Adviento 3

III Domingo de Adviento

Introito

Alégrense siempre en el Señor.
Vuelvo a insistir, alégrense, pues el Señor está cerca..

Flp 4, 4.5

Dice Benedicto XVI que: «La madre Iglesia, mientras nos acompaña hacia la santa Navidad, nos ayuda a redescubrir el sentido y el gusto de la alegría cristiana, tan distinta de la del mundo. (…) Es sentir que un gran misterio, el misterio del amor de Dios, visita y colma nuestra existencia personal y comunitaria. Para alegrarnos, no sólo necesitamos cosas, sino también amor y verdad: necesitamos al Dios cercano que calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos». 

 

Lecturas

Lectura del libro de Isaías     35, 1-6a. 10

¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca,
alégrese y florezca la estepa!
¡Sí, florezca como el narciso,
que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo!
Le ha sido dada la gloria del Líbano,
el esplendor del Carmelo y del Sarón.
Ellos verán la gloria del Señor,
el esplendor de nuestro Dios.

Fortalezcan los brazos débiles,
robustezcan las rodillas vacilantes;
digan a los que están desalentados:
«¡Sean fuertes, no teman:
ahí está su Dios!
Llega la venganza, la represalia de Dios:
él mismo viene a salvarlos.»

Entonces se abrirán los ojos de los ciegos
y se destaparán los oídos de los sordos;
entonces el tullido saltará como un ciervo
y la lengua de los mudos gritará de júbilo.
Volverán los rescatados por el Señor;
y entrarán en Sión con gritos de júbilo,
coronados de una alegría perpetua:
los acompañarán el gozo y la alegría,
la tristeza y los gemidos se alejarán.

Palabra de Dios.

SALMO     145, 6-10

R.
 Señor, ven a salvarnos.

El Señor mantiene su fidelidad para siempre,
hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados.
El Señor ama a los justos,
y protege a los extranjeros. R.

Sustenta al huérfano y a la viuda;
y entorpece el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión, a lo largo de las generaciones. R.

Anímense, porque la venida del Señor está próxima

Lectura de la carta del apóstol Santiago     5, 7-10

Tengan paciencia, hermanos, hasta que llegue el Señor. Miren cómo el sembrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardando pacientemente hasta que caigan las lluvias del otoño y de la primavera. Tengan paciencia y anímense, porque la Venida del Señor está próxima. Hermanos, no se quejen los unos de los otros, para no ser condenados. Miren que el Juez ya está a la puerta. Tomen como ejemplo de fortaleza y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Is 61, 1
Aleluia.
El espíritu del Señor está sobre mí,
él me envió a llevar la buena noticia a los pobres.
Aleluia.

EVANGELIO

¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     11, 2-11

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!»
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:
«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.
¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino».
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.»

Palabra del Señor.

Predicación

Las obras del Mesías anunciado

El adviento nos presenta hoy la figura de Juan el Bautista. En el presente episodio Juan manda a sus discípulos a preguntarle a Jesús si él es el que ha de venir o deben esperar a otro. ¿Cómo es esto? ¿No fue Juan fue aquél que señaló a Jesús como Cordero que quita el pecado del mundo? ¿y no vio descender sobre él al Espíritu en forma de paloma durante su bautismo? ¿Por qué ahora pregunta si él es el que ha de venir? Porque Juan pregunta no como quien duda, sino como quien busca instrucción.

Ocurre que hay distintas maneras de preguntar. Hay algunos que preguntan siendo incrédulos de la respuesta; otros, en cambio, preguntan con confianza de que la respuesta los iluminará para comprender la verdad. Estos dos modos de preguntar se encuentran en la Escritura Sagrada. Así, por ejemplo, preguntó Pilatos a Jesús “¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 38), y no recibió respuesta del Señor a causa de su escepticismo. Al contrario, Nicodemo preguntó a Jesús cómo podía un hombre viejo volver a entrar en el seno de su madre y nacer de nuevo (Jn 3, 4) y recibió como respuesta la revelación del misterio del nacimiento espiritual. Y cuando Zacarías preguntó al arcángel Gabriel cómo podría saber con seguridad que Isabel iba a quedar encinta si ellos ya eran viejos (Lc 1, 18), recibió como respuesta el castigo de quedar mudo, pues preguntó sin fe en el poder de Dios. En cambio, María, llena de fe, preguntó al arcángel cómo sería posible que ella quedase encinta si no conocía varón (Lc 1, 34), y recibió como respuesta la revelación de su concepción virginal por obra y gracia del Espíritu Santo. Y la samaritana, que preguntó a Jesús “¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob?” (Jn 4, 12), recibió una respuesta compasiva del Señor, porque ella no preguntaba por incredulidad ni por fe, sino por ignorancia. También los discípulos, cuando Jesús calmó la tempestad se preguntaban por ignorancia “¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41). En cambio, los escribas y fariseos incrédulos ante el perdón que Jesús había dado al paralítico se preguntaban: “¿Quién es éste, que dice blasfemias?” (Lc 5, 21). Porque distintas pueden ser las intenciones de quienes preguntan, aun cuando idéntica sea la pregunta.

Que Juan preguntaba con fe es evidente, porque estaba encarcelado precisamente a causa de ser fiel a su oficio de precursor de Jesús. Porque preparar los caminos del Señor no consiste solamente en anunciar su venida, sino también en denunciar los pecados. Y él estaba preso por señalar el pecado de Herodes. Fue valiente para señalar el pecado el profeta que señaló al Cordero que quita el pecado. Ya que ambas cosas deben ir juntas. Sabía Juan que no es suficiente señalar al Cordero, si no se señala el pecado que viene a quitar. Además, Jesús elogia a Juan; y el que reprendió a sus discípulos llamándolos “hombres de poca fe” no lo hubiera elogiado si no hubiera tenido fe. Juan es un profeta y más que un profeta. Es más que un profeta, porque los profetas hablaron sobre lo que les fue revelado de lejos y en visiones; en cambio, Juan vio con sus ojos y de cerca al prometido de Dios.

Entonces, Juan Bautista envió a sus discípulos a preguntar, no como quienes tenían dudas de que Jesús fuera el Cordero, sino como quienes querían comprender sus obras. Pedían a Cristo que los instruyera no acerca de si él era el Mesías, sino acerca de cómo esas obras que él realizaba eran las propias del Mesías anunciado.

En efecto, los discípulos de Juan esperaban de Cristo ya en su vida terrena aquellas cosas que Cristo dejó para su segunda venida: el castigo de los impíos, la retribución de los justos, la instauración plena de su reino y el sometimiento de todos los poderes adversos a él. Por eso, el Señor Jesús invita a los discípulos de Juan a realizar un acto de fe más profundo reconociendo en él, por las obras de sanación y compasión que realizaba, al mismo que vendría nuevamente al final de los tiempos a dar a cada uno según sus obras.

¿Y cuáles son estas obras de Cristo? Los ciegos ven: no solamente los ciegos corporales son curados milagrosamente, sino también los ciegos de alma, es decir, los que habían perdido la fe. Los muertos resucitan: es decir, los muertos corporales vuelven a la vida y los muertos en el espíritu por su vida de pecado retornan a Dios por el perdón de Cristo.

Así, pues, -hermanos- mientras vemos que se perpetúa la impunidad de los malvados y la opresión de los justos, no debe nuestro corazón desfallecer pensando que el Señor Jesús no es aquel que ha de venir a dar cada uno según sus obras. Al contrario, sigamos el ejemplo hermoso que nos ha dejado el Bautista y, a pesar de sufrir a causa de Cristo, mantengamos nuestra fe en él. El hecho de que él esté llamando a la conversión en el tiempo presente ¿no es un signo de que vendrá a restablecer la justicia?

Fray Alvaro María Scheidl OP
Tucumán

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