Salid, hijas de Sión, y mirad al rey Salomón con la corona que le coronó su madre en el día de su desposorio y en el día de la alegría de su corazón (Cant 3,11). Alma mía, ¿qué haces? Corazón mío, ¿qué piensas? Lengua mía, ¿cómo has enmudecido? ¿Cuál corazón no revienta, cuál dureza no se ablanda, qué ojos se pueden contener de lágrimas, teniendo delante de sí tal figura? Oh dulcísimo Salvador mío, cuando yo abro los ojos y miro este retablo tan doloroso que aquí se me pone delante, ¿cómo no se me parte el corazón de dolor? Veo esa delicadísima cabeza, de quien tiemblan los poderosos del cielo, traspasada con crueles espinas. […] Si sola tu muerte bastaba para redimirnos, ¿para qué tantos ensayos?, ¿para qué tantas invenciones y maneras de vituperios? ¿Quién jamás oyó ni leyó tal manera de corona, y tal linaje de tormento? ¿De qué entrañas salió esta nueva invención al mundo, que de tal manera sirviese para deshonrar un hombre, que no menos le atormentase, que deshonrase? ¿No bastan los tormentos que se han usado en todos los siglos pasados, sino que se han de inventar otros nuevos en tu pasión? Bien veo, Señor mío, que no eran estas injurias necesarias para mi remedio; bastaba para esto una sola gota de tu Sangre. Mas eran convenientísimas para que me declarases la grandeza de tu amor, y para que me echases cadenas de perpetua obligación, y para que confundieses los atavíos y galas de mi vanidad y me enseñases, por aquí, el menosprecio de la gloria del mundo.
Pues, para que sientas algo, alma mía, de este paso tan doloroso, pon primero ante tus ojos la imagen antigua de este Señor, y la excelencia de sus virtudes; y luego vuelve a mirarlo de la manera que está aquí. Mira la grandeza de su hermosura, la mesura de sus ojos, la dulzura de sus palabras, su autoridad, su mansedumbre, su serenidad y aquel aspecto suyo de tanta veneración. Míralo tan humilde para con sus discípulos, tan blando para con sus enemigos, tan grande para con los soberbios, tan suave para con los humildes y tan misericordioso para con todos. Considera cuán manso haya sido siempre en el sufrir, cuán sabio en el responder, cuán piadoso en el juzgar, cuán misericordioso en el recibir y cuán largo en el perdonar.
Y después que así lo hubieres mirado y deleitándote de ver una tan acabada figura, vuelve los ojos a mirarle tal cual aquí lo ves, cubierto con aquella púrpura de escarnio, la caña por cetro real en la mano y aquella horrible diadema en la cabeza; y aquellos ojos mortales, y aquel rostro difunto, y aquella figura, toda borrada con la sangre y afeada con las salivas que por todo el rostro estaban tendidas. Míralo todo, dentro y fuera: el corazón atravesado con dolores, el cuerpo lleno de llagas, desamparado de sus discípulos, perseguido de los judíos, escarnecido de los soldados y despreciado de los Pontífices; desechado del rey inicuo, acusado injustamente y desamparado de todo favor humano.
Y no pienses esto como cosa ya pasada, sino como presente; no como dolor ajeno, sino como tuyo propio. A ti mismo te ponte en lugar del que padece, y mira lo que sentirías si en una parte tan sensible como es la cabeza te hincasen muchas y agudas espinas que te penetrasen hasta los huesos. ¿Y qué digo espinas? Una sola punzada de un alfiler que fuese, apenas lo podrías sufrir. ¿Pues qué sentiría aquella delicadísima cabeza con este linaje de tormento?
Pues, oh resplandor de la gloria del Padre, ¿quién te ha maltratado? Oh espejo sin mancilla de la majestad de Dios, ¿quién te ha todo manchado? Oh río, que sales del paraíso de los deleites y alegras con tus corrientes la ciudad de Dios, ¿quién ha enturbiado estas tan serenas y tan dulces aguas? Mis pecados, Señor mío, las han enturbiado, mis maldades las han escurecido. ¡Ay de mí, pobre y miserable!, ¡ay de mí! ¿Y qué tal habrán parado mis pecados a mi alma, cuando tal pararon los ajenos la fuente clara de toda la hermosura? Mis pecados son, Señor, las espinas que te punzan; mis locuras, la púrpura que te escarnece; mis hipocresías y fingimientos, las ceremonias con que te desprecian; y mis atavíos y vanidades, la corona con que te coronan. Yo soy tu verdugo, yo soy la causa de tu dolor. Limpió el rey Ezequiel el Templo de Dios, que estaba por los malos profanado, y toda la basura que en él había mandó echar en el arroyo de los Cedros (cf. 2 Cró 29,3ss). Yo soy ese templo vivo, por los demonios profanado y ensuciado con infinitos pecados, y tú eres el río limpio de los Cedros que sustentas con tus corrientes toda la hermosura del cielo. Pues ahí son lanzados todos mis pecados, ahí desaparecen mis maldades. Porque, por el mérito de esta inefable caridad y humildad con que te inclinaste a tomar sobre ti todos mis males, no sólo me libraste de ellos, mas también me hiciste participante de tus bienes. Porque tomaste mi muerte: me diste tu vida. Porque tomaste mi carne: me diste tu espíritu. Porque tomaste sobre ti mis pecados: me diste tu gracia. Así que, Redentor mío, todas las penas tuyas son tesoros y riquezas mías: tu púrpura me viste, tu corona me honra, tus cardenales me hermosean, tus dolores me regalan, tus amarguras me sustentan, tus llagas me sanan, tu sangre me enriquece y tu amor me embriaga. ¿Qué mucho es que tu amor me embriague, pues el amor que tú me tuviste bastó para embriagarte y dejarte como a otro Noé, tan avergonzado y desnudo? (cf. Gn 9,21). Con la púrpura encendida de este amor sostienes esta púrpura de escarnio; y con el celo de mi aprovechamiento, esa caña en la mano; y con la compasión de mi perdimiento, esa corona de confusión.
Fray Luis de Granada OP
Libro de la oración y meditación, pp. 31-32.



