Cordero Ghent

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la gloria

22 de noviembre de 2020
Ez 34, 11-12.15-17 | Sal 22, 1-2a.2b-3.5.6 | 1Cor 15, 20-26.28

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Mateo 25, 31-46

Querido hermano:

En el día central de la Historia, un hombre colgaba de un madero, con sus manos y pies fijos en lo que todos veían como el mayor signo de maldición. Fue un día verdaderamente crucial, en el cual la humanidad volvió a unirse con Dios, por medio del único inocente, condenado por nuestros pecados. Sobre su cabeza, cubierta de la sangre que salía de las heridas de una corona colocada con sarcasmo, se alzaba un cartel, el titulus, que gritaba en silencio el motivo de su condena: “Jesús Nazareno, el rey de los judíos”.

¡Qué espectáculo, este rey derrotado! Las palabras de sorna que escuchó son también las nuestras: “¡Bájate de esa cruz, si eres el Hijo de Dios! A otros ha salvado, ¿y no puede salvarse a sí mismo?”. No queremos al rey que tiene como trono la Cruz. Por eso nos importa tanto la opinión de los poderosos de este mundo, aunque sus vidas pasen como una pura sombra, y rechazamos el rostro deformado de Cristo. Sin embargo, ¡cuán radiantemente brilla esa Cruz! En ella vemos al traspasado, de cuyo corazón abierto brotan agua y sangre para redimir al hombre.

El que cuelga de este patíbulo es un pastor, un pastor herido (Za 13, 7) por haber salido a buscar a la oveja perdida. ¡Por haber dado su vida por el rebaño! Como pastor y como cordero sacrificado, Jesús es la reconciliación total entre Dios y el hombre, “nuestra Pascua inmolada” (1 Cor 5, 7). Es el sacerdote que realiza de modo absolutamente perfecto su misión de mediar entre Dios y los hombres.

En el Gólgota, se unen misteriosamente la figura del cordero y la del pastor, la del sacerdote y la del rey. En esta muerte, humanamente absurda, se cumple lo que Jesús predijo sobre sí mismo: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Pastor y rey, el Señor es la única fuente de vida, de verdad y de bienaventuranza.

Este cordero inmolado reina sobre toda la realidad. No es un derrotado, sino que concentra en sí mismo toda potencia y toda fuerza. El Apocalipsis nos muestra la liturgia celestial, eterna, en cuyo centro está “un cordero, como degollado” (Ap 5, 6), adorado por toda la creación. “¡Digno es el cordero!”, gritan los que viven en Dios. ¿De qué es digno? “De recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza” (Ap 5, 12).

Al final de los tiempos, el rey Jesús aparecerá como un pastor que separa, que pesa, discierne y juzga. Nada quedará oculto, pues la Verdad misma lo manifestará. Pasará el tiempo de nuestro caminar y llegará el momento en el cual será ponderado nuestro ser. Como dice Santo Tomás, hay dos opciones: “o serás rey y tendrás el reino, o serás condenado”. El justo y misericordioso rey no juzgará según nuestros criterios mezquinos, sino según su designio eterno. Pero juzgará.

¿Todo esto significa que el reinado de Jesús es lejano? ¿Cristo es Rey solo al final de los tiempos, de la misma manera en que nosotros celebramos ahora su Fiesta al concluir el año litúrgico? El reinado del Señor es un reinado perpetuo, que no se realiza en un tiempo absolutamente remoto. No hay que esperar años interminables, pues su poder se manifiesta ahora, a pesar de las apariencias que nos indican muchas veces lo contrario.

Jesús es rey, porque es Dios. Es el creador y el recreador, en comunión eterna con el Padre y con el Espíritu Santo. Nada escapa a su designio, no hay nadie que pueda vencerlo con su propia fuerza. Su respeto profundo por nuestra libertad, que lo llevó a soportar lo que más odia, el pecado, no debe confundirse con debilidad. Por el contrario, es la paciencia y la misericordia del que todo lo ve y conduce para el bien (cf. 2 Pe 3, 9). Jesús es rey, porque es hombre. Su libertad y su acción humanas siempre estuvieron en consonancia con el querer de Dios. Cristo reina, hoy y para siempre, porque está unido al Padre y al Espíritu Santo también como hombre, y todo le está sometido (cf. 1 Cor 15, 27).

Este rey vendrá a juzgar al final de los tiempos. Puesto que ya reina en los más pequeños (¡él mismo se hizo pequeño y débil; pequeño e inocente!), quiere que lo tratemos desde ahora como rey. Cuando lo vislumbremos como justo juez, ya no podremos verlo escondido. ¿Qué mérito tendrá entonces reconocerlo como príncipe de gloria? La evidencia hará que estemos obligados a admitir su majestad y su poder.

Hoy reina Cristo, hoy Jesús nos da la oportunidad de hacer lo que estamos llamados a realizar durante toda la eternidad. El que lo adore y sirva en silencio a su hermano gozará, por la Gracia de Dios, de la Vida eterna. A los que decidan, en este mundo y por su rechazo a Dios, no servir en el amor, el pastor no los reconocerá como propios y, así, no serán de nadie.

¡Ven, Señor Jesús, y reina en nuestros corazones! Amén.

Fray Eduardo José Rosaz OP
Friburgo, Suiza

Imagen: Adoration of the Mystic Lamb (Adoración del Cordero Místico) | Artista: Hubert y Jan van Eyck | Fecha: 1432 | Detalle | Lugar: Catedral de San Bavón en Gante, Bélgica

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