero también un espacio para profundizar, en la epifanía, la manifestación de Jesús como el “Yo soy”, el Hijo y la Palabra creadora, que con su mandato reconduce la agitación del corazón y del cosmos, a la serena brisa de las tardes del paraíso.

Jesús es el “Yo soy” silencioso y sereno de Dios que calma y lleva a la armonía originaria, a la Silenciosa y Bienaventurada Trinidad, nuestras luchas e interrogantes más hondos. La narración de la tormenta retrata de una manera casi plástica la situación interior que muchos de nosotros experimentamos constantemente, sin encontrar el coraje para decirlo en voz alta, o casi nunca encontrando las palabras adecuadas para expresarlo.

Tenemos un barco, los discípulos y al mismo Jesús. Jesús no está ni viene de otro lugar como en semejantes epifanías en el mar, de los otros evangelios, en especial en uno de los siete grandes signos del evangelio de Juan, aunque, como ya he dejado vislumbrar, no deja de tener relación el relato de la tempestad en Marcos con el gran signo del “Yo soy” en la tempestad calmada en Juan.

No está en la orilla mientras los discípulos están en la barca. Esta vez, Jesús está allí, en la barca con sus discípulos. Se desata una tormenta y los discípulos enfrentan la posibilidad de que sea el fin, la muerte de todos ellos, el caos: “Estaba recostado en la popa, sobre el cabezal como almohada y durmiendo. Entonces lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos muramos?”

Jesús duerme. Cómo contrasta la serenidad de Jesús con el pánico, realista, de los discípulos. Parece casi paradójico, pero la situación de dificultad, miedo y sufrimiento de los discípulos se contrapone con un Jesús “presente” pero dormido. Duerme, como si no le importara, o al menos ese es el sentimiento que hiere profundamente el alma de los discípulos. Con gran sinceridad deberíamos decir que, no pocas veces, también tenemos el mismo sentimiento.

Nos suceden cosas que no hemos elegido, situaciones que son demasiado grandes para nuestras pequeñas fuerzas, y el barco de nuestra vida está tan agitado que, por su misericordia, no nos surge la duda de que nuestro Dios exista, pero, cómo comprender su sueño, su ausencia. Está presente, pero duerme.

Cuando de joven, comencé a rezar con los salmos, a detenerme en ellos y tratar de gustarlos, siempre recuerdo la oración de mi santo párroco, cuando en dificultades públicas, sequías o grandes lluvias, o situaciones de angustia, se rezaban –en aquel tiempo- las rogativas y las letanías de los Santos delante del Santísimo Sacramento y luego se ofrecía la Santa Misa por “las necesidades”. Recuerdo su oración confiada pero imperante, en filial parresía: “Despierta, Señor, por qué duermes. Levántate, surge, no nos rechaces más. Por qué nos escondes tu Rostro y olvidas nuestra desgracia y opresión”. (Salmo 44, 23) ¡Despierta, Señor!

La lección de los discípulos es hermosa: encuentran el valor para decir su miedo, su indignación, su grito, desde lo más hondo, de profundis. Rezan sinceramente.

¿Por qué nuestra oración tiene que ser tan “cerebral” que no nos permitimos el grito de todo nuestro ser ante la angustia, el gozo o el estupor? Los salmos no son para espiritualidades asépticas, ni de guantes blancos, pero qué esconden sus más profundas desilusiones, o sus más purulentas miserias, tras las expresiones políticamente correctas. Nosotros también debemos aprender la parresía, el arrojo confiado de todo nuestro ser, con el que los discípulos le dicen a Jesús lo que sienten y experimentan dentro de ellos.

Pero también, como ellos, debemos estar dispuestos a aceptar la lección que nos da Jesús, precisamente a partir del grito de nuestra oración: “Al despertar, reprendió al viento y le dijo al mar: ¡Cállate, silencio, cálmate! El viento cesó y hubo una gran serenidad. Luego les dijo: ¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe? ¿Aún no tienes fe? Es difícil para nosotros razonar sin partir, casi siempre, de lo que sentimos. Si sentimos miedo, razonamos con miedo.

Jesús dice que la fe es desobedecer el miedo y recordar, volver a traer a tu corazón, lo que crees, en dónde has fundado tu vida, incluso cuando no lo escuchas debido al tumulto de la tempestad o el terremoto. Creer es confiarse, ponerse en las manos y en el Corazón de Jesús, es afirmarse en la fidelidad de su Amor extremado por nosotros; es mirar su Corazón traspasado en la Cruz, sus Llagas, que nos gritan su Amor eterno, no es mirar la tormenta. Dejemos a los racionalistas, vacíos y llenos del vacío de sí mismos, el analizar las tormentas.

Luego les dice: ¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe? ¿Qué significa tener fe? ¿Despertar a Jesús?

Tener fe, la fe amante, la fe que se entrega a Jesús, significa saber que no importa dónde estemos y lo que esté sucediendo si estamos seguros de que Él está con nosotros. Y, si a veces, nuestra percepción es que «a él no le importa», tener fe significa ir en contra de tal pensamiento.

Su Presencia en nuestra vida es el milagro más grande que nos ha dejado. No es la solución de todos nuestros problemas y dificultades, sino saber que todos los problemas y dificultades están habitados por Su presencia. Asumidos y redimidos en su Presencia.

Si Él está con nosotros, también podemos permitirnos perder, o incluso hundirnos, siempre caemos en sus Manos. No hay abismo mayor que el Amor vaciado de su Corazón, en donde vivimos, nos movemos, somos en verdad.

Él ya ha triunfado en su Amor en la Cruz, en la serena calma de la mañana pacífica de la Resurrección, donde toda muerte y tempestad destructora, han perdido para siempre su aguijón. Él ya ha vencido, pero debió pasar también por todas las tormentas y tempestades de su Getsemaní, por nosotros, por nuestra salvación. Y, en Getsemaní, no nos importó dormirnos ante la tempestad y el hundimiento del Amado. Pero el Amado es el perdón, nos pidió nuestra presencia junto a Él, porque siempre será, en su locura de amor, nuestro mendigo. Despierta, amigo, vela y quédate conmigo, en mi Getsemaní; en lo que estoy sufriendo por ti, y en gracia para ti.

Tal vez, la solución de todas las tormentas existenciales es la serena certeza, que viene de lo alto, que se suplica humildemente, que es fruto del Espíritu, esa certeza me dice que, aunque duerme, su Corazón que me ama y se entrega por mí, siempre vela. Siempre está conmigo. La palabra, precisamente, que es nuestro Cielo, nuestra redención, nuestro perdón, nuestra calma, la curación del miedo nacido del pecado originante, esa palabra es: Yo estoy contigo.

Jesús está conmigo, y en Él, todos los amados y redimidos por Jesús. Y todas las tormentas, ya son un mero sueño, aunque aparentemente hieran y hagan ruido. ¡Alabado sea Jesucristo!

Fray Marco Antonio Foschiatti OP
Córdoba – Argentina

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